23.
Ya era viernes. Viernes, viernes, viernes… era lo único que pasaba por su mente mientras escuchaba las protestas de William sentado justo frente a ella.
—Como ya le explicamos, existe el derecho a apelar, esta condena no es definitiva — volvió a explicar su jefe.
—Lo único que quieren es sacarme el dinero. ¡Eso es lo que quieren!
Su jefe elevó un poco más la voz.
—Nosotros no le hemos puesto una denuncia, ni le hemos condenado. Ahora bien, si
usted no está contento con nuestros servicios sabe que puede buscarse a otro abogado,
no tiene porqué quedarse con nosotros. No es una obligación.
—Ya, claro, ¡a vosotros ya os he pagado!
—Este es un nuevo procedimiento.
William se removió en la silla, inquieto.
—Pero aquí tampoco sabéis si podéis salvarme.
—Es su elección, yo no voy a decidir por usted, usted es quien sabe su economía y las
responsabilidades que tiene. Lo único que debe comprender es que hay dos vías: no apela
y por lo tanto entra voluntariamente en prisión una vez se dicte la ejecutoria o apelamos y
todo esto se retrasa, y quizá… solo quizá… podamos disminuirle la pena o quitársela, pero
eso no se lo puedo asegurar ni ahora ni nunca. La cosa es clara, o se la juega o no se la juega, no hay más.
William se puso en pie, realmente nervioso y miró fijamente a Clarke.
—¿Usted qué cree?
Ella puso su espalda recta.
—Pienso que peor no va a estar, así que… si se consigue algo, será para bien.
El hombre se pasó la mano por la frente, realmente nervioso.
—De acuerdo. ¿Cuánto me costará?
Su jefe y él comenzaron a hablar de números, aunque la parte que más le gustó a
William fue la de: le realizamos un cuarenta por ciento de descuento.
Clarke se acercó a la mesa colocando sus brazos sobre ella. La verdad es que conversar con William le agotaba.
—Intentaré tenerlo para finales de la semana que viene.
—Pero, por favor… les pido por favor que hagan todo lo posible. —Aunque era una súplica su voz sonó demasiado autoritaria.
—Siempre hacemos todo lo posible —contestó ella.
—¿Seguro? —pronunció con algo de prepotencia mientras se ponía en pie.
Clarke lo miró fijamente mientras también se ponía en pie.
—Seguro, pero como ya le ha dicho —Señaló a su jefe—… no tiene obligación de quedarse con nosotros.
William la interrogó con la mirada y finalmente aceptó no muy convencido.
—Haga lo que tenga que hacer, pero no quiero ir a prisión.
Dicho esto salió del despacho acompañado de su jefe.
—Claro, nadie quiere ir a prisión —susurró una vez cerró la puerta del despacho, bastante desquiciada al ver la hora que era. La una y media del mediodía. Llevaba reunida
con William desde las doce de la mañana y solo la última media hora había conseguido hablar bajando un poco el tono.
Gruñó y se sentó de nuevo en la silla mientras observaba a su jefe caminar por el pasillo con movimientos tensos, sí, podía apostar a que también había agotado la paciencia de su jefe.
Miró su móvil y vio que tenía un mensaje.
Raven: ¿A que hora quedamos?
Sí, ¡menos mal! Esta noche podría divertirse con Raven y Lexa.
Clarke: ¿Quedamos después de cenar?
Raven respondió en pocos segundos.
Raven: Espero que no te importe, le he dicho a Paul que se venga.
Una sonrisa inundó el rostro de Clarke. ¿Iban a salir como dos parejas? Aunque sabía que Paul y Raven no iban muy en serio, pues debían llevar solo dos meses juntos, aquello
era todo un logro para Raven.
Clarke: Claro, no hay problema, cuantos mas seamos, mejor.
Raven: Es que no me gusta ir de aguantavelas (.
Clarke: No vas de aguantavelas.
Raven: jaja. ¿y por que no quedamos para cenar? Podriamos ir a cenar y después salir a tomar algo.
Clarke: Esta bien.
Raven: Por cierto, he hablado con Franks. No trabaja hoy, pero se unira a nosotros en la fiesta. ¡Copas gratis! Preparate, esta noche va a ser memorable.
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Ojos verdes. (Clexa)
De TodoTrescientos años las separan. Todos los derechos a su autor.
