Khan

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La oficina de Kajol es un microcosmos peculiar, un reflejo exacto de su personalidad compleja: huele a la calidez reconfortante de galletas de mantequilla y café recién hecho, una fragancia intensa que lucha inútilmente por disfrazar el aroma subyacente a papel viejo, café recalentado, sufrimiento y dolor contenido de los pasantes. Ella es la jefa de su unidad, una de las ingenieras más brillantes de la constructora, y tiene bajo su responsabilidad algunas de las obras más importantes del Estado. Es una mujer que vive apegada a la ley: derecha, calculada, medida. Casi podría decirse que es esquemática, cuadrada, si no fuera por ese sentido del humor afilado y perspicaz que me hace sonreír incluso cuando me insulta, y una personalidad magnética que te deja sin aliento con solo conocerla.

A los dieciséis años, ya era más brillante que yo; resolvía ecuaciones complejas en su mente en fracciones de segundo mientras yo apenas entendía el enunciado. Siempre la admiré, y lo sigo haciendo con la misma intensidad. Kajol es parte fundamental de mi familia, y nunca me hizo sentir que yo no pertenecía a la suya. Todo lo contrario: me acogió cuando más lo necesitaba tras la muerte de mis padres y sigue haciéndolo. En agradecimiento —y por el puro placer de verla sonreír—, la acompaño en todo lo que hace y mimo a su hija en secreto, sin que Ajay se entere del todo.

Está casada con Ajay, un hombre importante de traje, abogado de alto nivel y asesor empresarial. Juntos amasan una fortuna, y es notorio. Kajol tiene tres autos que alterna dependiendo de su estado de ánimo y de la obra que vaya a visitar. Ajay posee muchas propiedades a su nombre, propiedades que yo diseñé y construí para ellos. Soy arquitecto de profesión, aunque mi verdadera vocación es ser obrero; me gusta "hacer", construir, ejecutar todo lo que el cliente pida con mis propias manos si es necesario. Kajol y yo hemos formado un dúo de oro en innumerables proyectos nacionales y extranjeros. Nos buscan todo el tiempo, pero ahora Kajol está bajando el ritmo. Quiere dedicarse a su familia, cuidar de su pequeña bebé universitaria y disfrutar del romance con su esposo. O eso dice ella.

Mientras tanto, yo sigo haciendo montañas de dinero. En realidad, porque no tengo mucha opción. Después de que Tabu falleciera, no quise volver a casarme y, por consecuencia, no tuve hijos. Me habría gustado ser padre, era uno de mis sueños incumplidos, pero ya es casi seguro que no podré tenerlos. Y estoy bien con eso, o al menos me digo eso todos los días. Nysa es como mi hija.

Nysa es idéntica a su madre: tienen la misma forma de los ojos intensos, la misma sonrisa traviesa que me recuerda tanto a ella cuando éramos adolescentes. También, por milagro o desgracia, tienen el mismo carácter volcánico. Ahora la ayudo a disfrutar de su relación con un motociclista que probablemente le rompa el corazón en mil pedazos: Chris. Cuando me dé una vuelta por América tendré que hablar seriamente con ese muchacho; mientras tanto, solo puedo escuchar lo emocionada que está cada vez que sale con él, igual que Kajol cuando salía con Ajay hace veinte años.

Ese soy yo, siempre lo he sido: el amigo abnegado que escucha lo que ellas tengan que decir. Debo recalcar que las palabras de Nysa me hieren más que lo que decía Kajol; Nysa pasó de ser una niña a una señorita muy rápido, en cambio, yo crecí con Kajol. Maduramos juntos, mano a mano.

Me recosté contra mi auto, sintiendo la firmeza del metal, y esperé unos segundos hasta que ella saliera. Kajol salió apresurada, con esa elegancia natural que tiene incluso cuando está enfadada. Me buscó con la mirada y me encontró allí, campante, esperándola.

—¿Corriste por mí? —preguntó, intentando disimular su agitación tras una capa de sarcasmo.

—Ya vete... —sonreí, buscando las llaves de mi auto mientras caminaba distraído, disfrutando de su compañía—. ¡Khan! —levanté la mirada al oír mi apellido. Ella preguntó con un rastro de inseguridad que rara vez mostraba—: ¿Todo bien?

El peso del silencioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora