26
Aquel día había sido fantástico y el siguiente más aún. Habían permanecido unidas,
sin separarse un solo minuto, solo el poco rato en el que Clarke había bajado del vehículo
para ir a ver su jefe por última vez, aunque no se había sorprendido que la entrega de la
carta de despido, el cheque y la carta de recomendación la hubiera hecho la
administrativa. Ni siquiera había dado la cara por última vez.
Observó el cheque. Doce mil libras esterlinas no estaba nada mal teniendo en cuenta
que tampoco llevaba mucho tiempo trabajando, aunque sabía que aquello era básicamente
para que guardase silencio. Bien, con esa cantidad podría sobrevivir sin problemas hasta
que encontrase un trabajo, y si no se establecería por su cuenta. Sabía que le iría bien.
Volvió a tumbarse al lado de Lexa mientras le pasaba un plato hondo repleto de
helado de vainilla. Desde las nueve de la tarde no habían salido prácticamente de la cama,
se habían limitado a estar tumbadas juntas, abrazándose, viendo la pequeña televisión
que tenía colgada de la pared, y saboreando aquellas horas que les quedaban.
Lexa cogió sonriente el plato que le ofrecía.
—Esto está buenísimo —pronunció llevándose un trozo de helado a la boca.
—Sí, a mí también me gusta mucho.
Observó de reojo el reloj y vio que marcaba casi las dos de la madrugada. Suspiró y
volvió a colocar su rostro en su hombro, abrazándose a ella.
—¿Sobre qué hora llegaste aquí?
Lexa depositó el plato sobre la mesita de noche y la abrazó tumbándose a su lado.
—No sé qué hora era. Fue un poco antes de que llegases tú.
Ella afirmó.
—Rosilyn dijo que permanecerías aquí veintisiete días, siete horas y cuarenta y tres
minutos. —Tras unos segundos pensativa, suspiró—. Debería ocurrir aproximadamente
sobre las siete de la mañana.
Lexa volvió a comprobar el reloj de la mesita de noche y chasqueó la lengua
mientras volvía a abrazarse a ella.
—¿Qué vas a hacer cuando me marche?
Ella se separó un poco y pasó la mano sobre la mejilla de Lexa.
—No lo sé. Tendré que buscar trabajo.
Ella se quedó observándola fijamente.
—No busques de abogada, por favor.
Ella sonrió.
—¿Cómo no voy a buscar de abogada? Es mi trabajo.
—Ya, pero... algo más tranquilo.
—Supongo que podría dedicarme a los divorcios.
Lexa afirmó mientras acariciaba su cabello. Era la mujer más hermosa que había
visto nunca, se acercó más a ella y la besó con ternura en los labios, saboreando aquel
beso.—
¿Y tú qué harás?
Lexa suspiró.
—Tengo que encontrar a mi padre, las últimas noticias que tengo es que se habían
escondido en las montañas. He de dar con él y ponerle al corriente de todo lo que está por venir.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Vas a explicarle lo que te ha ocurrido?
Ella sonrió.
—No, no, ni loca. Si lo hiciese, seguramente me pegarían una paliza por mentirosa o
peor aún, me quemarían en la hoguera —acabó riendo.
Ella le sonrió.
—¿Y cómo lo vas a hacer?
Ella se encogió de hombros.
—No lo sé, cuando llegue el momento ya lo veré. —Acarició su mejilla y suspiró
mientras la abrazaba más fuerte—. Prométeme una cosa, Clarke —susurró.
—Lo que sea.
Lexa la contempló con cierto dolor y finalmente le sonrió con algo de amargura.
—Prométeme que encontrarás a una buena persona y que serás feliz.
Ella notó como el corazón casi se le paralizaba.
—Lexa, yo...
—No, escucha —dijo colocando una mano en su mejilla para obligarla a mirarle—. No
me iré tranquila si no me haces esa promesa. No quiero que estés sola, necesitas a alguien
a tu lado. Yo no puedo estar, pero necesito que me prometas que buscarás a alguien que
te valore por lo que eres, que te quiera como te mereces.
Notó como los ojos se le humedecían y no pudo evitar acariciar aquella mano que tenía sobre la mejilla.
—Lexa, yo... yo estoy enamorada de ti —pronunció en un susurro—. No creo que pueda querer a otra persona...
—No digo ahora, pero con el tiempo. Necesitas que te protejan, este es un mundo
incluso más cruel que el mío. Busca a alguien que te quiera.
Ella notó como una lágrima comenzaba a resbalar por su mejilla y aceptó lentamente
mientras él volvía a rodearla con sus brazos.
—Siempre te llevaré en mi corazón, Clarke. Siempre.
—Y yo a ti —susurró antes de fundirse en un beso.
Lexa contempló sus ojos cerrados, su respiración acompasada y tranquila. No pudo
evitarlo y pasó su dedo con delicadeza sobre su mejilla, notando la suavidad de aquella
piel femenina, la ternura que desprendían aquellos rasgos tan relajados.
La amaba, la amaba muchísimo. Jamás había experimentado algo así, y ahora, en poco
menos de una hora se lo arrebatarían.
No sintió ira, ni siquiera estaba enfadada. Solo sentía tristeza por tener que perder lo
más hermoso que había conocido nunca.
Clarke se había quedado dormida entre sus brazos hacía dos horas. Había pensado
despertarla, pero el verla así lo había enternecido y había decido disfrutar de ella dormida.
Había pasado aquellas últimas dos horas observándola, sin decir nada, en silencio,
intentando grabar en su mente su rostro y su cuerpo.
Acarició su cabello y esta vez ella sí abrió los ojos, lentamente. Al principio pareció
costarle centrar la mirada.
—Lexa —susurró ella.
—Hola.
Aunque, al momento ella abrió los ojos al máximo y se medio incorporó.
—Me he quedado dormida. ¿Qué hora es?
—Casi las seis.
Ella hizo un puchero.
—¿Por qué no me has despertado?
—Me gusta tenerte dormida entre mis brazos.
Ella apartó la mirada durante un segundo y finalmente lo observó con ternura.
—Debo prepararme, Clarke —pronunció lentamente.
Ella aceptó sabiendo lo que aquello significaba.
Mientras Lexa iba al aseo ella aprovechó para bajar a la planta baja y abrir el armario
del comedor que tenía cerrado con llave. Había guardado ahí la ropa de ella.
Ascendió las escaleras mientras olía aquel kilt, olía bien, a jabón. Cuando entró
descubrió que Lexa había depositado sobre la cama la espada y la pistola que habían
mantenido guardadas en la bolsa de deporte. Se quedó observándolo unos segundos hasta
que finalmente se acercó.
—Toma —susurró entregándole el kilt—. Lo necesitarás.
Lexa lo observó y luego se quedó mirándola.
—Quédatelo.
Ella se sorprendió.
—¿Qué me lo quede?
—Sí, así siempre me recordarás.
—No necesito una prenda de ropa para recordarte —pronunció con una sonrisa—. Y si
regresas a tu época vestido así te tratarán por una...
—Ya me las apañaré —pronunció sin apartar la mirada de ella. Dio un paso
colocándose justo enfrente y colocó su mano sobre la de ella, con la que cubría la tela del
kilt—. Esto es realmente lo que soy. Una Kom Triku. Estos son los colores de mi clan, mi
familia... ahora quiero que los tengas tú.
Ella volvió a controlar las lágrimas y afirmó mientras estrechaba la tela sobre su pecho.
—Está bien.
Cogió el cinturón y se lo ató sobre los tejanos y la camisa negra que se había puesto.
Ensartó la espada y en el otro lado puso la pistola. Lo cierto es que con aquellas armas parecía peligroso.
Se fijó en que se había puesto las deportivas que le había comprado antes de irse de
vacaciones. Lexa tuvo que detectar su mirada y le sonrió.
—Son muy cómodas. Podré correr mejor que con las botas.
—Ya —respondió ella apenada.
Lexa la cogió de la mano y se sentó con ella al pie de la cama mientras observaba de
reojo como el reloj iba avanzando segundo a segundo, consciente de que ya en cualquier
momento la dejaría.
Se quedaron mirando fijamente, cogidos de la mano.
—¿Te dolerá? —preguntó Clarke mientras se abrazaba a ella sin apartar la mirada de sus ojos verdes.
—No lo sé. Cuando llegué aquí sí dolió un poco, pero pasó pronto. —Suspiró y pasó la
mano por su mejilla—. Siempre te querré —dijo besando su frente—. Aunque haya sido por
un breve periodo de tiempo ha merecido la pena este viaje. Jamás, jamás te sacaré de mi
alma —pronunció con intensidad antes de fundirse en un intenso abrazo—. Siempre te llevaré conmigo. Siempre.
