capítulo 25

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Clarke volvió a resoplar ante su jefe. No pensaba ocultarlo, estaba enfadada, y mucho.
—Seguramente llevaría unas copas de más —volvió a repetir su jefe.
Ella lo miró sorprendida. No había visto a su jefe en los últimos dos días, pues entre
los juicios que había tenido ella y los de él, prácticamente no habían coincidido en el
despacho. Había pensado en llamarlo para explicarle lo que había ocurrido con William el
fin de semana anterior, pero tras meditarlo había decidido explicárselo en persona.
Pero aquello le había sorprendido, y muy para mal.
—¿Me has escuchado lo que te he explicado? —preguntó en un tono más elevado— ¡Si
no llega a ser por Lexa me hubiese violado! ¿Estás de acuerdo con eso? ¿Cómo puedes justificar esa conducta?
Su jefe se removió nervioso.
—No estoy justificando esa conducta, para nada. —Suspiró y se pasó la mano por el
cabello desquiciado por la conversación. La observó fijamente e intentó darle un tono a su
voz algo más pausado—. Pero es un cliente potencial, tenemos una hoja de encargo firmada…
—¡Intentó violarme! —volvió a gritar—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué tengo que
seguir defendiendo a esa persona? No puedo defenderla después de lo que intentó
hacerme… No entiendo cómo puedes…
—No estoy diciendo eso —le cortó—. Está claro que tú no puedes defenderle ya —
pronunció esta vez algo más enfadado—. No serías imparcial. Lo haré yo.
Clarke lo miró asombrada, totalmente incrédula por lo que decía.
—¿De verdad vas a encargarte de defender a ese despreciable?
Su jefe enarcó una ceja hacia ella.
—Es a lo que nos dedicamos —explicó como si no lo supiese—. Defendemos a
delincuentes, si no hubieses sido tú hubiese sido otra. ¿Qué crees que haces cuando
defiendes a un ladrón, a un violador o a un asesino?… También hay una víctima.
—Pero yo soy tu compañera de trabajo —interrumpió. Su jefe la miró fijamente y se
cruzó de brazos—. Deberías renunciar a defenderlo.
—No puedo hacerlo.
—¿No? ¿Por qué? ¿Por qué te ha pagado ya? —prácticamente lo escupió.
—No, simplemente porque es mi trabajo. Nos dedicamos a ello. Lo sabes.
Clarke se cruzó de brazos, notando como su corazón palpitaba a una velocidad que
jamás había conocido. Jamás hubiese llegado a imaginar que su jefe fuese tan codicioso,
que antepusiese el dinero al bienestar de una amiga… pero ahora se daba cuenta, para él
no significaba nada. Jamás lo había significado, ella era una compañera de trabajo, su
subordinada, nada más. No le importaba si le habían hecho daño, ni siquiera si habían
estado a punto de violarla. No, estaba claro que era un abogado sin escrúpulos.
—Le exigiré que te pida disculpas y me encargaré yo de esta defensa, no tendrás que volver a verlo.
Casi se le salieron los ojos de las órbitas. Aquello ya pasaba de castaño oscuro. En ese
momento recordó todo lo que Lexa había dicho, todas las veces que se había enfadado
porque ella realizase un trabajo así. Ahora, después de lo ocurrido, de ser ella la víctima, lo comprendía.
—¿Esa es tu última palabra? —preguntó realmente tirante.
Su jefe tardó un poco en responder.
—No volverás a verlo —volvió a insistir.
Clarke se quedó mirándolo fijamente, de brazos cruzados durante varios segundos
hasta que se levantó de la silla mientras cogía su bolso.
—Bien, y… ¿se supone que debo ponerle una denuncia por tentativa de violación? ¿Por un delito de lesiones?—se burló.
—Sabes que eso empeoraría una defensa para…
—Bien, pues vamos a hacer un trato tú y yo —comentó acercándose a la mesa de
forma intimidatoria. Estaba claro que su jefe era despreciable, pero ella también podía
jugar a ese juego, y sabía cómo hacerlo. Aquellas últimas palabras hicieron que su jefe se
enderezase en su silla—. Tengo testigos de lo que ocurrió… —comenzó a decir lentamente
—. Tengo daños físicos y psicológicos por los que podría solicitarle una responsabilidad
civil a parte de la responsabilidad penal, seguramente solicitando la pena más alta, la
prisión. Supongo que no quieres que lo haga, ¿verdad?
Pudo observar como su jefe la estudiaba atentamente, con cara de pocos amigos.
—¿Qué quieres decir?
—Verás, después de esto no pienso seguir en este trabajo. —Aquello hizo que su jefe
comenzase a ponerse en pie lentamente—. Y no pienso marcharme de aquí sin cobrar un dinero…
—¿Me estás amenazando?
—¿Me estás pidiendo que encubra una tentativa de violación? ¿Un delito de lesiones a
una de tus trabajadoras? —Su jefe acabó de ponerse firme—. Esto es lo que vamos a hacer.
