12.
Dio otra vuelta en la cama y aporreó la almohada.
—Mierda —susurró. Realmente estaba ansiosa por el viaje que harían en dos días. Los
últimos días habían sido de locos. Por la mañana juicios, por la tarde preparar los del día
siguiente, pero no le importaba si la próxima semana podía disfrutar de unas merecidas
vacaciones. Valdría la pena, seguro.
Miró el móvil y vio que marcaban las tres de la madrugada. Por Dios, mañana iba a estar reventada en el juicio.
Se giró de nuevo cerrando los ojos, intentando apartar de su mente a aquella mujer
que dormía a pocos metros de ella cuando algo le alertó. Abrió los ojos al momento. Era como un susurro.
Se incorporó en la cama alertada cuando escuchó un crujido que provenía de la planta baja, como si una puerta se abriese.
Suspiró y volvió a tumbarse. ¿Y ahora qué le pasaría a Lexa? ¿Tendría hambre otra vez? Esa chica comía como una lima.
Pero de nuevo se puso en tensión cuando escuchó el suave crujido de otra puerta al
abrirse, esta vez a pocos metros de ella. La habitación de Lexa. ¿Cómo era eso posible?
Se puso al momento en pie, alertada y corrió hacia la ventana. Apartó la cortina y
observó. Era plena noche, las farolas estaban encendidas. Todo era silencio y calma,
excepto por lo que vio a continuación. Un muchacho se encontraba en la acera, de
espaldas a su casa. Su postura era erguida y miraba de un lado a otro, en actitud vigilante.
Se le aceleró el corazón. Lo comprendió enseguida. Sabía demasiado bien cómo
funcionaban los robos de viviendas como para no reconocer cuándo estaban perpetrando uno en su propia casa.
Al momento otro crujido en la planta baja, muy sutil, la alertó.
Se le cortó la respiración y el corazón estuvo a punto de salírsele por la boca. ¡Habían entrado en su casa!
Gimió y tuvo que taparse la boca para no dar un grito. Jamás había sentido tanto pánico como en ese momento.
Lexa. ¿Quizá los ladrones habían entrado en su habitación? Le había parecido escuchar también un crujido en la planta superior.
Caminó de puntillas, temblando en dirección a la puerta, notando como sus piernas comenzaban a flaquear por el miedo que sentía.
Abrió la puerta lentamente, realizando el menor ruido posible cuando, de repente, la
puerta se abrió de golpe y alguien la cogió por la cintura introduciéndola de nuevo en la
habitación. Estuvo a punto de gritar, lo único que lo evitó fue que colocasen una mano en su boca y la apretasen contra la pared.
—Shhhhh —susurro Lexa a su oído, apretándola para que no se moviese.
Durante unos segundos se relajó al ser consciente de que era ella quien la mantenía
retenida, aunque volvió a entrar en tensión cuando escuchó el suave crujido del parquet en la planta baja.
Lexa notó como temblaba y se acercó más a ella. En ese momento notó los
músculos de Lexa contra su pecho cubierto por un fino camisón. ¿Iba sin camiseta? Oh, por
Dios... estaban desvalijando su casa y sin embargo notó como su vello se erizaba.
—Han entrado... —logró gemir al oído de Lexa, lo más bajo que pudo.
Lexa la miró a pocos centímetros. Incluso en aquella oscuridad pudo observar sus ojos claros.
—Lo sé. —Luego miró hacia la puerta entreabierta— ¿Dónde están mis armas?
Otro crujido le hizo temblar y gemir. Lexa la sujetó por los hombros haciendo que reaccionase.
—Clarke. Mis armas —volvió a susurrarle.
En aquel momento le costaba demasiado pensar, el terror había bloqueado su mente.
Tuvo que forzarse durante unos segundos a intentar mantener la calma para ordenar las ideas.
Recordaba que las había guardado bajo llave en el armario de la planta baja, pero
luego las había metido en una bolsa de deporte tras ir a la pitonisa. La bolsa de deporte.
—En mi armario. En la bolsa que llevamos a la bruja —susurró mientras señalaba levemente con la mano hacia enfrente.
Lexa colocó una mano en su estómago, presionándola contra la pared unos segundos.
—No te muevas. —En ese momento dio unos pasos rápidos hacia el armario, realmente
sigilosa. ¿Era así como se movería en una batalla?
No pudo ver mucho, simplemente observó como lo abría con cuidado y palpaba hasta
que pareció encontrar la bolsa. Ahora bien, el sonido de la cremallera de la bolsa de
deporte al bajarse sí le hizo contener la respiración. Lo había hecho de forma lenta,
dudaba que lo hubiesen podido escuchar en la planta baja, pero lo que le puso en alerta
fue ver el reflejo de la poca luz que entraba por la ventana en la hoja de metal de aquella espada.
Tragó saliva y al momento notó como de nuevo colocaba la mano en su estómago.
—No te muevas de aquí. No salgas de la habitación.
Clarke la cogió del brazo en un acto reflejo.
—Espera. ¿Adónde vas? —preguntó con temor.
—¿Adónde crees que voy? Creo que está claro —respondió intentando soltarse del brazo de ella.
—No, no —gimió.
—¿Cómo que no? ¿Qué quieres? ¿Qué nos maten? —Luego se acercó de nuevo a ella—.
¿O que te hagan algo peor?
Aquello le puso la piel de gallina. Sabía que tenía razón, que si subían y los encontraban no harían nada bueno.
—Pueden llevar armas —Le susurró.
—Yo también llevo un arma.
—Pero ellos puede que lleven pistola, si te ven te dispararán.
Lexa emitió una leve sonrisa.
—Tranquila, no me verán —susurró—. Ahora, no te muevas de aquí —pronunció
comenzando a alejarse de ella hacia la puerta.
Clarke notó como su corazón iba a explotar y dio unos pasos rápidos hacia Lexa sujetándole de nuevo del brazo.
—Que no, Lexa —pronunció a modo de orden—. Quédate aquí. Es peligroso —suplicó.
Le pareció escuchar como ella emitía un leve suspiro. La cogió automáticamente de la cintura y volvió a arrinconarla contra la pared.
—Quieta —susurró con un tono de voz que no admitía respuesta.
Aquel tono de voz fue el que le hizo finalmente obedecer, aunque no estuviese de acuerdo con lo que iba a hacer.
—Pues si eres una loca baja y mátate —susurró al escuchar que su puerta se abría.
Lexa no dijo nada, simplemente chasqueó la lengua mientras caminaba de puntillas
por el pasillo. Alzó la espada observando con la poca luz que había en la escalera.
Cuando pasó frente a su habitación observó que Pluto se encontraba sentado en la
puerta moviendo la cola divertido.
No hizo falta que le dijese nada, simplemente señaló hacia dentro de su cuarto y Pluto
entró, sentándose al final de este, en actitud obediente, sin siquiera ladrar.
Avanzó con cuidado, totalmente alerta cuando notó una presencia detrás de ella.
Se giró rápidamente y volvió a arrinconar con sigilo a Clarke contra la pared. ¿Pero qué
hacía? ¿Estaba loca? Ella tuvo que contener el grito cuando se sorprendió por aquel
brusco giro de Lexa y se vio de nuevo atrapada entre la pared y Lexa.
—¿Pero qué estás haciendo? —gruñó.
—No pienso quedarme sola —susurró.
—Ve a la habitación, ahora —volvió a ordenar.
Ella tardó unos segundos en responder, aunque lo hizo de una forma muy escueta.
—No.
Lexa también tardó unos segundos en volver a hablar, como si estuviese intentando calmarse.
—¿Es que no tienes cabeza, mujer?
—Está claro que no más que tú —Le retó. Inmediatamente, le mostró la pistola que
había cogido de la bolsa de deporte. Lexa resopló y se la cogió de la mano—. Eh —Se quejó ella.
Lexa la fusiló con la mirada y señaló la habitación.
—Luego vamos a mantener una seria conversación tú y yo —dijo amenazante—. No te lo volveré a decir, ve a tu habitación. Ahora.
Se observaron durante unos segundos. No podía ver todos sus rasgos, pero podía
llegar a apreciar su mirada un tanto violenta y los músculos de su mandíbula en tensión.
De acuerdo, estaba claro que no se iba a dejar ayudar.
Dio unos pasos alejándose de Lexa, pero sin embargo no se metió en la habitación. Se
colocó bajo el marco de la puerta observando como Lexa llegaba a las escaleras.
Se puso la pistola en su pantalón y alzó la espada mientras bajaba el primer escalón.
En cuanto le vio desaparecer por la escalera notó que se le cortaba la respiración. Sabía
que era buena luchadora, de eso no tenía duda, pero el problema no era ese, el problema es
que quizá no tuviese ni siquiera la oportunidad de poder defenderse. Si esas personas
llevaban un arma le dispararían sin dudarlo.
Lexa bajó los escalones sin producir ningún sonido, guardando el equilibrio en cada escalón y llegando al final de la escalera.
Al menos, se sabía la casa de memoria. No contaba con mucha luz, pero conocía
perfectamente donde estaban ubicados los muebles. Se arrodilló y fue casi a hurtadillas,
con la espada tendida hacia abajo, hasta la puerta del comedor. Al momento, algo llamó su atención.
Había un par de siluetas que se movían con sigilo por el comedor, portando una suave
luz en su mano. Era una luz muy tenue, pero suficiente para poder ubicarse y ver lo que
tenían por delante. ¿Qué era aquello?
ESTÁS LEYENDO
Ojos verdes. (Clexa)
LosoweTrescientos años las separan. Todos los derechos a su autor.
