Desconocido - 4

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Tap… Tap… Tap…

Los pasos resonaban con un eco profundo por toda la torre, reverberando en las paredes como si la misma estructura guardara un secreto. El aire estaba impregnado de un silencio expectante, quebrado solo por aquel sonido constante que se multiplicaba en cada rincón oscuro.

Raon, el pequeño dragón negro, ladeó la cabeza con entusiasmo, sus alas se movían inquietas mientras observaba a Cale con ojos brillantes.
—¡Dragón rojo! ¿Qué estamos buscando?

Cale no respondió de inmediato. Se limitó a esbozar una sonrisa juguetona, casi inocente, pero en el fondo de sus pupilas ardía un brillo peligroso. Su mirada se posó sobre los tres niños, que lo observaban con atención.
—¿No lo sintieron…? —murmuró con calma.

On y Hong, desconcertados, parpadearon al unísono.
—¿Nya?

Raon, en cambio, abrió mucho los ojos, sus instintos encendiéndose de golpe.
—¡Tienes razón, dragón rojo!

Los gatitos se miraron entre sí, aún confundidos. Sin embargo, al concentrarse, sus orejas se movieron y las colas se agitaron emocionadas, como cazadores que acababan de captar a su presa.
—¡Sí, nya~! —respondió On con picardía.
—¡Yo también lo siento, nya~! —añadió Hong, con una sonrisa juguetona.

Como si hubieran recibido una señal invisible, ambos corrieron hasta detenerse frente a un muro del primer piso. Sus ojos brillaban intensamente mientras fijaban la vista en un punto exacto de la pared, las colas moviéndose de un lado a otro con anticipación felina.

—¡Dragón rojo! ¡Aquí! ¡Ven rápido! —exclamó Raon con impaciencia, batiendo sus alas.

Cale caminó hacia ellos con calma, dejando que sus pasos resonaran pesadamente en la torre, como golpes de tambor que anunciaban algo inevitable. Al llegar frente al muro, los niños lo esperaban con las pupilas dilatadas y los cuerpos llenos de anticipación.

—¿Está aquí, nya~? —preguntó Hong, sin apartar la vista de la pared.
—¡Sí, nya~! ¡Puedo olerlo! —aseguró On con la cola erizada.

Cale asintió lentamente. Extendió la mano y posó los dedos sobre la superficie. El polvo se desprendió bajo su roce, y al limpiarla reveló un pequeño hueco, acompañado de tres diminutos agujeros perfectamente alineados.

Raon inclinó la cabeza, su cola de dragón golpeando el suelo con expectación.
—Dragón rojo, ¿qué es eso?

El mismo Cale parecía fascinado por el hallazgo. Sus ojos brillaban con curiosidad mientras sacaba varios objetos de su dimensión espacial. Primero probó encajando joyas, monedas, piedras preciosas, fragmentos valiosos… nada ocurrió. La pared permaneció muda, indiferente, como si se burlara de sus intentos.

—¿Y si lo destruimos? —sugirió Raon con naturalidad, como si aquella fuera la solución más obvia.

Cale giró el rostro hacia él con frialdad y una chispa divertida en la mirada.
—El cabeza de músculos podría escucharlo… y también ese jefe Harol.

El dragón negro chasqueó la lengua con ligera molestia, pero obedeció en silencio. Cale, en cambio, guardó nuevamente las joyas y sacó una piedra de maná. Apenas la acercó, un destello vibrante recorrió los orificios. El muro tembló como si despertara de un largo sueño y, en cuestión de segundos, se desmoronó en silencio, deshaciéndose en polvo que flotó en el aire.

Ante sus ojos se reveló un estrecho escondite. La atmósfera cambió de inmediato, un aire denso y sofocante se filtró desde el interior, cargado de un olor rancio.

Cale dio un paso al frente, los tres niños se pegaron a su lado. Fue entonces cuando, sus pupilas se afilaron como cuchillas, sin que él se diera cuenta, brillando con un fulgor peligroso que heló el ambiente.

a hidden empireDonde viven las historias. Descúbrelo ahora