Un monstruo en el sombrero

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Un cálido rayo de luz entra por la ventana iluminando la habitación, iluminando un desorden lleno de periódicos y botellas vacías tiradas en el piso de la habitación. La luz llega a los ojos de José, que confundido y somnoliento los abre y admira el vacío del techo por un rato, y de su mente en blanco brotó un recuerdo, una risa que al resonar en los muros de aquella habitación presionó su pecho inundando sus ojos. Se levantó de la cama para ir al baño, era un día importante y quería verse bien para terminar con la pesadilla que había empezado hace un año y medio.

De camino al baño se encontró con trozos de vidrio del marco en el que tenía su diploma de abogado, y en el baño los trozos del espejo llenaban el suelo, pero a José no le importaba, había cosas más importantes, y la ligera resaca en su cabeza no le permitía pensar mucho. Tomó una ducha fría para despertarse y después de vestirse vió, quizá por última vez, el arma que lo acompañaba desde el primer día, desde el último beso que le dió a su esposa. La guardo en su estuche que la mantiene en el pecho y fue al estacionamiento.

Los recuerdos llegaban mientras conducía, cada día, cada muerto; apenas podía recordar 20, pero sabía que había más, ¿Qué remordimiento puede tener un hombre vacío? Ya José había olvidado vivir sin Verónica, su amada Verónica, no sabía que hacer ahora, aún después de tanto tiempo, sin el negro de sus ojos, sin el castaño de su cabello, después de ella no había vida, no una que valiera la pena ser vivida. La boca le sabia a ceniza de tanto fumar, pero estaba ansioso, todo concluía hoy, y al llegar a ese viejo taller lleno de grasa y maquinaria tan vieja como ruidosa. Buscaba a Hernán, el dueño del lugar, la última persona que se podia creer que supiera algo sobre aquella noche.

Entrando al lugar vió a Hernán, que revisaba los acabados de un auto, con un overol sucio de trabajar, fumando un abano no mas gordo que él; al verlo Hernán llamó a un joven.

-¡Juan!-

El joven se apresuró a atender el llamado de su jefe -mande patrón- dijo al llegar.

-vea chino, le presento a don José-
-mucho gusto- dijo el empleado que sucio intentó limpiarse un poco la mano para saludar.

-éste es el hijueperra más romántico que va a conocer en su vida- dijo Hernán sin disimular el sarcasmo. El joven Juan reafirmó su saludo.

-venga a ver, acompáñenme a la oficina- concluyó Hernán haciendo un pequeño ademán.

Apenas entraron en la oficina se sentaron, Hernán pidió dos tintos y una tensión palpable llenó el lugar. Se miraban de reojo entre ellos, esperando, parecía que el taller hubiera desaparecido y solo existía esa oficina.

-solo le diré que yo no fuí- dijo Hernán rompiendo el silencio con una mano en el escritorio.

-¿Entonces quién?-

-eso no se lo puedo decir gratis-

-¿Así mejor?- dijo José sacando un sobre bastante grueso de su abrigo.

Hernán abrió el sobre para ver el valor de los billetes, todos de $100.000, se levantó y puso el fajo en la máquina contadora que estaba detrás de José sobre una pequeña mesa sobre la que colgaba un espejo en la pared. Hernán aprovechó para peinarse un poco, giró para ver a José y empezar a monólogar mientras llegaba al escritorio.

-siempre creen que uno es marica cuando vienen por un trabajo, creen que porque uno no estudió se deja meter los dedos a la boca y no importa ¡Pero hermano!- exclamó mientras se sentaba en el escritorio y sacando un revolver del cajón -la cagó conmigo- José se apresuró a disparar al igual que Hernán, pero sólo uno acertó.
José, apresurado bloqueo la puerta y fue al escritorio, encendió el computador, un cajón al costado derecho estaba abierto con una USB marcada con una cinta con "José", la conectó y vio el único archivo que contenía, un video de seguridad.

Estaba Verónica bastante molesta entrando a un cuatro vacío seguida de José, que estaba extremadamente enojado y gritándole a Verónica, discutieron un rato ambos estaban histéricos, de la nada entró alguien que parecía preguntar que sucedía, José arremetió contra él, entre eso cayó el arma que José acababa de usar, los tres saltaron sobre ella, solo José la tomó, y dos tiros volvieron a sonar, José levantó la mirada que quedó fija en el espejo frente al escritorio, la máquina seguía contando billetes. Había encontrado al monstruo que tanto había buscado, su brazo moviéndose solo llegó a su cien, y apretó el gatillo.

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Este cuento fue escrito en colaboración con Juan Valenzuela.

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