Una Perdida Y Un Regreso - 3

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Cale caminaba por los barrios bajos con la mirada perdida. Sus ojos, vacíos, no veían nada. Su complexión delgada, casi enfermiza, destacaba incluso en aquel lugar donde la miseria era la norma.

Desde la lejanía, alguien lo observaba.

Ron Molan, el mayordomo de la casa Henituse, había presenciado la escena en la finca. Lo había visto acercarse con una energía temblorosa pero decidida, y había oído claramente las palabras que lanzó a los guardias. Pese a su juventud y estado, el aura que emanaba de él... era real. Poderosa. Inquietante.

No sabía por qué, pero algo en ese niño removía sus instintos más agudos.

Así que decidió seguirlo.

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Cale lo sabía. Sentía esa presencia detrás de él. Pero no le importaba.

Su mente era un completo caos. No sabía qué sentir, qué hacer, a dónde ir. ¿Debía presentarse ante su familia y gritar que era el verdadero hijo del conde Henituse? ¿Volver y tomar su lugar como primogénito?

-Negar.

Sacudió la cabeza. No, si lo hacía... él vendría por él. Ese bastardo vendría de inmediato. Todavía no estaba listo.

La noche comenzaba a caer. Cale se recostó contra una pared desgastada, acurrucándose ligeramente. Tenía hambre. Tenía frío.

Cerró los ojos y recordó.

Había algo que sintió la primera vez que apareció aquí. Se levantó, guiado por su instinto, y caminó hasta una colina solitaria. Allí, entre los escombros, había un árbol.

Negro.

Se detuvo frente a él, mirando a su alrededor. Nadie.

Se acercó lentamente, observándolo con una mezcla de respeto y curiosidad. Sus ojos brillaron como los de un niño que encuentra un juguete valioso entre la basura.

-Qué interesante...

Descendió la colina y volvió a sentarse, esta vez frente a una pared aún más derruida. Sacó las monedas de su bolsillo y las miró con desdén.

-Oye... ¿no piensas salir?

Las palabras fueron directas, casi desganadas.

El hombre que lo seguía se tensó. Había sido descubierto. Dudó, sus ojos se entrecerraron, y debatió entre irse... o presentarse.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

La voz del niño era más firme de lo que esperaba. Ron suspiró. Salió de las sombras. Su cabello, que en algún momento comenzó a encanecer, brillaba bajo la tenue luz de la luna. Mostró una sonrisa benigna.

Pero cuando sus ojos se cruzaron con los del muchacho... esa sonrisa se congeló.

-R... R... ¿Ron?

El mayordomo parpadeó. El tono tembloroso, la forma en que pronunció su nombre...

La sonrisa desapareció de su rostro.

Cale se levantó. Dio un paso hacia él. Sus pupilas marrón rojizas lo miraban con miedo, duda, esperanza. Alzó la mano lentamente, como si temiera que Ron fuera un espejismo, un recuerdo que se desvanecería al tocarlo.

Pero no lo fue.

Cuando sus dedos rozaron la tela de su abrigo, las lágrimas comenzaron a fluir. La capucha cayó, revelando por completo su rostro agotado, su cabello desordenado.

Los ojos de Ron temblaron.

-¿J-joven maestro... Cale?

Su voz resonó en la noche silenciosa.

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