La apretó más fuerte contra ella mientras notaba como ella comenzaba a llorar.
—No me olvides —gimió mientras colocaba sus manos en sus mejillas y lo miraba directamente a los ojos.
En ese momento detectó como los ojos de Lexa también estaban rasos.
—Jamás —dijo con intensidad. Se acercó a ella y la besó con pasión, notando como en
ese momento sus corazones latían al unísono, como sus almas se fundían y, entonces, lo
notó. Notó como aquella magia que le había traído hasta allí comenzaba a inundar su
cuerpo, como un cosquilleo comenzaba a desplazarse desde su pecho a cada fibra de su
ser, como su vista comenzaba a nublarse. Había llegado el momento, detectó como Clarke
parecía captar aquello porque se agarró más fuerte a ella, como si así pudiese evitar que se
marchase—. Jamás te olvidaré.
—Ni yo a ti —logró escuchar justo antes de perder el sentido.
Clarke cayó sobre la cama cuando Lexa desapareció. Durante unos segundos se
quedó petrificada, luego fue incorporándose lentamente sobre esta mientras se secaba las
lágrimas de las mejillas.
—¿Lexa? —gimió sin controlar su dolor y dando rienda suelta a su desesperación.
Se incorporó sobre la cama y observó el hueco donde Lexa había estado sentada hacía
unos segundos, pasó la mano sobre él detectando que aún estaba caliente.
Se levantó nerviosa.
—¿Lexa? —volvió a gritar desesperada. En ese momento Pluto apareció por la puerta
ladrando, como si también le buscase, aunque al momento el pequeño perro soltó un
lamento.
Giró sobre sus pies varias veces observando aquella habitación, aquella ventana por
donde comenzaban a entrar los rayos de sol de un nuevo día. Ahora vacía, fría.
Ella ya no estaba, se había marchado, para siempre.
Cogió su kilt y lo apretó contra su pecho mientras caía derrotada en la cama, rompiendo a llorar.
—Jamás te olvidaré —susurró mientras cerraba los ojos y se encogía de dolor y las lágrimas inundaban su rostro.
Volvió a observar su móvil, vibrando sobre la mesilla de noche. Lo cogió a desgana y
observó que era Raven la que la llamaba de nuevo. En aquella última semana no había
dejado de llamarla. Solamente había hablado una vez con ella y lo único que había
pronunciado era «Ella ya no está».
Aquella última semana había pasado lenta. Se había obligado a levantarse de la cama
simplemente para preparar la comida de Pluto, cambiarle el agua y pasearlo. No había
querido saber nada del mundo que la rodeaba. Nada.
Raven le había mandado mensajes al móvil, le había dicho de quedar, de ir a hablar con
Rosilyn de nuevo, de salir a tomar algo, pero no tenía ganas de nada.
Lo único que le apetecía era encerrarse en su habitación y tumbarse en la cama
agarrada al kilt.
Sabía que debía buscar trabajo, que debía continuar con su vida. Se lo había
prometido. Le había prometido a Lexa que lo haría, pero en ese momento aquella
promesa quedaba difuminada por el dolor que sentía.
Lo único en lo que pensaba era en Lexa huyendo de los casacas rojas, en Lexa
combatiendo contra los británicos. ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué estaría haciendo? O más
bien, ¿qué habría hecho?
Una única vez había cogido el ordenador y puesto su nombre completo en el
buscador de internet. A pesar de ser el hijo del jefe del clan Kom Triku no salía nada de ella.
No tenía nada, no podía saber nada sobre ella. Lo único que le hacía consciente de que ella
realmente había estado allí y había existido era aquel kilt y las fotografías que no dejaba
de mirar en su móvil, de la excursión que habían hecho aquel día a la cascada.
No supo cuanto tiempo pasó, pero en un determinado momento de aquella tarde el
timbre de su puerta comenzó a sonar de forma atronadora.
Dejó que el timbre sonase durante prácticamente un minuto mientras Pluto no dejaba
de ladrar hasta que, al final, al ver la insistencia de aquella persona se obligó a saltar de la
cama y bajar a la planta baja mientras resoplaba seguida de un Pluto realmente excitado.
