Capítulo 4

75 2 0
                                        

—Lurdes y esa cara, no dormiste?—me comenta Lena con tono de preocupación.

Hoy me toco trabajar en la mañana con Lena, no teníamos clases. Ella fue quien me consiguió trabajo con su tía la cual es dueña de esta pequeña tienda de chocolates que queda justo en un buen lugar, me gusta porque es acogedora, ubicada en un buen lugar entonces se ve movimiento lo cual me hace tener la mente ocupada y me ayuda económicamente. Al marido lo trasladaron justo este año entonces tuvieron que irse con sus hijos, ahora solo viene una vez al mes para verificar qué todo vaya en orden. La primera vez que me comento que necesitarían a alguien los fines de semana o aveces en las tardes día de semana no lo dude, le dije que yo podía así que estoy muy agradecida con ella.

—Muy poco, me costó descansar y mi mente no desconectaba creo últimamente ando muy ansiosa y eso me está afectando— le respondo bostezando.

—Lu ¿te estás tomando los medicamentos de la ansiedad?, recuerda que no puedes dejar el tratamiento, eso puede ser peligros..

—Dejé el tratamiento hace unos meses, recuerda que me dieron el alta, tranquila esto solo debe ser por la presión de los estudios y que mi Lela sigue delicada de salud.

Mi Lela es una señora de sesenta años que ha estado conmigo desde que tenía aproximadamente dos años, no somos de la misma sangre pero para mi lo es. Dejó a su familia hace unos años atrás para ayudar a mi madre en los deberes de casa cuando se enfermó, luego de la recuperación ella se quiso quedar conmigo para cuidarme y al tiempo después nos volvimos inseparables.

Es mi cómplice, mi mejor amiga y mi compañera, le cuento absolutamente todo ya sea bueno o malo, aunque hay cosas que oculto porque no es necesario que las sepa. Se enfermó cuando su hijo mayor se suicidio de una manera trágica lo cual debo impactado a todos, sufría de una depresión endógena desde pequeño y al final llegó el día que no pudo seguir más finalizando con su vida. Cuando vinieron a contarnos lo sucedió el grito que pegó lo sigo recordando como si fuera ayer, ya que fue tan desgarrador que pensamos que algo le iba a dar. Al tiempo enfermó de pena, solo lloraba y comía muy poco, mi madre habló con ella para que se fuera a vivir con su hija y sus nietos. Siempre se la quisieron llevar, querían compartir con ella y estar con ella. Solo hace unos meses atrás la logré convencer de que se fuera para que disfrutara de su familia que tanto tiempo la tuvo lejos, eso sí me hizo hacerle una promesa que cada mañana la llamaría para darle los buenos días y las buenas noches, también le contaría que tal había sido mi día, lo estábamos haciendo hace algunos meses hasta que hace unas semanas atrás volvió a recaer y ahora se encuentra en cama.

La mañana pasó volando sin darme cuenta que ya son las tres de la tarde, tomo todas mis cosas rápidamente dirigiéndome al baño casi corriendo. Necesito arreglarme un poco, hoy no es precisamente mi mejor día, tengo unas grandes ojeras que dan miedo y estoy más pálida de lo normal, saco mi teléfono mirando si hay algún mensaje nuevo.

Mensaje Nuevo:

César:

Hola Lurdes.

Te espero por el costado de la salida principal.

Lurdes:

Hola

Lo siento recién salí del trabajo.

Llego en diez minutos.

Salgo por la salida principal del metro por donde me dijo que estaría esperándome, se me hace difícil verlo por la cantidad de personas que se encuentran. Entre medio de unas personas que están comiendo helado lo veo apoyado con la mirada perdida en su teléfono, me da tiempo para caminar hacia él sin sentirme nerviosa. Está con un pantalón negro no muy ajustado, una camiseta blanca y encima una chaqueta a cuadros roja. Su pelo está desordenado y tiene una barba de días lo que lo hace verse mayor.

Tu mirada dentro de míHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora