Prólogo

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Siete años atrás.

Angelina

No era para nada llorona. Me costaba muchísimo derramar lágrimas e incluso solo las llegaba a derramar en casos muy extremos y películas de las más tristes del mundo. Bueno... tampoco es como si hubiera experimentado algo tan extremo en mi corta vida. Tan solo tenía diecinueve y estaba muy conforme con mi vida. Mis padres, aunque a veces tenían sus cositas que me angustiaban y estresaban, me querían y apoyaban en todas mis decisiones. Por más que ellos dos eran contadores y desde pequeña insinuaron que yo también lo sería, cuando les dije que mi vocación era la psicología, se lo tomaron muy bien. También tenía una buena relación con mi hermano, tenía un montón de amigos y un novio increíble.

Samuel y yo nos conocimos en la secundaria. Eventualmente nos hicimos cercanos al tener amigos en común y éramos inseparables. En ese entonces ambos teníamos dieciséis años y hasta ahora, con diecinueve, seguíamos muy enamorados.

Él había sido mi primera vez en todo. Primer novio, primera cita, primer beso, ¡había vivido de todo con él! Fue el primer hombre que me hizo sentir segura entre sus brazos y me conocía a la perfección, más que cualquier otra persona. Mi familia lo adoraba y aceptaba, ya que él siempre me cuidaba muchísimo y me trataba de la forma más suave y gentil posible. Su familia también me quería y su hermana se había convertido en una gran amiga para mí. Constantemente decía que desde que Samu estaba conmigo, brillaba cada día.

Era un chico muy sociable, despreocupado pero responsable y maduro cuando la situación lo ameritaba. Siempre sabía qué decir para que me sonrojara, hacerme sentir bien o reír.

Era mi primer amor. Nunca me había sentido así al lado de nadie más que con él. ¡Sus besos me llevaban al cielo! Y yo aprovechaba la más mínima situación para abrazarlo.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro, enredando su brazo entre mis brazos, a la vez que no podía despegar la vista de él. Samu se encontraba mirando hacia la ventana del auto con un semblante pensativo. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba preocupado y ansioso.

Mis ojos viajaron por su rostro, con intenciones de guardarlo en mi memoria para siempre. Esperaba no olvidarme nunca de cómo sus ojos marrones brillaban cuando me miraba, cómo me sonreía a mí o cuando veía algo que le gustaba mucho. Su mentón marcado que tan atractivo se me hacía, sus labios que tanto me gustaba besar. Las suaves ondas de su cabello castaño oscuro que se les solían marcar y lo suave que era su cabello.

—¿Estás bien?—Le pregunté en un tono bajito, inclinando mi cabeza un poco hacia él. Mi pregunta fue suficiente para que dejara de perderse en sus pensamientos.

—Si, algo nervioso nomás.—Se acomodó en su lugar para poder apoyar su cabeza sobre la mía. A la vez, tomó una de mis manos.

—Todo va a salir bien.

Me dió un besito en la mejilla.

—Te voy a extrañar muchísimo. No sé cómo voy a hacer para no morir asfixiado si no te tengo a mi lado.

—Eso es biológicamente imposible, bobo.—Bromeé, evitando una conversación que nos pondría tristes y melancólicos a la vez.

—La lógica no funciona cuando se trata de lo mucho que te amo, Lina.

Samuel se iba a estudiar al extranjero. Ambos habíamos conversado anteriormente y habíamos llegado a una decisión muy difícil respecto a nuestra relación. Lo mejor era terminarla, ya que a ninguno de los dos le gustaría estar en una relación a distancia por muchísimos años. También nos ahorraría un montón de malos momentos, celos estúpidos, preocupaciones. Si tuviéramos una relación a distancia, lo único que pasaría era que nuestro vínculo tan hermoso y sano se rompería hasta convertirse en algo decadente por la falta de tiempo que ambos tendríamos al entrar a la universidad. Ninguno quería que eso sucediera. Preferíamos quedarnos con los momentos tan felices que habíamos experimentado hasta ahora.

(...)

En el aeropuerto nos habíamos juntado varios amigos de él, entre ellos estaba Zack, su mejor amigo, quien le había avisado al resto de despedirlo y a qué hora sería. Su hermana también nos había ayudado a hacerle una pequeña despedida.

Muchas personas le escribieron cartitas diciéndole que lo extrañarían. Cuando me acerqué a él, para despedirme se me pusieron los ojos algo llorosos, pero pude evitar llorar.

—Te voy a extrañar mucho.—Saqué de mi bolsillo el regalo que le daría. Era un anillo de plata.—No nos podremos ver, así que pensé en algo para que me recuerdes.

—Nunca podría olvidarte. Muchas gracias por el regalo, llorona.

Se me escapó una risita algo tonta ante aquel apodo. Solía decirme así de manera cariñosa y me encantaba. Cada vez que me sentía angustiada por algo, él era mi lugar más seguro donde podía desahogarme. Solo me pasaba con su presencia y la de nadie más.

Le dí un último abrazo, el cual fue rápidamente correspondido. Por la diferencia de altura, pude apoyar mi frente en su hombro.

—Estoy segura de que podrás hacer muchísimos amigos donde sea que vayas. Cuídate mucho, Samu.

—Vos también cuídate, Lina.

Mi novio me dió un besito y luego de separarse de mi abrazo, se despidió de su madre. Su padre se iría con él por un par de semanas y luego volvería.

Luego de sonreírnos y darnos las gracias, se volvió a acercar hacia mí para darme un último abrazo.

—Te amo, Lina.—Me dijo en un tono bajo, para que solo yo lo escuchara.—Perdón por hacerte sufrir con mi decisión tan egoísta de irme. Me imaginaba una vida entera a tu lado y sé que vos también, así que realmente lo siento.

—No te disculpes por querer cumplir tu sueño, bobo.—Le dediqué una sonrisa.—Tienes que disfrutarlo.

Mis palabras lo animaron, ya que volvió a sonreír. Llevo una de sus manos a mi mejilla y, como de costumbre, tiró suavemente de ella.

—Sos muy tierna. Gracias por tu apoyo, nunca lo olvidaré.

—Gracias a vos, Samu.

Ninguno de los dos quería decirse adiós, así que como despedida me dió un beso en la mejilla y nos sonreímos.

Se despidió por segunda vez de todos los demás, ya que los iba a extrañar. Su familia fue la última de la que se despidió y no llegué a escuchar lo que se decían. Antes de desaparecer por la puerta, nos levantó la mano en señal de despido y ví cómo sus ojos se posaron unos segundos sobre mí.

Cuando lo perdí de vista y luego de largos minutos el avión despegó, me despedí de su madre y su hermana, que estaban llorando. Su madre me agradeció por haber cuidado de su hijo por estos últimos años, lo que me hizo soltar unas lágrimas que contuve para que Samuel no se sintiera triste en nuestra despedida.

(...)

Los primeros meses fueron muy difíciles ya que estaba muy acostumbrada a la compañía de Samuel. Me hacía muchísima falta y habían veces donde no podía aguantar más lo mucho que lo extrañaba y le mandaba un mensajito preguntándole si se encontraba bien. Otras veces le preguntaba si podíamos hacer una llamada un rato.

Cada vez hablábamos menos y lo extrañaba menos. Cuando se fue, lo llamaba al menos una vez a la semana. Cuando pasó medio año, cambió a una llamada al mes. Y, finalmente, al año de que se fue de la ciudad, ya no hablábamos en absoluto.

Samu había sido muy bueno y atento conmigo hasta el último momento, ya que a pesar de haber terminado nuestra relación, siempre aceptó mis llamadas y respondió mis mensajes.

Era lo mejor seguir con nuestras vidas separados, ya que no se volverían a cruzar. Nuestros caminos eran muy distintos.

Me quedé con los buenos momentos que pasamos juntos, con todas las sonrisas y besos cómplices, nuestras citas improvisadas y todas las veces que nos apoyamos mutuamente. Nunca podría olvidarme de todo el amor que ambos sentíamos; era genuino y real.

Cada vez que recordaba a mi primer amor, sonreía sin importar los años que pasaron. Era un bonito recuerdo, lejano, con alguien que pensaba que nunca volvería a cruzar palabras.

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