capitulo 10

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10.
Miró de nuevo al juez mientras decía que el caso quedaba visto para sentencia.
Se levantó y salió de la sala mientras se quitaba la toga. Sin poder evitarlo bostezó.
La noche anterior le había costado conciliar el sueño. Lexa, aquella escocesa que había
llegado a su vida hacía apenas tres días le había hecho dar vueltas en la cama. Ya no era
solo por el hecho de criticar su trabajo, si no porque a pesar de discutir con ella, eso lo
hacía ser más atractiva. Aquellas palabras que pronunciaba con tanto ímpetu sobre el
hecho de ser leal a sus principios, de defender el bien, el honor… habían calado en ella. Sí,
era cierto, defendía a gente que carecía de bondad, pero de todo tenía que haber en ese
mundo, ¿no? Alguien tenía que hacer ese trabajo.
Saludó con un movimiento de su rostro a su cliente, prometiendo que se pondría en contacto con él en cuanto tuviese una sentencia.
Salió del juzgado y se dirigió a su vehículo. La una del mediodía. Tenía hambre. ¿Qué
estaría haciendo Lexa? Seguro que cuando llegase a casa la avasallaría a preguntas sobre lo que había ocurrido en el juicio.
Gruñó de nuevo subiéndose al vehículo y lo arrancó. Ayer por la noche habían cenado
en el más estricto silencio, sin decir nada. Lexa parecía ofendida por su trabajo y a ella le
molestaba que no la comprendiese. El mundo no era como una persona quería.
Aceleró por las calles y cuando se detuvo en un semáforo miró el móvil. Tenía varios mensajes de Raven
Raven: ¿Qué tal con la escocesa? ¿Divertida?.
         
Resopló y se dedicó a conducir pensativa, intentando ordenar las ideas. Después de
comer irían a la pitonisa e intentaría solucionar ese lío. Desde luego, aquella escocesa no pintaba nada en esa época. ¿En qué estaban pensando los espíritus trayéndole a una
mujer del siglo dieciocho?
Cuando detuvo el coche ante su vivienda observó que Lexa volvía a estar sentada en el porche, jugando con Pluto a lanzarle la pelota.
Se apeó del coche cogiendo su maletín y entró en su jardín. Pluto la recibió con alegría, saltando a su alrededor y moviendo la colita con velocidad, estaba feliz de verla,
aunque no tanto como Lexa, la cual la miró fijamente.
Oh, no. Que no se atreviese a decirle ni a reprocharle nada sobre el juicio o era capaz de morderle.
—¿El juicio bien? —preguntó pasándose la pelota de una mano a otra.
Clarke cerró la puerta de su jardín y le miró de forma sospechosa.
—Sí, muy bien, gracias —respondió dirigiéndose hacia Lexa.
Se mantuvo callada mientras pasaba por su lado y luego se dirigió hacia ella mientras entraba al recibidor.
—¿De verdad te parece normal hacer ese trabajo? —pronunció enfadada.
Ella rechinó de dientes. Estaba claro que no iba a dejar el tema. Bien, pues se iba a enterar. Se encaró a Lexa, señalándola.
—¿Y a ti te parece normal que yo llegue aquí a la una y media del mediodía y que ni te
hayas dignado a preparar algo de comer? —Lexa puso su espalda recta. Podía apostar a
que no se esperaba algo así— ¿Ahora qué? ¡Llego yo de trabajar y tengo que preparar la
comida! —Lexa la miraba realmente impresionada—. ¿Y qué haces ahí sentada?
¡Levántate o te vas a lavar y planchar tú esos pantalones!
Se puso lentamente en pie, tiró la pelota al jardín sin prestar atención, fue hacia ella a paso apresurado y cerró la puerta con agresividad.
Se miraron durante unos segundos y finalmente la cogió del brazo, le dio media
vuelta y le dio un cachete en el trasero, aunque extremadamente flojo.
Ella la miró fijamente, enarcando una ceja.
—¿Qué se supone que has hecho? —preguntó sin comprender.
Lexa se cruzó de brazos.
—Creo que ya entiendo por qué los espíritus me han traído hasta aquí. Alguien tenía que enseñarte modales.
Ella dio un paso hacia atrás y le señaló con el dedo.
—¿Qué? —preguntó realmente sorprendida.
—Lo que has oído.
La fusiló con la mirada.
—¿Sabes? —comentó ella separándose—. Prepararé algo de comer e iremos a ver a la
pitonisa para que te devuelva a tu dichosa época. Está claro que si los espíritus del amor
nos han juntado se han equivocado. —Acto seguido se dio la vuelta y fue directamente a la
cocina—. Y por cierto —Se giró bastante molesta—, que sea la última vez que me pones una
mano encima, lo que has hecho es un delito. No puedes pegar a una mujer.
—No te he pegado —pronunció ofendida.
—Da igual, ese gesto es machista. No vuelvas a hacerlo. Me ofende que hagas algo así cuando defiendes tanto el honor.
—¿Machis… qué? —preguntó descolocada.
Fue a la cocina y abrió la nevera sacando una pizza, ignorando su última pregunta. No
pensaba ponerse a cocinar en aquel momento. Quizá si hubiese estado de mejor humor le
hubiese preparado un plato más elaborado para que probase algo de aquella época, pero
en ese momento lo único que tenía ganas era de tumbarse en el sofá y relajarse.
Encendió el horno y observó de reojo como Lexa se apoyaba contra el marco de la
puerta, de brazos cruzados y observándola.
Ella no dijo nada y fue colocando los platos sobre la mesa, los cubiertos, los vasos… sin siquiera mirarle.
—Tienes razón. Me he extralimitado —pronunció con voz arrepentida. Ella lo miró
fijamente—. No eres mi esposa, y como bien dices no sé cuáles son las costumbres de esta
época. Creo que no he sido justa contigo. No sé cuáles son realmente tus circunstancias.
Te pido perdón. —Luego chasqueó la lengua—. Aceptaré el tipo de castigo que me impongas.

Ojos verdes. (Clexa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora