Por suerte aún tengo mi libreta y esfero; llevamos tanto tiempo en esta jaula de cristal, y no se diferencian los días de las noches sólo hay una pequeña ventana en el techo que apenas y se puede ver, pero ni siquiera estoy seguro que sea una ventana, no hay comida ni camas para dormir, solo tierra seca, nadie nos da explicaciones, la gente pasa y nos mira, todos nos miran, se ríen, toman fotos ¡Se toman fotos en frente de nosotros!
Recrearon con pintura y tela nuestro hogar, creo que esto es una especie de parque enfermizo, uno de los guardias tiene la piel de mi madre y la usa como un disfraz para atraer a los niños, baila con ellos, los abraza, abraza a los niños frente a nuestra jaula, cielo santo, no sé dónde está mi padre, nos raptaron simplemente para divertirse.
Nosotros solo queríamos pasar un día de campo tranquilos, era una tarde de juegos en familia, salieron de la nada y nos durmieron por días, cuando despertamos ya estábamos encerrados en esta especie de parque y mis hijos, ¡Oh mis pequeños!... Me despertó el llanto de mi esposa al verlos golpeados y enfermos, tan débiles que no podían sentarse siquiera, teníamos maní y chocolates en los bolsillos, los dividimos con la navaja suiza que le dimos a Víctor; el menor, para que se divirtiera en un campamento al que iríamos la otra semana, en lugar de eso, sobrevivimos con aquellas sobras por semana y media. Día tras días golpeaba el cristal, aunque sólo fue las primeras mañanas al ver a las primeras familias llegar al parque y grité hasta que finalmente me desgarre la garganta, apenas he podido hacer ruidos desde entonces, cada persona que pasaba frente a nosotros nos tomaba como chiste, no entiendo lo que está pasando.
Había un hombre, creo que era un guardia, venía casi todas las noches, o lo que yo creía eran las noches pues se vaciaba el lugar y se quedaba mirándonos por horas, no se movía; la primera vez golpeé el vidrio, le pedí ayuda a llorando y golpeando el cristal, le señalaba a mis hijos y a mi esposa, me arrodillé y supliqué, pero solo se quedó mirando y luego se fue, cada que podía hacía lo mismo: pararse frente a nosotros, mirando con sus ojos vacíos y sin vida, su rostro sin expresión, no juzgaba, no actuaba, observaba de forma casi curiosa como quien ve un insecto caminando en la pared, y luego venía la gente que pasaba frente a nosotros todo el día, sin mirar, no existíamos para ellos, no había alma que nos notase.
Diana tenía una bolsa que había guardado de la tienda, era mediana y sin agujeros, al quinto día decidimos usarla para guardar la orina, la bebimos usando el cuerpo del esfero como pitillo y lo poco que excretabamos lo enterramos en lo poco que había de tierra que se aproximaban a unos treinta centímetros más o menos; Diana los sentaba para que hicieran lo suyo yo les ponía la bolsa para la orina, decidimos mantenerlos con los pantalones desabrochados para que fuese más fácil para todos. La comida era para ellos, no comí en lo absoluto, Mario y Víctor comían más, por lo débiles que estaban, Diana apenas comía y la gente seguía pasando frente a nosotros; dos días después de que se acabó la comida, Víctor murió, -sin dolor, espero,- mientras dormía, con solo catorce años, Diana fue quien lo mantuvo sentado por si su cuerpo inerte soltaba algo, no pudimos llorarlo, no teníamos lágrimas y de seguro nos las habríamos bebido; duramos una semana durmiendo junto al cuerpo de nuestro hijo, nuestro pequeño Víctor; Mario, nuestro hijo mayor parecía mejorar, pero se derrumbó después de eso.
Mientras Diana le daba de beber a Mario, él me veía, yo estaba alienado viendo a la gente pasar sin que les importasemos.
-Mamá, la navaja- dijo con la voz polvosa apuntando a mi bolsillo, donde la tenía guardada.
-¡No!- respondió Diana mientras el corazón se destrozaba en su pecho -soy tu madre, no me pidas hacer eso-
-Papá- me dijo -"No has comido nada en todo este tiempo, Víctor ya se fue, y yo me iré pronto, así que no se preocupen por lo que pase-
-Mario...- dijo Diana aguardando en silencio mientras me acercaba, yo no podía gesticular palabra , pero tomé su mano y lo mire a los ojos.
-Papá... Mamá... Todo va a estar bien...-
Esas fueron sus últimas palabras, murió en nuestros brazos, mi propio hijo de diecisiete años... ya no había esperanzas para nosotros, saqué la navaja y la dejé al lado de su cuerpo y dormí esperando no abrir los ojos nunca más. Esa misma noche me despertaron unos ruidos guturales y una sombra se movía en un rincón, me acerque lentamente, pues no tenía forma de moverme más rápido, era Diana, lloraba mientras se intentaba comer su propio vómito lleno de trozos de la carne de su propio hijo, Víctor, les había quitado la cabeza a ambos con la navaja y las había dejado en frente de la jaula para que todos las vieran; tome la navaja y una parte del brazo de Mario, ella no se movía, al verme y al verse, quedó exhorta en sí... desde entonces está rezando, se arrodilla detrás de las cabezas de los niños, reza todo el tiempo, mientras la gente pasa frente a nosotros sin darse cuenta, ahora sin notarnos siquiera, han pasado cuatro días o eso creo, y ya no aguanto mas, ella sigue rezando, pero no hay dios que permita algo como esto y si lo hay no podría perdonarnos.
¿Terminará esto algún día?Al menos para Diana terminó hace dos días. La expresión de sus ojos, ¡Santo cielo!, me veía con gratitud, prácticamente guió mi mano a su cuello y sangre que corría cayó en las cabezas de los niños, me miraba con alegría, dio un último vistazo a lo que quedaba de nuestros hijos.
-Te amo- leí en sus labios.
Termino de escribir este relato y asumo que la respuesta a la pregunta planteada es: Si, todo esto termina hoy, voy con mi familia, nos demoramos mucho en ver que no existía otra opción, nos hubiéramos ahorrado todo este sufrimiento de no ser por la maldita esperanza infantil de salir, a ti que encontraste este papel, seguro lo encontraste con la navaja, la enterraré con mis últimas fuerzas, abandona toda fe o esperanza, no hay otra forma para salir de aquí, vete, y no sufras, vete, vete, vete, vete.
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Relatos, Cuentos y Azares
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