Una Perdida Y Un Regreso - 1

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Un niño de brillante cabello rojo corría por todas partes, ocultándose entre los callejones y árboles de una pequeña aldea. Su risa alegre resonaba como campanillas en primavera, contagiando a todos con su energía. Intentaba no ser atrapado por los demás niños en un juego improvisado de persecución. Sus mejillas estaban encendidas y su ropa manchada de polvo, pero sus ojos brillaban con entusiasmo.

Una risita suave rompió la tranquilidad de los adultos que observaban la escena desde la distancia.

-Condesa, su hijo es realmente maravilloso.

El jefe de la aldea, un hombre robusto de rostro amable, habló con sincera admiración. Observaba cómo los niños del lugar jugaban con el pequeño pelirrojo sin distinción ni timidez.

-Sí, mi hijo es extremadamente lindo -respondió Drew con una sonrisa llena de orgullo y amor.

La condesa Henituse, señora del territorio, contemplaba a su hijo con ternura. Compartían el mismo tono rojo sangre en el cabello, ese color encendido que parecía arder bajo la luz del sol. El brillo en sus ojos al verlo jugar revelaba cuánto lo amaba.

Drew no había acudido sola. Como era costumbre, había llegado a Harris Village para entregar víveres a los aldeanos que sufrían por las malas cosechas de la temporada. Aunque era una noble, no mantenía distancia. Caminaba con naturalidad por la aldea, conversando con las mujeres mayores, escuchando a los campesinos, saludando a los niños. Su presencia era cálida y cercana.

-Los señores son muy buenos.

-Sí, el conde y la condesa-nim siempre piensan en nosotros.

Los murmullos de los aldeanos crecían a medida que más personas se reunían a observar. Algunos trabajaban, otros simplemente compartían la alegría del momento. Había sonrisas sinceras, gratitud genuina.

-El joven maestro es tan amable como sus padres-nim.

-Y tan alegre. Se lleva bien con todos los niños, no importa de dónde sean.

El tiempo pasó rápidamente entre risas, juegos y gratitud. Finalmente, la hora de partir llegó. En las afueras de la aldea, Drew se encontraba despidiéndose junto al jefe de la aldea, rodeada por varios aldeanos que le mostraban su respeto.

-¡Condesa-nim, muchas gracias!

Varias personas se inclinaron ante ella. Drew respondió con una sonrisa brillante, llena de benevolencia. No había arrogancia en su gesto, solo calidez.

-No es nada.

Su voz era suave, pero firme. Los aldeanos la miraban con profunda admiración. Esa sonrisa sincera hacía que todos se sintieran verdaderamente agradecidos.

-Cale, hijo mío, es momento de irnos.

La condesa llamó a su hijo, que aún seguía corriendo entre los niños. Al escuchar la voz melodiosa de su madre, el pequeño se detuvo. Se acercó caminando despacio, arrastrando los pies como si quisiera alargar cada segundo.

Su mirada reflejaba tristeza y resignación. No quería irse aún. No quería volver a la finca ni a las clases ni a los modales. Quería quedarse, seguir riendo, seguir sintiéndose libre.

-¿Mamá? ¿De verdad tenemos que irnos ya?

Sus ojos decían más que sus palabras. Drew lo miró con ternura y se agachó para estar a su altura.

-Tranquilo, mi pequeño. Ya verás que regresaremos antes de lo esperado.

Cale asintió con una sonrisa brillante. Aquella expresión tan pura, tan llena de esperanza, conmovió a todos los presentes. El niño pelirrojo subió primero al carruaje, seguido por su madre. Desde la ventanilla, agitó la mano para despedirse una vez más.

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