Nada más abrir la puerta arrugó su frente.
—Raven —dijo lentamente.
Raven ni siquiera esperó a que ella la invitase a entrar. Abrió la puerta directamente y entró.
Clarke suspiró mientras cerraba la puerta.
—Estás horrible —pronunció Raven mientras se cruzaba de brazos y la observaba de arriba a abajo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿A ti que te parece? —preguntó, incrédula por la pregunta—. Me tienes preocupada.
No coges las llamadas, no contestas mis mensajes... Por Dios, he estado más de un minuto
aporreando tu timbre antes de que abrieses. He estado a punto de llamar a la policía.
En ese momento Raven observó la cocina, desde luego Clarke no se había esforzado
mucho aquella última semana en tener las cosas ordenadas y limpias, lo cual era bastante extraño en ella.
Fue hacia el mármol de la cocina y observó un bote de helado abierto, con todo su contenido derretido dentro.
—¿Te has alimentado a base de helado esta semana? —preguntó enfadada mientras lo
cogía y lo tiraba a la basura.
Clarke la miró de reojo mientras cogía el bol de Pluto, donde quedaba poca agua, e iba
al grifo para llenárselo.
—Oye, Clarke —pronunció esta vez su amiga en un tono más suave—. No sirve de nada
que te quedes aquí encerrada lamentándote.
—¿Y qué quieres que haga? —le retó dándole la espalda.
—Que salgas, que vivas —le recriminó.
Ella apretó los labios y se giró hacia ella.
—Raven —gimió—. Se ha ido —pronunció con un hilo de voz haciendo que su amiga
entristeciese la mirada—. Le quería, le quería muchísimo...
Raven finalmente se acercó a ella y la abrazó.
—Lo sé. Escucha... —dijo separándose de ella—. Ella te quería también —pronunció
cogiéndole la mano—. Y estoy segura de que siempre te recordará. Pero debes ser fuerte.
La vida sigue, piensa que siempre lo recordarás, los buenos momentos que pasaste, lo
feliz que fuiste. No lo veas como algo malo, recuérdalo con alegría, aunque sé que es difícil.
—Muy difícil —gimió ella.
—Si te quedas aquí lo pasarás peor. Ya has tenido tu semana de luto... y de
desordenada —pronunció mirando la cocina—. Vamos a hacer una cosa, ve a arreglarte y
vamos a dar un paseo, a tomar algo...
—No me apetece —le interrumpió.
—Vamos, Rosilyn también se vendrá.
Aquello la dejó descolocada.
—¿Rosilyn?
—Sí, ya te dije que iba a ir a verla.
—¿Y? ¿Y ha averiguado algo?
Raven suspiró con tristeza.
—No, Clarke. Ya sabes que no. Por eso, debes seguir con tu vida. —Luego le sonrió de
forma más abierta—. ¿Pero sabes qué? Rosilyn es majísima. Se divorció hace dos años. La
pobre está bastante sola, así que se va a venir con nosotras. Venga, ve a ponerte algo
decente... —Al ver que ella seguía dudando arrugó su frente. —No te lo estoy pidiendo. Te
lo estoy ordenando —pronunció con una sonrisa—. Soy tu amiga, tu mejor amiga, y no
pienso dejarte sola, no pienso dejar que te hundas —dijo con un tono tierno. Clarke la miró
mientras se secaba una lágrima.
—Me dijo que todo esto tendría sentido, pero no se lo encuentro.
—Eh —le cortó con voz suave—. De nada sirve que te martirices. Vamos, hazlo por mí,
por tu amiga Raven, vamos a que te dé un poco el aire. Ponte algo cómodo. —Clarke aún
parecía dudar—. Ella querría que fueses feliz.
Y no supo por qué, pero aquella frase le hizo reaccionar. Aquellas últimas palabras
que ella había pronunciado se habían marcado a fuego en su alma. Suspiró y finalmente
aceptó intentando encajar una sonrisa en su rostro.
—Esa es mi chica —dijo Raven con un tono de voz animado—. Venga, ve a cambiarte —
dijo mientras la empujaba hacia la puerta. Luego se giró hacia la cocina y observó aquel
estropicio—. Mientras, Raven, intentará poner algo de orden —bromeó.
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Ojos verdes. (Clexa)
SonstigesTrescientos años las separan. Todos los derechos a su autor.