Me vas a hacer una carta de despido, indemnizándome con una buena cantidad, o de lo
contrario pienso denunciar a William y obviamente a ti por pedirme lo que me estás
pidiendo, siendo tú mi jefe y siendo conocedor de estos hechos, esto sería un
encubrimiento… incluso unas coacciones —pronunció con la mirada fija en él. —Ah… —dijo
con una sonrisa algo maléfica—. Y también quiero una carta de recomendación —Se quedó
varios segundos callada esperando una respuesta, pero estaba claro que su jefe no
esperaba aquello por su parte—. Dime, ¿qué hacemos? ¿Voy a ponerle una denuncia a tu
cliente y le explicas lo que ha ocurrido? Te aseguro que no se librará de la prisión —le retó
—. Y tú no quedarás muy bien como abogado —acabó diciendo, esperando que así
reaccionase.
Así fue. Si las miradas matasen Clarke estaría bajo tierra. El tono que usó su jefe fue bastante frío.
—Tendrás la carta de despido con el cheque preparado mañana. Ahora, márchate de aquí. —le amenazó.
Clarke cogió su bolso.
—Por supuesto que me marcho de aquí —pronunció pasando por su lado—. La verdad,
pensaba que eras mejor persona —dijo antes de salir de su despacho y de caminar por el
pasillo rumbo a la puerta—. Y por cierto —comentó girándose hacia él—, espero que la
indemnización me permita vivir bien durante un tiempo, teniendo en cuenta que me veo
obligada a abandonar mi puesto de trabajo porque mi jefe, sabiendo lo que ha ocurrido,
pretende defender al hombre que ha intentado violarme —lo dijo en un tono un tanto
elevado haciendo que la administrativa que estaba al final de la sala elevase su mirada y su
rostro hacia ellos, sorprendida.
Lo último que vio antes de abandonar el despacho fue los ojos de su jefe casi saliéndose de sus órbitas.
Estaba claro que había trabajado engañada mucho tiempo, pensaba que tenía buena
relación con él, que la apreciaba ya no solo como abogada, sino como amiga.
Aún notó como sus manos temblaban cuando abrió la puerta de su coche y se
introdujo. Tuvo deseos de gritar, de comenzar a golpear el volante, pero sin embargo se
encontró llorando de forma desesperada.
Ya no era solo por la horrible experiencia que había tenido, sino porque su jefe, la
persona en quien más confiaba la había defraudado, y mucho.
Y ahora, además, se encontraba sin trabajo, sin nada que hacer.
Se acercó al volante y comenzó a llorar desconsolada. Notó como las lágrimas
resbalaban por sus mejillas mientras los gemidos salían de lo más profundo de su ser.
Traicionada; esa era la palabra que definía cómo se sentía.
Lexa había tenido razón en todo lo que había dicho. En ese momento se sintió mal,
recordó la forma en la que le había hablado, en la que le había tomado por una loca, por
una persona que no comprendía el mundo del siglo veintiuno.
Que diferente se veía todo desde el otro lado. Y ahora, lo único que necesitaba era
volver a su lado, abrazarle, sentirse protegida entre sus brazos… pero una vez más fue
consciente de que en dos días se marcharía, se quedaría sola, sin Lexa, debería vivir con su
recuerdo durante toda su vida. En aquella casa, en aquella cama, sin prácticamente amigos, familia, y ahora, sin trabajo.
En ese momento lloró más fuerte. El recuerdo de las palabras que Lexa le había dicho
volvió a su mente.
—¿No puedes? ¿O no quieres? —había preguntado con temor.
—No puedo —había reconocido al final.
Lexa deseaba quedarse con ella. Quizá la bruja pudiese hacer algo, quizá con una buena
suma de dinero conseguiría que le hiciese un conjuro para que Lexa se quedase. Quizá era
un poco egoísta por su parte hacer que ella se quedase junto a ella, apartándolo de su
familia, pero no podía quedarse con esa duda, necesitaba preguntárselo a la pitonisa, y, si
era posible, se lo propondría a Lexa.
Sabía que su ex jefe le daría una buena suma de dinero, no le cabía duda, y si hiciese
falta invertiría todo ese dinero en que ella se quedase. Aunque tuviese que acabar
dedicándose a otra cosa que no fuese la abogacía, lo haría.
Se secó las lágrimas y arrancó el vehículo. Condujo hasta el local de la pitonisa
pensando en qué decir, en si la respuesta era afirmativa… ¿cómo se lo plantearía a Lexa?
Aparcó en la zona de carga y descarga y observó el local con cierto temor.
Cerró el vehículo y se dirigió directamente hacia la tienda. En cuanto abrió la puerta
el sonido de las campanillas le hizo elevar la mirada hacia el techo.
La tienda estaba vacía, aunque al momento escuchó los pasos de Rosilyn por el
pasillo, como si viniese de la habitación donde había realizado el conjuro.
En cuanto la vio, sonrió abiertamente.
—¡Clarke! —dijo extendiendo los brazos hacia ella, aunque al momento los bajo y la miró
preocupada—. ¿Estás bien?

Ojos verdes. (Clexa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora