Familia - 3

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Taylor había llegado junto a Cage, con una sonrisa tan brillante en el rostro que parecía capaz de iluminar la penumbra de los pasillos. Ambos caminaron con paso ligero, la alegría reflejada en cada gesto, hasta detenerse frente a la habitación donde, según les habían dicho, se encontraba el joven maestro Cale.

Abrieron la puerta con expectación… pero el cuarto estaba vacío. Ni una manta arrugada, ni un vaso fuera de lugar: era como si nadie hubiera ocupado ese espacio en absoluto.

—Ya se fue… —murmuró Cage con un dejo de desilusión—. Me hubiera gustado compartir una bebida con él.

Taylor suspiró, un poco abatido. Había deseado agradecer personalmente al joven maestro. Gracias a Cale había conseguido un trato con el príncipe heredero, y ahora tenía la oportunidad de recuperar la posición que alguna vez le había sido arrebatada. Todo eso, todo ese nuevo horizonte, era posible únicamente por la intervención de aquel pelirrojo de mirada tranquila y palabras calculadas.

Mientras tanto, lejos de esa habitación vacía, Cale sonreía bajo la sombra de una capucha.

—¿Por qué nos fuimos, dragón rojo? ¿Nos estamos ocultando?

El pequeño dragón negro lo observaba con sus pupilas brillantes, esperando una respuesta. Junto a él, On y Hong movían sus colas inquietos, expectantes a cada palabra.

—Sí —respondió Cale con calma—. Nos estamos ocultando.

El dragón asintió como si aceptara un secreto compartido, aunque sus alas se agitaron, incapaces de ocultar la emoción.

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La plaza estaba abarrotada de vida. El bullicio llenaba cada rincón, vendedores ambulantes ofrecían comida recién hecha, juguetes de madera o banderas con los colores del reino. Las risas infantiles y los murmullos de las familias se mezclaban con el sonido de los músicos callejeros. Sobre ese escenario, oculto entre la multitud, Cale caminaba con pasos medidos. La capucha cubría sus rasgos, y con maestría ocultaba su presencia, confundiendo su maná hasta hacerlo imperceptible.

Los niños gato lo imitaban, mimetizándose con sorprendente destreza entre los ciudadanos, mientras el dragón negro lo seguía con curiosidad.

De pronto, las pupilas de Cale se fijaron en una figura entre la multitud, una joven de cabello castaño, teñido con magia. Reconoció de inmediato la presencia de maná en ella. Lock se le acercó, y Cale no pudo evitar que sus ojos se iluminaran con un atisbo de interés.

—Ese humano es interesante —dijo la voz infantil del dragón negro, comunicándose con él a través de magia.

Cale asintió apenas, sin perder de vista la escena. Miró de reojo a On y Hong, quienes lo observaban con la inocente curiosidad de los niños.

—Es un mago —murmuró con certeza.

El dragón soltó un pequeño sonido de asombro, y Cale rió entre dientes. Sus ojos, siempre atentos, se movieron rápidamente. Localizó las posiciones de Choi Han, Beacrox, Ron y Lock. Todos estaban dispersos en puntos estratégicos, formando un invisible círculo de protección.

Pero entonces lo notó.

Lobos. Adultos. Repartidos entre la multitud, como si se prepararan para algo. Su ceño se frunció. Ellos no debían estar allí.

—¿Pasó algo? —pensó para sí, con una punzada de molestia que recorrió su pecho.

La voz del dragón negro lo sacó de su reflexión.

—¿Estás bien?

Cale asintió con la cabeza, aunque su mirada se mantenía alerta.

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