Capítulo 24

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El apretujón le hizo doblegarse, tuvo que sostenerse de las neveras repletas de cervezas para evitar su desafortunada caída. Sus dedos buscaron enterrarse con desesperación en la dura superficie, sus fosas nasales se cerraron al punto de obligarle a mantener la boca de par en par, robando el oxígeno a su alrededor.

Sus pupilas se dilataron, sus orbes se desorbitaron girando en direcciones contrarias, sin hallar el horizonte. Jadeó por el dolor, casi desconociendo la sensación física que le hizo protestar y arrinconarse para ocultarse, aunque sabía muy bien que era un acto en vano, pues los latigazos le seguirían allá a donde fuere. Los ropajes que cubrían su cuerpo empezaron a pesarle, tuvo que jalar de la camisa de botones, abanicándose, y rompiendo la sensación de agobio, batallando torpe e infructuosamente con el sudor que acariciaba su piel.

Celo.

Aaron se creía inmune a tales dolencias propias de su especie, pues vivía drogado con las feroces cantidades de supresores que le permitían vivir cual si fuese un beta más. Ser un omega, era como tener un dificultad extra de la vida, por eso lo ocultaba, porque más allá de un beneficio, le acarreaba ciertos problemas, en especial en su ámbito de trabajo nocturno.

El chico no entendía el motivo de los efectos que le hacían a exudar sudor y oleadas de feromonas, estaba completamente seguro en haber ingerido las dosis adecuadas para aliviar sus preocupaciones, al esconder con drogas su propia naturaleza. Lo único que se le ocurría a su pobre mente, derrumbaba en segundos, dándole espacio a su lado irracional que llamaba a un alfa que le diese hijos, era que había adoptado una especie de inmunidad a la medicina. 

Lo peor no era que ya no funcionaran en su sistema. Lo peor era que justo acababa de comprar los supresores para la semana, tanto dinero desperdiciado casi le hace llorar, de no ser porque se le escapó un gimoteó antes de un sollozo.

Aaron sabía que estaba total y completamente jodido, no podía esconderse eternamente en el almacén junto a las neveras y las pilas de cajillas de cervezas. Un omega en celo, solo entre una manada de alfas borrachos, olfatearían su aroma a galletitas. Iba a actuar como un perra buscando un pene para enterrárselo, sin importarle de quien fuese, solo aliviando el estremecedor calor apresando su cuerpo y nublando su razón.

Se tenía que disculpar con su jefe, sabía que el negocio estaba al tope de su capacidad, sin embargo, él era inútil en su estado. En esos momentos era más un estorbo que una ayuda, a menos a que su empleador quisiera alguna especie de porno en vivo, con él como protagonista. No, Aaron no le iba al exhibicionismo, así que la idea no le apeteció. Buscó en sus bolsillos traseros su móvil, se encorvó y poco a poco se deslizó por la puerta de vidrio de la nevera, esperando calmar las ansias de restregar sus piernas contra sí mismas, queriendo aliviar su necesidad.

Avergonzado de reconocer la lubricación deslizándose desde su ano, y manchando su ropa interior, rebuscó entre sus pocos contactos el número de Christopher, a sabiendas de la urgencia de su situación. Los betas eran tan útiles, no presentaban celo, no tenían feromonas, ni se doblegaban por la voz de un alfa... Aaron siempre quiso ser como ellos. Picó uno de los números de su celular, comunicándose con su héroe

— Christopher — masculló apretando las ganas de gemir, no tenía tiempo que perder con formalidades — Tengo un gran problema, entre en celo en pleno trabajo —

— ¡Aaron! — escuchó un estruendo desde el otro lado de la línea. Pese a estar atontado, Aaron reconoció que la voz que pronunció sobresaltadamente su nombre, no era otro más que su vecino — ¡Voy para allá! Todo está bien. Ya estoy allí, ya voy... —

Exasperadamente buscó aire, su pecho subía y bajaba con rapidez, parecía hacer un esfuerzo sobrehumano por respirar. La luz de su celular alumbró su rostro, mostrando un brillo inigualable en las gotas de sudor que caían por sus sienes, adornando el par de cachetes ligeramente ruborizados por el calor corporal del omega agitado, necesitado, desesperado. Efectivamente, cuando las letras fueron claras para sus maltrechos ojos que se valían de los pedazos de cristal, pudo comprobar que había marcado al número de Sebastián.

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