Decir que Kiku no siente nada es subestimar lo que realmente ocurre con él. Si él mismo tuviera que describir su interior, lo compararía con una habitación cerrada, sin ventanas a oscuras con una pequeña linterna de aceite encendida en medio de ella, apenas, alumbrando débilmente.
Por ello no le es fácil sentir pena, empatía, alegría, preocupación o cualquier otra cosa. No es como si no los tuviera. Si no que tiene un grado tan bajo de percepción de ellos, que apenas se da cuenta que están allí. Tanto así que llego a pensar cuando era pequeño que estaba completamente hueco.
Tampoco es como si hubiera tenido un trágico pasado o algún trauma significativo que lo haya hecho de esta manera. Si no que, como muchas otras cosas en la vida. Simple y sencillamente él había nacido así.
Su condición no es algo de lo que él se diera cuenta a primera vista. La vida que tuvo antes de llegar al Raikorisu no hata se lo impedía.
En ese entonces era llamado Ryuota. Él había nacido en el seno de una familia de buen status dentro de la clase samurái. Así que ser callado al grado de jamás haber llorado más haya de tener hambre cuando era bebé. El ser ordenado y obediente. Era más una obviedad que debía que cumplir que algo fuera de lugar en un niño pequeño.
Sin embargo eso no quiere decir que aquellas que fueron responsables de cuidarlo los primeros años de su vida no lo consideran espelúznate. Cuando se las quedaba viendo con esos temibles ojos negros y ellas no podían más que alejarse de él, cuando las cosas se ponían feas. Cuando ese niño les daba pequeños animales o insectos muertos en sus manos como juguetes o cuando aparentemente jugaba, lastimándolas, jalándolas de sus largos cabellos.
Sus profesores también se dieron cuenta de que algo había con él, que era desagradable. Sobre todo aquellos que no toleraban la manera en la que ese niño jugaba con ellos. Es decir, durante las lecciones parecía distante de lo que pasaba en el cuarto, incluso si le pedían repetir algún ejercicio parecía fallar a propósito. Solo para que cuando fuera acusado de inútil o de insuficiente demostrara que había aprendido a la perfección la lección. Haciéndolos quedar en vergüenza. Sus profesores sabían que ese niño era más inteligente de lo que parecía. Pese a que rara vez hablaba más de lo que parecía convenirle. Claro está, sin un filtro verbal real. Y cuyas imprudencias eran perdonadas por su joven edad y linaje.
Por su parte, sus padres ejercían correctamente sus papeles correspondientes al status quo al que pertenecían. Su padre jamás en casa. Siempre en misiones o consultas con otros dirigentes de alto rango. Su madre en casa. Encerrada en la jaula de oro de la aristocracia cómodamente, junto a sus damas de compañía disfrutando de las trivialidades de las artes y lecturas. Una vida típica de lujos y protocolos. De tradiciones, poder y apariencias.
No tiene muchos recuerdos de haber estado los tres en la misma habitación haciendo algo considerado familiar. Más allá de una que otra cena donde había más invitados a los debían deslumbrar. Quizás si hubiera nacido como los demás, esa frialdad con que se manejaban las cosas le hubiera afectado. Pero no. No había nada de ello. Si sus padres eran buenos o malos, eso él no lo podría decir. No lo sabe en realidad. Para él solo eran personas que estaban en la misma casa. No tenía apego hacia ellos. Así como a nadie que viviera en ese lugar.
Así que, con sus cuidadoras temiéndole y sus profesores fastidiados de él. Escaparse y explorara la enorme mansión en la que creció. Meterse a hurtadillas en las habitaciones de otras personas y espiar entre las puertas entreabiertas. Observando con ojos vacíos y curiosos lo que pasaba a su alrededor solo ayudo a ser más aguda sus condición.
Entre sus recuerdos más memorables de aquel entonces, estaba el escuchar a las doncellas más jóvenes rogar por su pureza a los nobles jóvenes de las que estaban enamoradas y entregarse a ellos con pasión gimiendo y retorciéndose medios desnudos en los pisos. Los miraba a ellos recolectar las prendas blancas de ellas llenas de sangre, cortar el trozo manchado y guardárselo dentro de su ropa jurando que conservarían el recuerdo de su amor consumado. Sin embargo era curioso para él mirar en las cenas a aquellos dos amantes no dirigirse la palabra después o que inclusive estuvieran comprometidos con otras personas distintas. Miraba a los adultos ponerse sus máscaras sociales y fingir. Es por eso que llego a un punto en que simplemente dio todo por sentado. Que todos actuaban, que eso era parte de ser de clase Shi. Y que por lo mismo, todos eran como él por dentro. Que todos estaban huecos. Que simplemente era el quien aún no había aprendido a actuar como los demás.
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Raikoritsu no hata (El campo de las lycoris)
Historical FictionDurante el periodo Edo y la gubernatura de Tokugawa como parte de su política de control, las leyes establecían la restricción de los burdeles en distritos especiales separados por muros a cierta distancia del centro de cada ciudad, denominados "Yu...
