Capítulo 22

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La habitación estaba sumida en una penumbra suave. Las cortinas apenas dejaban pasar algunos rayos de sol que se filtraban a través de las ventanas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. El ventilador del techo giraba lentamente, zumbando de forma monótona. Sobre la cama, Kyungsoo dormía inquieto, cubierto hasta el pecho con las cobijas arrugadas. Su rostro estaba empapado en sudor, su ceño fruncido, y apretaba con fuerza las sábanas como si se aferrara a ellas con desesperación.

Un sollozo escapó de sus labios en medio del sueño.

Kyungsoo… —susurró una voz dulce y familiar a su lado—. ¿Estás bien?

Abrió los ojos de golpe, incorporándose de forma agitada mientras jadeaba. Frente a él, sentado sobre la cama, Hyemi lo observaba con preocupación.

—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó mientras con ternura secaba las lágrimas del rostro del mayor con sus pulgares.

Kyungsoo lo miró como si no pudiera creer que estuviera allí. Su corazón latía con fuerza. Sin dejar de mirarlo, sostuvo sus manos con ambas de las suyas, presionándolas contra su rostro, como si con ese contacto pudiera asegurarse de que era real.

—Estás aquí… —murmuró con voz entrecortada, mientras más lágrimas escapaban de sus ojos.

Hyemi ladeó la cabeza con ternura, sin entender del todo, pero dejándose acomodar por su hermano mientras se sentaba bien sobre su regazo.

—Claro que sí, tontito —le dijo con una sonrisa cálida, limpiando de nuevo sus lágrimas y depositando un beso en su frente, como Kyungsoo solía hacer con él.

El mayor lo abrazó con fuerza, aferrándose a él como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.

—No te vayas… no quiero que me dejes otra vez… por favor, quédate conmigo.

—Siempre estaré contigo —susurró Hyemi, acomodándose en su pecho.

Kyungsoo despertó de golpe, con la respiración entrecortada. Las lágrimas ardían en sus ojos aún medio cerrados. Miró hacia la puerta, esperando... esperando que Hyemi entrara como lo hacía cada mañana, como en el sueño. Pero la puerta permanecía cerrada. El silencio le devolvió la realidad como una bofetada.

Negando con la cabeza, se levantó descalzo de la cama y, sin molestarse en encender la luz, cruzó el pasillo hasta detenerse frente a la puerta de la habitación de su hermano. Apoyó la frente contra la madera y cerró los ojos unos segundos.

—Sólo un segundo más… —murmuró.

Su mano tembló al sujetar la manija. Abrió la puerta lentamente, dejando que un haz de luz iluminara la habitación.

Todo estaba perfectamente en orden. La cama tendida con precisión, los peluches alineados sobre ella. Los libros y cuadernos en su escritorio, su taza de té preferida junto a una lámpara pequeña. Las cortinas blancas bailaban levemente con la brisa. Una atmósfera de pureza y silencio lo envolvía todo… como si el tiempo se hubiese congelado.

Sobre la cama, las bolsas de las compras que habían hecho juntos esa tarde aún seguían allí, intactas. Kyungsoo tomó una de ellas y sacó un suéter rosa pastel, uno que había comprado pensando en lo bien que le quedaría. También encontró el que Hyemi llevaba la última vez que lo vio. Sus dedos se aferraron a la prenda con fuerza.

Un grito rasgó el aire. Kyungsoo lanzó las bolsas, el contenido voló por toda la habitación. Libros, ropa, objetos personales, todo cayó al suelo. El sonido de porcelana rompiéndose lo hizo estremecerse, pero no se detuvo. Volcó el escritorio, tiró los marcos de fotos, aventó los peluches, los recuerdos… todo lo que alguna vez fue de Hyemi.

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