Capítulo 1

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Aaron conocía el amor. Aseguraba firmemente que más de una vez se había enamorado.

Dos veces.

Su familia no contaba porque él se había visto prácticamente obligado a amarlos.

La primera vez, en el jardín de niños, de su profesora de preescolar. Recuerda vívidamente suspirar con la mejilla rechoncha dispuesta sobre su mano, al admirar la incipiente belleza de la beta de dorados cabellos presos en una moña mal amarrada, que le ayudaba a colorear sin salirse de las líneas.

Una exquisita mujer de manso carácter, quien poseía su propia estela celestial en sus ojos, ese par inmenso que emulaba un cielo limpio, sin nubes a su alrededor. Adoraba a aquella agraciada beta de gestos suaves y piel de nieve, quien le educó en sus primeros años de formación educativa.

La segunda vez, cuando Pollo llegó a su vida, era un felino simplemente desagradable de ver para muchos, pero toda una adoración para el omega. El mínimo era un Sphynx, de esas criaturas carentes de pelos, un desencantador gatito arisco y malhumorado que trataba a todos como sus esclavos, siempre él iba en lo alto de la cadena alimenticia, Aaron era su súbdito favorito.

Su listado de parejas amorosas era igual a su cuenta bancaria, tantos ceros que era doloroso de ver. Quizá por ello le gustaron quienes le gustaron, una dulce beta a la que él aspiraba a ser y un gato sin chiste como lo que él era.

Tomó una larga bocanada de aire con la que echarse un poco de ánimos de seguir avanzando por la tranquila calle, su propio aliento se reflejó en el ambiente a simple vista de cualquier transeúnte. Se estremeció del frío calando sus huesos y revisó nuevamente las barras de chocolate, el litro de leche, y el pan que comería al día siguiente. Quizá no tenía dinero en el banco, pero sí una heladera llena de jugosa comida que le quitaría la pesadez y levantaría sus fuerzas.

Su cuerpo resentido clamó al cerebro un poco de consuelo, por ello se acomodó la bufanda maltrecha por el uso, subiéndola para cubrir su boca, hundiéndose en la tela, logrando que sus lentes se empañaran por cada respiro. Tras chasquear la lengua se echó un par de porras necesitando dar los últimos pasos para llegar al complejo departamental en el que vivía.

No era el lugar más lujoso del mundo, quizá con un poco de pintura el edificio dejaba de dar esas señales de una vejez que cobró su deuda a la construcción, sin embargo, los apartamentos minimalistas eran acogedores a su manera. Un tanto pequeños y sin mayores divisiones entre los espacios de la casa, pero lo justo para jóvenes que salían a descubrir el mundo por su cuenta.

Vaya que Aaron estaba por su cuenta, solo. Realmente solo. Su única comunicación con el mundo era el portero de los apartamentos, su jefe, sus compañeros de trabajo y sus clientes... Todos por carácter formal y necesario para vivir. También estaba Christopher, su mejor amigo, era el único que tenía, e igual, a veces no era bueno escuchar al beta, porque era un alma libre, un alma que se decantaba por empujar a tomar decisiones arriesgadas al pobre omega.

Aaron solía pensar que Chris tenía una especie de lado sádico al que le encantaba hacerlo sufrir... La última ocasión en la que le hizo caso al "consejo" del rubio de rebeldes cabellos largos, acabó encerrado toda una noche en una comisaría por sospecha de ser un vendedor de drogas. El beta no era el más inteligente, pero las risas no faltaban. Además, era la única familia que le quedaba.

Con un suspiro de alivio de sus pulmones, el omega empujó la puerta de entrada, encontrándose en su camino por el pasillo para tomar el elevador al Sr. Mondragón, el portero, un anciano de poco hablar que siempre parecía ido en su mundo, con las líneas de canas rayando su negra melena y su imperceptible carisma, muchos pensaban que era mudo, pero Aaron estaba seguro de escucharle regresar los buenos días y las buenas noches cada día.

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