Travesuras Y Venganza - 2

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El silencio reinaba en la habitación, tan denso que parecía pesar sobre los hombros de todos los presentes. No mucho tiempo después, Hans regresó con una bandeja de bocadillos y una tetera humeante. Con sumo cuidado sirvió las tazas y las dispuso frente a los invitados.

—Quieren tomar té.

La voz de Violan se alzó serena, elegante, aunque en el fondo llevaba la intención de tantear el terreno.

—La condesa es tan amable… —respondió el lobo de mediana edad con una sonrisa tranquila, como si no sintiera el peso de la mirada que lo evaluaba en cada gesto.

Violan se limitó a sonreír con educación, aunque en sus ojos había un filo cortante. Sabía leer las tensiones, y allí, junto a su esposo, reconocía la inquietud en cada respiración. Deruth no podía disimularlo: se removía en su asiento, sus manos temblaban, y su mirada se fijaba en los visitantes con una mezcla de esperanza y miedo.

—Tengo entendido que su lord los mandó —dijo finalmente Violan, con voz firme, casi desafiante.

El viejo lobo, sin inmutarse, llevó la taza a sus labios. Sus ojos brillaban con astucia, como si aquella pregunta ya la hubiera esperado. Lo sabía. Sabía que la condesa era una mujer de mente fría y analítica. Cale había hablado de ella en más de una ocasión, y en cada relato había admirado cómo defendía con uñas y dientes el honor y la seguridad de la familia Henituse.

—Así es… nuestro lord nos ha enviado. Aunque —sus labios se curvaron en una sonrisa aún más amplia— creo que ahora sería más apropiado llamarlo joven maestro-nim.

La reacción fue inmediata.

—¡Cale! ¡Mi hijo! —exclamó Deruth levantándose de golpe, con los ojos encendidos de desesperación. La silla cayó hacia atrás, olvidada, y por un instante pareció que correría hasta el lobo, lo tomaría por las solapas y lo sacudiría hasta arrancarle la verdad.

Pero Violan lo detuvo. Con un gesto firme lo sujetó de la mano, obligándolo a detenerse. Su agarre fue tan fuerte como una cadena invisible. Con apenas una mirada lo instó a recobrar la compostura y lo guio de regreso a su asiento.

El lobo tosió suavemente, como para recuperar el hilo de la conversación.

—Ejem… sí. El joven maestro Cale-nim nos envió.

Los ojos de Deruth ardían con súplicas, con la necesidad de una respuesta que aliviara al fin el vacío en su corazón. No le importaba nada más: solo quería escuchar en dónde estaba su hijo.

Pero Violan no estaba dispuesta a dejar que el sentimiento nublara la razón.

—Pero no está aquí —sentenció, su tono más una afirmación que una duda.

En ese instante, Rosalyn, quien hasta entonces permanecía bajo la capucha, la bajó lentamente revelando su rostro. Su cabello, teñido en un castaño claro mediante magia, brilló bajo la luz, y sus pupilas marrones reflejaban serenidad.

—No. Solo hemos venido a dejar a alguien.

Su voz clara fue seguida por un gesto suave: su mano se posó sobre la espalda de Mueller. El pequeño enano dio un respingo y, temblando visiblemente, avanzó unos pasos hacia los condes.

—E-es un placer conocer a los padres del lord-nim… —balbuceó, inclinándose en una reverencia profunda—. Este humilde ha venido con dos planos para los condes-nim… a petición del gran lord-nim…

El aire se tensó aún más. Mueller, con las manos temblorosas y la frente sudorosa, parecía a punto de derrumbarse bajo el peso de tantas miradas.

Violan lo observaba en silencio. No había cambiado su expresión, pero sus pensamientos corrían a toda velocidad. Esa palabra —“lord”— no le pasó desapercibida. Se aferró a ella como si escondiera un secreto que aún no le habían revelado.

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