Capítulo 7

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Aaron se preguntaba mientras caminaba por la vereda, aquella mañana con los rayos del sol rompiendo la pureza del cielo, por qué siempre elegía las mismas cinco canciones para escuchar de camino a su casa, esas tonalidades que le solían meter en la ilusión que era parte de un videoclip. Quizá se debía a su pobre gustoso musical o al sueño que cargaba en sus pesados párpados y la fatiga en sus tensos hombros, tras una larga jornada laboral lidiando con borrachos que llegaban a manosearlo.

Cubrió educadamente el bostezo que le propició a abrir la boca, sus labios resecos tuvieron la bendición de la visita de su lengua y sus párpados cansados, dieron el empuje a las últimas fuerzas para mantenerse despierto en cuando vislumbraron el viejo edificio, donde se escondía en el día para dormir. Le mandó un mensaje a Christopher dando señales de vida, diciéndole que había llegado a casa, no quería preocupar a su familia.

El Sr. Mondragón amablemente le abrió la puerta, y saludó con un leve movimiento de cabeza como señal de buenos días, seguido de una borrosa información sobre mensajería en su taquilla. Aaron estaba lo suficientemente cansado, su cerebro había dejado de procesar las palabras, por la incipiente idea, casi orden, de esconderse en sus frazadas para desmayarse. Había trabajado tan bien que obtuvo muy buena propina, al fin podría cumplirse algún estúpido capricho.

Recogió los sobres que percibió ser recibos, una carta en blanco con un corazón en medio y un mensaje del lugar que no quería mencionar... Aaron hubiese prestado más atención a la notable carta de confesión, pero el sueño se le despejó por la melancolía de recibir correspondencia de parte del asilo. Derrumbado, posó su frente contra la fría placa de metal con el número de su departamento.

— Mierda — musitó en un suspiro de derrota, Aaron hubiese querido evitar la realidad, sin embargo, está se empeñaba en llamar a su puerta — Necesito un cigarro — se quejó tras palpar su bolsillo vacío, se mordió los labios y siguió su camino a su hogar.

Subió a su piso por el elevador, y cabizbajo salió tas las puertas de acero que chillaron indicándole que había llegado a su destino. Aaron creyó morir en el ascensor, el mismo le llevó hasta el cielo, o no profería otra explicación para el chico que le esperaba pacientemente con una bolsa de papel kraft de una panadería y dos vasos de café, tal como venía pasando desde hace cuatro días, luego de la fiesta.

Escondió su buen semblante debajo de la bufanda que le cubría la barbilla y un poco más. Se acercó al alfa perdido en los propios menesteres de su cabeza, y se posó a su lado.

— ¿Cuánto cobras, guapo? — preguntó con la seriedad necesaria para que el cuestionamiento fuese creíble.

Sebastián, lejos de ofenderse, esbozó una sonrisa, posó la bolsita arrugada encima de la cabeza del omega y tendió el vaso de café — ¿Cómo fue el trabajo? — la misma interrogante con la misma contestación, un sonidillo emitido con labios cerrados, que daba a muchas interpretaciones, ni suficientemente bueno o malo.

— Gracias por el desayuno, que te vaya bien en las clases y el trabajo — Aaron dio un largo sorbo a su bebida buscando las energías necesarias con las que resistir un poco más — Yo iré a revisar las cartas de mis fans antes de dormirme —

— ¿Fans? — Entrecerró los ojos intentando entenderle. Aaron solía ser un enigma y Sebastián muy ingenuo sobre él.

— Sí. Los fans de mi dinero — se encogió de hombros, solo para regodearse con la delicada caricia brindada a sus cabellos, escondió el palpitar de su corazón al recordar que solo era una muestra de afecto amistosa que el chico tenía con él, en especial desde que empezó a dejar de sentirse incómodo con su toque.

— Deberías atender a tus fans luego de descansar — propuso con sutileza, revisando sin tocar su mejilla, corroborando está estuviese mejorando. Los últimos días se las pasó cuidando con un ungüento, el cachete inflamado del omega, sintiendo a su alfa orgulloso por cuidar del chico. Sebastián no se explicaba el porqué, simplemente no podía dejarlo solo... Quizá se debía a que su alfa creía que era tan pequeño, lo suficiente para guardarlo en el bolsillo.

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