Furia -1

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La cueva se llenó de un maná tan denso y salvaje que el aire se volvió casi irrespirable. Era una energía viva, pulsante, tan peligrosa como destructiva, que hacía temblar las paredes de piedra. Los lobos más grandes y veteranos, con los ojos encendidos en un brillo carmesí, se sumergieron en su transformación berserker. Sus cuerpos crecieron, los músculos se tensaron y el sonido de huesos crujiendo resonó como un tambor de guerra. El suelo temblaba bajo su peso, mientras un rugido gutural y profundo hacía eco entre las rocas.

Frente a ellos, Choi Han, Beacrox y Rosalyn permanecían tensos, sus cuerpos listos para atacar. Más adelante, en el punto más iluminado por la energía del maná, Cale se mantenía firme junto a Raon. Ambos estaban rodeados por un mana vibrante, tan intensa que deformaba el aire a su alrededor. El maná de Cale se mezclaba con el del joven dragón, generando un rugido invisible que llenaba cada rincón de la cueva.

Entonces, entre el caos de energía, un sonido rompió la tensión.
Tac. Tac. Tac.
Eran pasos. Tranquilos, seguros, casi arrogantes.

El corazón de Cale se detuvo un instante. Raon, con sus alas ligeramente desplegadas, giró la cabeza hacia la entrada con una mezcla de curiosidad y alarma.

—Dragón rojo… es la misma presencia —murmuró el dragón negro, sus ojos azules brillando con intensidad.

Cale entrecerró la mirada. Su respiración se volvió más lenta, más controlada, pero dentro de él, el instinto gritaba. Esa presencia… era antigua, poderosa, y no tenía intención de ocultarse. El maná que emanaba era tan puro y majestuoso que parecía aplastar a cualquiera que se atreviera a respirar cerca.

Los pasos se acercaban cada vez más, resonando en la piedra húmeda.
Los lobos gruñeron, formando un círculo defensivo. Choi Han levantó su espada, el filo cubierto de un aura negra que crepitaba, amenazante. Beacrox, con su gran espada ya en mano, flexionó los músculos, preparado para saltar. Rosalyn, con el cabello flotando como fuego vivo, hizo que su magia girara en torno a ella, lista para desatarla en un instante. Lock, junto con los lobos restantes, rugía con furia contenida, sus ojos brillando con la locura del berserker.

La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Y entonces, la figura apareció.

Un hombre se detuvo en el umbral de la cueva. La luz de las antorchas se reflejó sobre él como si el mismo sol hubiera decidido entrar.

Cale alzó una mano de inmediato.
—¡Alto!

Su voz resonó, autoritaria, deteniendo el ataque que estaba a punto de desatarse.

El silencio se impuso de golpe.

El recién llegado avanzó un paso más, su mirada recorriendo el lugar con una calma desconcertante. Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios, una sonrisa demasiado segura, demasiado conocedora. Su belleza era irreal, casi inquietante.

Tenía el cabello largo, dorado como hilos de sol, que caía en ondas suaves hasta más abajo de la cintura. Su piel era tan blanca que parecía tallada en mármol, y su vestimenta, hecha de seda fina, destellaba con cada movimiento. Pero lo que realmente heló la sangre de todos fueron sus orejas… puntiagudas.

Una corriente de miedo recorrió la cueva. Incluso los lobos, en su frenesí, dieron un paso atrás instintivamente.

Los ojos del hombre brillaban con un dorado líquido, y sus pupilas afiladas, alargadas, inhumanas, se contrajeron mientras observaba con detenimiento a Cale y al pequeño dragón que flotaba junto a él.

Raon se tensó, su cola azotando el aire.
—¡Es un dragón dorado! —exclamó en la mente de Cale, su voz infantil resonando con una mezcla de asombro y alarma.

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