Curiosidad De Dragón - 1

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Cale estaba sentado con calma en uno de los sofás de la oficina real, perteneciente al príncipe heredero Alberu. A su alrededor, flotaba la ligera presión de un dragón invisible que se movía por todas partes, mientras dos gatitos jugaban en el suelo, sus colas agitándose con curiosidad infantil.

Alberu Crossman, príncipe heredero, lo observaba con una mezcla de nerviosismo y cortesía forzada. De vez en cuando su mirada se desviaba hacia su tía, que sudaba frío y evitaba cruzar los ojos con Cale, como si temiera que esa mirada suya le arrancara secretos que no debía revelar.

Una sonrisa radiante apareció en el rostro de Cale, tan natural como peligrosa. Al verlo, Alberu no pudo evitar devolverle otra sonrisa igual de brillante, como si ambos se entendieran sin necesidad de palabras.

—¿Sabes algo de la organización? —preguntó Cale finalmente, con un tono ligero que contrastaba con el filo que ocultaban sus pupilas afiladas.

De inmediato, el dragón negro invisible y los dos gatitos se detuvieron en seco, girando sus cabezas hacia él y el príncipe, como si hubieran sentido el peso oculto en esa simple pregunta.

Alberu negó lentamente, con un deje de decepción.

—No creo que debas preguntarme eso. Aunque tengo mis investigaciones, estoy seguro de que el conde Henituse tiene muchas más posibilidades que yo.

Cale lo observó en silencio unos segundos, antes de asentir despacio, como si lo dicho confirmara lo que ya sospechaba.

—Sí. Padre no se rinde fácilmente.

La respuesta hizo que Alberu lo mirara con agudeza, escrutando cada detalle de su expresión.

—Su alteza… —iba a añadir Cale, cuando un golpe resonó en la puerta.

“Toc, toc, toc.”

En el mismo instante, el pelirrojo desapareció de la vista. Su figura se desvaneció como humo, invisible.

—¡Dragón rojo! ¡Es la misma maga! ¡Es ella! —exclamó con entusiasmo la voz del pequeño dragón negro dentro de su mente.

Al otro lado de la puerta, una voz femenina se escuchó con respeto.

—Su alteza, ¿puedo pasar?

—Adelante —respondió Alberu, manteniendo en sus labios una sonrisa pulida.

Tasha, que se retiraba en ese momento, giró la cabeza apenas un instante hacia el príncipe, aún con preocupación. Alberu le dedicó una sonrisa serena para disipar sus dudas, aunque la rigidez en su mandíbula lo traicionaba.

Una joven de cabellos rojos como el fuego entró en la habitación, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto. Avanzó hasta colocarse frente al escritorio de Alberu con pasos seguros.

—¿Princesa Rosalyn, desea algo? —preguntó Alberu, sonriendo aún más brillante que antes, aunque sus ojos medían cada palabra.

—Su alteza —respondió ella con voz firme—, me estaré marchando dentro de poco.

—Oh. Le alistaré lo necesario para su viaje.

—No es necesario —replicó Rosalyn enseguida—. Preferiría irme sigilosamente.

—¡Dragón rojo, quiero saludar a la chica inteligente! —insistió el pequeño dragón, con tanta energía que Cale tuvo que contener un respingo.

—No —murmuró Cale en voz baja, tan firme que el dragón se encogió de hombros en silencio.

—Entiendo —replicó Alberu con suavidad—, pero ¿no sería mejor que alguien la acompañara?

—No se preocupe, su alteza. Ya tengo quienes irán conmigo.

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