Relamiendo el cucharón donde quedaba pegado un poco de salsa, el omega paseaba su lengua por toda la extensión de madera cubierta del sabor que se adhería a sus propios labios.
— ¿Sabes? — llamó la atención del chico a su lado, quien admiraba el horno cual si fuese una televisión donde pasasen la película ganadora al Oscar - aunque a Aaron no le gustaban esos premios porque se le hacían un chiste mal contado -, el omega casi que estaba aterrado del nivel de concentración del alfa — He notado que cuando se te acumula el estrés del trabajo y la Universidad, vienes a mi casa con una receta —
— Ah — el chico de cabellos negros, enredados en su propio eje, soltó un par de risas para nada escandalosas, los lentes en el puente de su nariz se resbalaron. Sí, Sebastián usaba anteojos, porque también tenía problemas de visión, aunque él solía usar lentes de contacto — Sí. No lo sé — rascó su cabeza, buscando las palabras correctas — Estar contigo me calma. No necesitas hacer nada, solo estar allí, existiendo —
Los dos eran un par de ciegos, solo que Sebastián lo ocultaba como su gran secreto. Aaron lo había descubierto casi por accidente. No, mentira, era normal que el omega lo supiese si convivía todos los días con el alfa, solo que quería darle un toque "un evento casual", para no engañar a su corazón haciéndole creer que era importante por conocer esos pequeños detalles que no muchos sabían. Solo Rogelio y él.
— Me halagas — se limitó a comentar al dejar en paz el traste casi limpio - aunque lleno de su saliva -.
— Debe ser porque eres especial. Simplemente me relaja sentarme en el suelo contigo, y ver el horno como dos idiotas — se encogió de hombros, casi ausente del surgimiento de la oleada de ataques que provocó en el pecho de su amigo, mejor amigo, confidente, persona de mayor confianza. Aaron era tan parte de su vida, que si un día se le antojase irse, se llevaría una parte de su esencia con él.
— Ya. Solo admite que me amas — bromeó sin darle una intención escondida, solo quería juguetear con su amigo, así como lo hacía con Christopher, por ello no esperó la seriedad en el semblante del alfa — Oye, Seb cuatro ojos — empujó el puente de sus lentes cuadrados para llamar su atención — solo te estoy jodiendo, no te lo tomes a pecho... Mi confesión ya es tema del pasado, siquiera importa —
Sus dedos tomaron con sutileza la mano del omega, jalaron con cuidado para no lastimar — No es... —
La interrupción llegó con los llamados a la puerta, golpes certeros de unos nudillos que proclamaban la atención del dueño de la morada, a la que con insistencia tocaba. Frustrado por tener que alzar el culo del suelo, el omega se puso en pie, yendo a asistir a la visita en la puerta.
Se encontró tras la fortaleza de madera, a dos omegas muy conocidos para él, ambos con una olor pestilente que le hizo bloquear sus fosas nasales con sus dedos, apretando con una inmensa desesperación para no acabar vomitando.
— ¿Abrazaron a una mofeta? — con voz nasal por la impertinencia en su nariz, les dio el paso de entrada a su casa -muy a su pesar-.
— Venimos a buscar a Sebastián — Marcos, quien sostenía a Alex, se aventuró a buscar desde su lugar al susodicho, sin perder su trabajo como punto de apoyo del demacrado muchacho que no paraba de sollozar.
Su bonito sábado libre se arruinó. Su estrambótica cena, fue cambiada por una taza de café a la que dejó de sentirle el regusto después del tercer sorbo. Él solo quería egoístamente acaparar a Sebastián, sin embargo, ahora el alfa con el que miraría una película, estaba ocupado, consolando a Alex con caricias circulares en la espalda, quien seguía llorando, sosteniéndose con ímpetu cerca de él, robando sus feromonas, robándolas.
ESTÁS LEYENDO
El Extra
RomanceAaron está en medio de una encrucijada de un romance cliché externo a él, entre sus vecinos; Sebastián, la personificación de lo imperfecto y Alex; la personificación de lo perfecto. Quienes parecen empezar a pasar del amor al odio cada día. Mientra...
