Familia -2

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Los días habían pasado desde la partida de los lobos adultos. Jeff permanecía en la aldea, ocupado con los jóvenes y con los asuntos pendientes en la aldea Harris.

Antes de marcharse, Cale le informó brevemente que estaría fuera algunos días. Jeff, como era de esperar, se opuso de inmediato, preocupado por la seguridad de los niños y, sobre todo, por la de Cale. Sin embargo, con firmeza y palabras calculadas, el joven maestro logró convencerlo. Prometió regresar antes que Ron y los demás, y no causar problemas, asegurando además que no estaría solo, On y Hong lo acompañarían, y nada malo ocurriría.

Con un sencillo hechizo, Cale transformó sus pupilas y su cabello en un tono marrón corriente. Cargaba en brazos a los dos pequeños gatitos, que se movían inquietos, brillando de curiosidad.

—¿A dónde vamos, nya? —preguntó Hong, con la cola agitada.

—¡Yo también quiero saber, nya! —añadió On, con ojos expectantes.

Cale sonrió con indiferencia, como si la respuesta fuera lo más simple del mundo.

—Iremos a visitar el territorio Tolz.

Dijo, antes de lanzar un hechizo que los llevó a un lugar completamente diferente, las colas de los niños se agitaron aún más. Avanzaban juntos por una montaña como si se tratara de un paseo cualquiera. Invisibles, silenciosos, como espectros que nadie podía detectar.

Al poco tiempo, alcanzaron la entrada de una cueva. Desde lo alto, Cale y los gatitos observaban en completo silencio.

Un suspiro áspero se escuchó. Venion, el segundo hijo del marqués Stan, salió de la oscuridad, limpiándose las manos con gesto molesto.

Detrás de él apareció Neo Tolz. Su ropa estaba manchada de sangre, y el olor espeso y metálico llegó hasta la nariz de Cale, haciéndolo fruncir el ceño.

—Que tenga un buen viaje, lord-nim —dijo un soldado, inclinando la cabeza.

Venion respondió con una mirada de repulsión antes de subir a su carruaje. Neo lo siguió con la vista, y en su rostro se dibujó una sonrisa maliciosa.

—¡Oigan, imbéciles! —gritó con arrogancia.

Los soldados fruncieron el ceño. Era lo mismo de siempre, en cuanto Venion se marchaba, Neo se transformaba en un déspota insoportable.

—Sí, joven maestro-nim —respondió uno, inclinando la cabeza.

—Rápido, ve y diles que traigan mi carruaje.

—S-sí, señor.

El soldado corrió a obedecer. Poco después, un carruaje llegó. Neo subió y partió rumbo a su residencia, desde donde viajaría luego hacia la capital.

Cale mantuvo su mirada fija hasta que el carruaje desapareció en la distancia. Entonces, sus ojos se enfocaron en los soldados que permanecían en el lugar, murmurando entre sí con voces bajas, como si temieran ser escuchados.

—Hoy se fueron antes…
—Sí, qué alivio…
—Shh, te pueden escuchar.
—¡Bah! Son unos verdaderos bastardos.
—No entiendo cómo todos soportan esto.
—Cállate, o tu cabeza saldrá volando.
—Tsk… bien. Pero, ¿por qué se fueron temprano?
—¿No lo sabes? Se celebrará el cumpleaños del rey. El príncipe heredero ha mandado a llamar a todos los sucesores.

“¿Todos?”, pensó Cale, sorprendido.

No había visitado la finca del señor como de costumbre, pensando que este viaje sería un simple paseo. Siempre podía teletransportarse si era necesario. Pero ahora… “¿Bassen también fue?”, se preguntó, frunciendo el ceño. Su mente comenzó a trabajar con rapidez, analizando cada detalle, cada palabra.

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