Aquella Noche

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Fría era la noche, que adornada por una suave brisa parecía firmar el escalofrío que recorría la espalda de Quique Peralta, que salía solo, cabizbajo y ligeramente taciturno de la presentación estelar de aquel cine sobre la séptima cerca a la 26. Lo habían dejado plantado, por suerte no había comprado las boletas y pudo usar ese dinero para comprar un asiento preferencial, y solo para hacer más llevadera su derrota ante aquel día de mierda compró un combo de esos que son un robo; y mientras maldecía los precios bendijo su soledad, pues con ella no habría sido lo mismo ver una película tan "nerd". Antes de salir del cine llenó hasta el tope su vaso de Coca-Cola y fue tomando de a sorbos pequeños; al llegar a la esquina de la séptima tomó rumbo hacia el sur, pues los buses que salían de la estación después de la plaza mayor eran los únicos que lo dejaban subir sin pagar.

El recorrido hasta la estación era de unos veinte minutos dependiendo de que tan rápido fuera. No alcanzó a caminar una cuadra y Ya se había cruzado con un vagabundo que le pedía un poco de aquella bebida. -¿Tiene un vaso?- preguntó Quique, y como si fuera señal de partida el vagabundo tomó un vaso plástico del suelo, lo sacudió y lo dispuso para ser servido, al ver esto Quique tomó otro y lo sirvió a quien parecía un compañero del primer sujeto, sin más se despidieron, no sin antes agradecer con un cigarrillo tan amable acto, y cada quien siguió su camino, entonces Quique, encendiendo su cigarro, empezó a pensar en qué situaciones habrían llevado a aquella simpática pareja de amigos a esa situación tan deplorable, y entre el humo vio las calles vacías de su amada ciudad; al cruzar la carrera 19 sintió un pequeño jalón en la parte te atrás de su camisa, preparado para golpear y correr giró asustado para encontrar a una pequeña niña ofreciéndole una paleta con forma de corazón, con los ojos como platos quedó admirándola mientras el cigarro se consumía en su boca. la pequeña sin hacer sonido volvió a ofrecerle el dulce que tenia en la mano, Quique lo rechazo con las manos -no, gracias- dijo, la niña enojada le volvió a ofrecer la paleta, sin otra opción la aceptó, la niña tomo su mano y lo guió a la esquina del "foto japón" una ya olvidada franquicia que se dedicaba al negocio de la fotografía, varios documentos y fotos familiares viejas de las que ahora deben descansar en álbumes o cajas en los denominados "cuartos de san Alejo" de toda casa llegaron allí gracias a "foto japón" pero ahora no son siquiera una opción para cualquiera que salga a la calle con su smartphone. Bajo el letrero hay una joven indígena de no mas de veinte años de edad con sus dos hijos, un pequeño sucio con un carro de juguete, y una niña, que sostenía con fuerza una bolsa de paletas con forma de corazón, al acercarse bien la chica se despertó, reconoció a la niña de inmediato, y como un rezo susurró lo que pareció una suplicante disculpa en un lenguaje tan antiguo como desconocido, la pequeña soltó la mano de un desconocido atónito para abrazar a su madre y desaparecer antes de tocarla siquiera. Quique se puso de rodillas para intentar despertar a la niña mientras la madre lloraba en silencio, intento sacar su celular para llamar a emergencias, pero la madre detuvo su mano mientras estaba en el bolsillo, su mirada severa lo hizo entender, y mientras la joven abrazaba el cuerpo inerte de su hija Quique siguió su camino hacia la estación, y mientras lagrimas acariciaban su rostro, pasando por la plaza que esta frente al museo del oro vio regados por las calles perros que compartían camas con ancianos y familias, algunos solitarios durmiendo o buscando la sucumbiendo a escapes mas efectivos del frío de la noche, al llegar a la plaza dejo de contenerse y sin consuelo empezó a llorar y a lanzar injurias a los regentes ahí congregados, nunca había sentido tanta impotencia en su corazón, y el odio de su mirada solo se descargaba en las petulantes gárgolas del capitolio, las estatuas de la catedral entre las que destacaba una reina Isabel y el amarillo del palacio lievano y la que fue la presa del M-19 a su espalda.

Cruzó la plaza, para recordar que aun le faltaban algunas calles para llegar, aquel sector tenia seguridad militar por obvias razones, así que aprovecho para sacar su teléfono, colocarse sus audífonos y escuchar algo que lo distrajera, puso su mano en sus labios para tirar el cigarrillo, pero no estaba, y no recordaba donde lo había tirado, siguió caminando y al ver la luz de la estación recordó el paisaje en aquella fugaz visita a la sede Bogotá de la universidad nacional, la plaza, las zonas verdes y los pequeños e invisibles espectáculos detrás de los edificios, recordó también la ciudad que conocía, con luz, gente y bullicio, y al compararlo todo con lo que acababa de ver, entendió casi de golpe a los perros de Vargas Llosa.

Llegó a la estación, y apenas en la parada junto al bus que el esperaba vio a una vieja amiga, no había cambiado ni un poco, o era lo que esperaba bajo el maquillaje y todo el aspecto gótico, estaba con sus amigos, y mientras él se acercaba saludar recordó un rumor que decía algo sobre que ella gustaba de él, y al verla nuevamente lo sintió como algo ridículo, -hola- dijo acercándose disimuladamente, sus enormes ojos se abrieron como su viera un fantasma -hola- respondió junto con un abrazo, había olvidado lo pequeña que era, y todos los abrazos de aquella época escolar, se presento a sus amigos y mientras llegaban los buses charlaron como no lo hacían hace bastante tiempo. cuando fue tiempo de despedirse y llegaron ambos buses los fantasmas de la noche que acababa de pasar volvieron a él, y al recordar con mas detalle a su antigua compañera se sintió culpable por no haberle seguido hablando después de salir del colegio -necesito dormir- pensó al ver que el bus llegaba a su casa. Entro y fue directo a su habitación a esperar, al día siguiente, a encontrar a quien lo había dejado plantado aquella noche, cumplían el primer mes de un noviazgo que el había luchado por mucho tiempo, no le pensaba terminar por eso, pero había que hablar al respecto.

Al día siguiente, mientras él caminaba sin pensar mucho por la universidad, cerca de la cafetería la vio, y ella al verlo a el se lanzó a abrazarlo como si esperara que él intentara escapar, pero era ahí donde había querido estar toda la noche, y mientras ella se disculpaba sobre su hombro, rompió en llanto, las ventajas de ser casi de la misma altura eran que él podía besar su cabello nocturno y su nuca -te amo- le dijo mientras la separaba un poco y secaba sus lagrimas con un pañuelo que guardaba siempre en el bolsillo de su chaqueta, le ofreció la paleta con forma de corazón, esperando no desaparecer cuando ella la tomara, ella sonrió, y el le dio un beso en la frente y cerrando todo le dio un abrazo por todos los que no se habían dado la noche anterior, y en aquel momento, con los ojos cerrados para sentirla únicamente a ella, y a sus corazones latir al unisono. -No imaginas cuanto te amo- susurró en su oído.

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