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Japón.

Periodo Edo. En algún punto de 1600.

Su nombre en realidad ya no importa en este momento. Dentro de poco lo abandonara para siempre para convertirse en un Autobureiku, un brote. Sera educado para convertirse en una flor que se abrirá solo para aquel que lo compre en las largas noches dentro del Yukaku, el barrio del placer de Yoshiwara.

Él tenía nueve años cuando aquella vieja mujer llego a su pueblo. Vestía un kimono marrón sencillo y se cubría los canosos cabellos con un sombrero japonés de paja. Caminaba lentamente recargándose en su bastón. Los rumores de su llegada habían corrido rápidamente en aquel pequeño pueblo que había sufrido una severa sequía. Los cultivos no eran más que polvo y el ganado sobrevivía en los huesos, varias familias habían perdido algún ser querido a causa del hambre. Por ello con la llegada de aquella anciana muchos no tardaron en ofrecer lo único que les quedaba a cabio de dinero, sus hijas.

Sin embargo ella no buscaba niñas, no, ella no era como las demás busconas que paseaban de pueblo en pueblo buscando a las futuras prostitutas de la nación. Lo que ella buscaba tendría el mismo destino pero era más difícil de hallar.

―Y bien... ¿puede mostrarme al niño?

Escucho a la anciana decirle a su padre desde el marco de la puerta de la habitación contigua.

Ambos su padre y la vieja estaban sentados en el roído tatami de su humilde choza, uno frente a otro. La vieja se había quitado el sobrero y el niño podía verla claramente. Ella tenía los ojos apagados, de complexión reumática torcida, tullida, jorobada y delgada como un esqueleto; tenía la nariz aguileña y los dientes amarillos. Su padre no era más que un campesino común y corriente, ni alto, ni bajo, lo único que recuerda de él es su piel morena por el sol como resultado de los días en el campo.

―Sera un placer. Estoy seguro de que es lo que está buscando.

―Sabe para qué quiero a ese niño ¿verdad? La mayoría de las personas no están dispuestas en dar a un hijo varón en especial si es el primogénito. Solo por querer continuar el apellido.

― ¡Oh! El motivo no me importa en lo absoluto ―contesto el padre sin más―. He escuchado rumores, pero en realidad no se preocupe, no necesito saber si es cierto. Me basta con que no siga teniendo al niño y además me paguen una buena cantidad por ello.

―Los niños que busco deben de ser especiales. No aceptare cualquier campesino.

―Se lo aseguro es un niño muy hermoso. ¡Mocoso ven acá! ―grito y el pequeño niño se acercó temblando hacia ellos―. Miro bien, es un niño muy hermoso.

―Vamos acércate ―la anciana jala al niño hacia ella de la muñeca hasta tenerlo de frente―. No tengas miedo.

―Mírelo bien ¿no cree que valga algo?

El niño se queda en silencio. Incomodo, mientras la vieja le examina de arriba hacia abajo cautelosamente de manera extraña, cerrando un ojo y repasándole con el otro penetrantemente como si pudiera ver incluso su interior.

Después de unos segundos dijo al fin:

―Me sorprende en realidad. Su piel es muy blanca para ser campesino y muy delicado para ser varón.

―Eso es por su madre. Nunca quiso que hiciera nada. Lo traía pegado a ella todo el tiempo. No sabe hacer nada, no sirve para trabajar en el campo. Un muchacho así, no me sirve a mí. Pero le aseguro que es muy sano. Mire fíjese en sus pierna ¿ha visto usted otras más derechas? Y sus brazos ¿no le gustan?

Raikoritsu no hata (El campo de las lycoris)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora