Esto me estaba atormentando a un nivel que nunca pensé vivir. Ya no tenía hambre, todo era llanto, recuerdos, depresión, ataques de pánico y ansiedad solo por ver cualquier cosa que me hacía recordarlos. Mi abuelo y Wilhelm, las dos personas más importantes en mi vida, me terminaron abandonando como todos. Nunca volvería a confiar en nadie por más cercano que sea. Al fin y al cabo terminaba igual.
Intentaba comunicarme con Henry pero todo era inútil, incluso su número de celular me aparecía como fuera de línea. Traté de no hacer ideas erróneas y provocarme más ansiedad innecesaria. Me di por vencida, dejé el celular a un lado de la cama y me levanté con dirección a la mini biblioteca que tenía improvisada en una de las paredes de la habitación. Mi atención se centró en un libro que tenía un título muy extraño pero al leer al autor, me dio confianza de que me iba a gustar.
1984 estaba en el estante, con su característica portada y su sinopsis que me hizo tomarlo sin pensar. Todos mis profesores nos daban charlas y analogías de que lo que estábamos viviendo en aquellos años se parecía demasiado a lo que había escrito George. Nunca antes tuve la intención de leerlo, no era fan de comprar libros, todos los que había leído con anterioridad se encontraban en el librero de nuestra casa.
Mi abuelo era un lector asiduo, su pasatiempo favorito antes de perder la vista era sentarse en su mecedora o en el sillón que tenía a un lado la lámpara y desvelarse hasta la madrugada leyendo clásicos, libros modernos o cualquier cosa que según en palabras de él: «permitían a las personas crear soluciones ante los problemas de la vida». De niña aseguraba que solo lo decía porque tantas lecturas le habían afectado la cabeza. Ahora me arrepiento de haber pensado todo eso, seguramente ofendí a su memoria y a su voluntad. Lo siento, Franz.
Con tan solo leer las primeras páginas pude comprender por qué estaba esto en la sección denominada como obras maestras, junto con Demian, El nombre de la rosa, Muerte en el Vaticano, El niño con el pijama de rayas y una cantidad de libros gigantesca que abarcaba casi la mitad del estante, me atrevería a decir que habían más de cincuenta libros, sin contar las que estaban en las cajas.
Sin embargo, todo mi interés y euforia se despedazó en cuanto escuché mi celular a todo volumen. Estaba decidida a apagarlo, pero cuando vi que se trataba de mi primo, una angustia se apoderó de nuevo en mí. No podía haber un momento en que estuviera tranquila, maldita sea.
—¿Qué pasó?
—Solo llamaba para saludarte. ¿Estás bien?
—Sí, creo que sí, ¿cómo están ustedes?
—¿Crees? ¿Es decir que no estás segura?
—No me acostumbro todavía a vivir sola en una ciudad que no conozco. ¿Debo estar regocijante acaso?
—Bueno, veo que sigues siendo la misma. Nosotros estamos bien, mi madre ya puede hacer muchas más cosas de las que anteriormente el doctor le permitía, hoy fuimos a la última terapia y le indicaron que siguiera con el medicamento.
—Por lo menos es una buena noticia —agradecí y cerré los ojos para tratar de calmar mis latidos.
—Sí, aunque, hoy sucedió algo curioso.
—¿A qué te refieres con curioso?
—Hoy llegó un chico rubio preguntando por ti, no supe muy bien quién era, pero tenía un acento británico muy marcado. Me dijo algo de un juicio, no estaba muy seguro pero tampoco le di importancia, iba deprisa. ¿Lo conoces?
De pronto un pinchazo en la boca del estómago se hizo presente y me imposibilitó hasta la capacidad para hablar, me costaba respirar y me llegaron pensamientos y teorías sin parar hasta que su voz me despertó de ese trance. Estaba segura que se trataba de Frederick.
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Alguna vez fuiste tú
RomantizmPara Ágata Shcüler, escribir siempre ha sido un pasatiempo que le ha ayudado a entenderse a sí misma. De esta manera ha podido superar cosas de su pasado e intentar mejorar como persona, con los que la rodean. Pero no pasará mucho para que llegue un...
