Sus padres solo habían sido el hombre y la mujer con los que vivió durante los primeros años de su vida. Ellos dos solo sabían emborracharse, golpear y coger todo el tiempo en ese esperpento de choza que llamaban casa. Rara vez había comida y todo apestaba a estiércol. Quizás había tenido otros hermanos pero no le sorprendería que estos ya estuvieran muertos o que igual que él a los diez años hayan tomado el camino de la fuga. La vida se volvió solo un poco más dura después de su decisión.
Era un niño fornido a pesar de su esbeltez, de espalda y brazos fuerte una hermosa piel morena, ojos chocolate y una cara que siempre parecía enojada que lo hacía parecer un pequeño Oni con su pelo negro, largo y suelto hasta los hombros todo enmarañado. Y ese kimono maloliente hecho casi jirones cubiertos de lodo evidenciaba que era un niño de la calle uno que para sobrevivir tenía que robar. Ser ladrón no era una vocación que le agradara pero sin duda era bueno en ella. Meterse a hurtadillas a almacenes, quitarle una que otra comida a los restaurantes cuando los comensales estaban distraídos. Jamás había robado dinero eso iba en contra de su orgullo. Tampoco lastimaba a los que eran más débiles que él, a pesar de eso era visto como un paria incluso entre los otros niño de la calle con los que solía solo por conveniencia reunirse de vez en cuando.
El siempre trataba de no pensar en lo que sería de él en el futuro. Sabía que si lo meditaba con cautela sabría que terminaría mal. Así que solo se limitó a sobrevivir como podía, comer algo bueno y vagabundear por la aldea cercana.
Pero aquel día cometió el terrible error de ayudar a alguien. A una mujer en kimono elegante que se había metido a los barrios bajo sin cuidado.
Algunos niños menores que él la había acorralado y amenazándola con trozos de katana viejas que habían encontrado entre la basura. Tomaron su pequeña bolsa de satín rosado que lucía bastante llena.
Ella tan inútil no hizo nada para evitar el robo de sus pertenencias. El tan tonto se acercó a los otros dos niños y con facilidad desarmarlos y golpearlo en cabeza. En cuanto los dos pequeño ladronzuelos salieron corriendo llorando el tomo la bolsa y con poca delicadeza la lanzo a los pies de esa hermosa mujer joven.
―Ten más cuidado aquí es un sitio muy peligroso.
Fue su advertencia y se retiró. Quizás si hubiera puesto más atención a aquella mujer hubiera notado la sonrisa que se escapó de sus labios.
Tubo que haber tomado como una primera mala señal de lo que sería su destino cuando llego a su guarida y dos chicos mayores lo esperaban para ajustar cuentas. Ellos habían sido quienes habían mandado a los chiquillos a cometer el robo por ellos y no perdonaron el hecho de que les arruinaran tan buen atraco.
El pobre quedo inconsciente de tanto que lo golpearon, tanto que los chicos mayores pensaron que lo habían matado y lo dejaron a orillas del rio más cercano donde se dividía el pueblo en los barrios altos y bajos.
Despertó casi al anochecer, con el estómago vacío y dolor en todas partes. Solo pudo sentarse en la fría yerba lamiéndose las heridas.
―Eres tú el chico que me ayudo este mañana ¿cierto?
Escucho detrás de él. Era la hermosa mujer de kimono elegante que caminaba lentamente hacia el con una especie de sonrisa ansiosa.
― ¿Que quiere? No tome nada de su bolsa. Le dije que debería irse de este lugar es peligroso.
―Valla, valla ¿pero qué paso contigo? ―pareció ignorar sus palabras y se acercó cautelosamente a él.
―Que le importa ―él usa su brazo para limpiarse la sangre que escurre de su nariz.
Ella se sienta a su lado y busca entre su bolsa una hoja verde que al abrir muestra tres bolas de arroz con judías.
― ¿No tienes hambre? Déjame pagarte por lo que hiciste por mí esta tarde.
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Raikoritsu no hata (El campo de las lycoris)
Historical FictionDurante el periodo Edo y la gubernatura de Tokugawa como parte de su política de control, las leyes establecían la restricción de los burdeles en distritos especiales separados por muros a cierta distancia del centro de cada ciudad, denominados "Yu...
