Capítulo 28

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Chiara Pimentel

"Espérame en la entrada del insti, llego en un volado."

Me dejo caer en las escaleras y me quito la mochila para dejarla entre mis piernas, así no me pesan los libros en la espalda. No sé exactamente cuánto tiempo es para Marbella "un volado", se supone que para la gente normal es pronto, pero ella es ella.

Quedaban aún veinte minutos para empezar las clases y ella solía llegar siempre sobre la hora, ¿que le había dado ahora por venir antes?

En fin, Marbella era así, poco predecible.

Cuando la veo llegar me levanto con rapidez, venía casi con los pulmones fuera. El deporte no era lo mío, pero sin duda tampoco era lo suyo, se veía bien claro que resistencia para correr tenía entre cero y nada (otro tanto por mi parte, que conste). La pregunta era: ¿por qué había venido corriendo?

—¿Y esto? —cuestioné, refiriéndome a la situación en general.

Ella levantó una mano para pedirme un respiro mientras la otra la ponía sobre una de sus rodillas al inclinarse ligeramente hacia delante. Estaba buscando la manera de recuperar el aire de la primera forma que se le ocurriese.

—Vale, respira con calma, no hiperventiles —pedí, quitándole la mochila para que no ejerciera más peso en su espalda, suficiente tenía con intentar respirar.

Poco a poco fue consiguiéndolo. La primera reacción siempre es querer recuperar el aire de manera rápida, pero es peor, porque el aire no te llena lo suficiente. Es mejor respirar despacio, no importa si tiemblas al principio, es normal. Los pulmones se acostumbran después de los treinta segundos.

—He venido corriendo.

—No me digas —ironicé, negando con la cabeza, ganándome una mala mirada de su parte.

—No es el momento para andar de graciosa, hice más ejercicio que en toda mi vida —se quejó.

—Al grano, Mar, ¿por qué se supone que has venido corriendo? No me digas que tenías tantas ganas de verme como para venir corriendo hasta el instituto —intenté bromear para aliviar un poco la tensión, aunque era obvio que no serviría de mucho.

—Yo siempre tengo ganas de verte, listilla —susurró, mordiéndose el labio inferior con indecisión.

¿Ahora dudaba entre si contármelo o no?

Vaya, eso era algo nuevo. Sabía que yo no sería capaz de juzgarla, así que no entendía que estaba pasando.

—Es que... Papá quería hablar conmigo de algo importante —aclaró su garganta, evitando mi mirada—. Y tuve que huir.

—Tuviste que huir —repetí, incrédula.

—¡Me aterra esa conversación! Estuve toda la noche dándole vueltas y llegué a la conclusión de que si me lo contaba ahora por la mañana a las prisas me pasaría el día pensando en ello; en cambio, si me lo cuenta por la tarde, cuando vuelva a casa, tendré el resto del día para... ¿reflexionar?

—Ajá, es una forma de verlo, pero yo apuesto por la tercera opción.

—No hay tercera opción.

—Siempre hay tercera opción —señalé—. La tercera opción en este caso es que estás evitando una conversación porque tienes miedo a que te juzgue, porque es lo que suelen hacer los padres, ¿no? Bien, pues deberías de saber que los tuyos no son así, no lo han sido nunca y no lo serán ahora. Tus padres te aman y van a respetar tus decisiones, claro que se preocuparán y tratarán de llevarte por el "buen camino" en la mayoría de los casos.

—¿Y si el buen camino no es contigo?

—Yo lo aceptaré, si es lo correcto para ti no lo dudaría ni una sola vez, eres más importante que esto.

—No —negó—. Nada es más importante que esto.

Una sonrisa boba se me dibujó en los labios sólo de escucharla, la dependencia emocional no estaba bien y no sería correcto romantizarla, pero estaría mintiendo si dijera que no me había gustado escuchar eso salir de su boca.

—Tienes que ponerte tú por delante de esto, de lo contrario terminará mal.

—No tiene que terminar, esa es la idea, ni bien ni mal...

Siempre se dice que el primer amor nunca se olvida, pero pocas veces se escucha que es para siempre. ¿Cuántos casos hay de personas que aman toda la vida a su primer amor?

Vale, seguro que muchos, pero me refiero a de manera recíproca.

Menos. No sabría dar una cifra exacta, nadie sabría, al fin y al cabo solo las personas mismas sabemos lo que sentimos y nadie puede juzgar eso con solo mirarnos, ni siquiera las personas que nos conocen porque no pueden sentir lo que nosotros si.

La vida es así, tiene sus detalles. No siempre recibimos el amor que damos, no siempre nos quieren las personas que queremos y no siempre todo dura para siempre.

Quiero responderle, pero las palabras nunca llegan a salir y me arrepiento porque alguien más habla en mi lugar, desvaneciendo la alegría que pudo haber en su rostro ese día.

—¡Anda, pero si ahí están las lesbianas! No sabía que se hacía club de homosexuales antes de entrar a clases —exclamó con burla uno de los chicos de primero.

Agradecía que no estuviera en nuestra clase porque le habría lanzado una mesa de ser posible.

—¿Qué coño dices, niñato? —fruncí ligeramente el ceño—. ¿Quieres abrir tú un club de retrasados? Porque seguro que estando tú de líder ya triunfa en el primer día.

—Chiara...

—No, Mar, no voy a permitir que comentarios así te hieran —le hice saber, porque por mucho que pusiera esa carita de que no le importaba nada la conocía lo suficiente como para saber que por dentro le había dolido muchísimo.

—Oh, no tienes que defender a tu novia —murmuró este, nuevamente con el mismo tono, aunque por su expresión también se notaba que mis palabras habían causado efecto—. Mar, ¿que le ves a Chiara? Es que no logro entender que hace alguien como tú con alguien como ella, no pegáis en absoluto y bueno...

—Tú no tienes que entender nada —espetó—. ¡No es asunto tuyo!

Se separó bruscamente y me arrebató la mochila de las manos para después entrar al instituto, dejándome allí sola, huyendo una vez más.

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