vingt quatre.

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Llegamos a las afueras de aquel refugio, que parecía estar deshabitado. Me aplaudí mentalmente y me acerqué para verificar que no había nadie en aquella caseta. Edward se encontraba a mis espaldas, observando la zona por si venía algún animal o quizás el dueño de este refugio. Aunque estaba viejo, no descarto la idea de que alguien viva aquí. Quizás para despistar, o simplemente porque es un viejo loco. No lo sé, pero no me iba a quedar sentada para averiguarlo.

Toqué la puerta y para mi sorpresa se abrió sola.

Como bien había predecido, la caseta estaba deshabitada, pero tenía restos de civilización humana. Una pequeña cama vieja con unas sabanas rasgadas y mugrientas se apoderaba de la mitad del refugio, y a sus lados muebles grandes vacíos. Había también una mesa y una silla de madera, que por el aspecto no parecían muy seguras y quizás sirviesen más para hacer una hoguera que para sentarse a comer.

-Bueno, no está tan mal. -dijo Edward asustándome. Rió al ver cómo me sobresalté.

-Podrías haber avisado de que estabas dentro, ¿no? -seguía riéndose y no pude evitar pegarle en el brazo para después salir de aquel lugar.

-Ouch. -se quejó, pero no le hice caso.

-Bien, nos quedaremos aquí hasta mañana por la mañana. Tenemos que buscar un río para guiarnos. A su fin habrá algún pueblo. -dije mientras observaba la zona. Esto me recordó a mis momentos en ese campamento de supervivencia cuando era cría al que mis padres siempre me apuntaban todos los veranos. Nunca supe el por qué de tanto empeño en ir a ese campamento, pero ahora lo entendía. Nunca se sabe cuando vas a necesitar saber cómo sobrevivir en un bosque.

-Vaya, pareces una experta en supervivencia. -rió Edward.

-Mis padres me apuntaron cinco veranos seguidos a un campamento cuando era una niña, y quieras o no acabas aprendiendo muchas cosas. -me sentí orgullosa por un momento-. Ahora vamos, mueve tu trasero y ayúdame a buscar un río.

-Tu instinto me da a mi que te da sordera. -fruncí el ceño.

-¿Qué?

-Mira allí. -me señaló detrás del refugio, había un río y ni siquiera me había percatado de ello.

-Gran observación Indiana Jones. -bromeé y me introduje en la caseta para coger las sábanas viejas y llevarlas al río para lavarlas-. ¿Me ayudas a lavarlas o quieres dormir entre mierda y con frío?

-Sí sargento. -reímos y fuimos a lavar la sábana.

El cielo seguía nublado y en cierto modo lo agradecí, ya que el sol no me era para nada agradable. Pero en esta situación el estar nublado complicaba las cosas. Primero, porque no había sol y no podíamos hacer ni un mísero fuego, lo que significaba frío y no comer. Y segundo, tampoco hacía mucho calor cómo para que la sábana se secase. Recé para que el refugio fuese lo suficientemente grueso y caliente como para al menos dormir sin tener frío.

Odiaba el frío, incluso más que el calor. Pero no el frío cualquiera, ese me daba igual. Ese frío que te cala los huesos es el que no soporto. Ni ningún ser en la tierra creo que lo haga.

-Me parece una estupendísima idea lo de lavar la sábana esta para no dormir entre mierda, pero por si no te has dado cuenta esta rota por todos lados y no creo que se seque para esta noche. Apenas quedan horas para anochecer y ni siquiera tenemos fuego. -explicó mi compañero.

-Gracias por tu aportación Edward, soy tan estúpida que no me había dado cuenta de que estamos en un jodido bosque solos, con el cielo nublado apunto de llover y sin comida ni agua. -le sonreí irónicamente y me levanté, llevándome la sábana chorreando conmigo.

-Oh vamos Holly, era una broma. No te enfades. -dijo a mi espalda.

-No me enfado. Pero a veces eres estresante. -bufé.

-Habló. -susurró bajo.

-Te he oído. -le informé mientras colgaba la sábana vieja en un pequeño árbol-. A ver si hay suerte y se seca. Sino no se cómo vamos a calentarnos por la noche. -dije sin ningún doble sentido. Pero al parecer Edward lo interpretó mal, como siempre.

-Hay formas mejores de calentarnos que con una manta vieja. -le miré y me guiñó un ojo. Sonreí falsamente.

-Que te lo crees tú. -le saqué la lengua y me introduje en la caseta.

Me senté en la cama y el sonido de los chirriantes muelles taladraba mis oídos.

-Qué mal suena esto. -dije para mí misma dando botes en el colchón.

-Mejor, así no tenemos que ser silenciosos a la hora de follar. -carraspeó desde la puerta.

-Eres un enfermo sexual Edward. ¿Sólo piensas en sexo? -le pregunté retóricamente.

-Contigo delante, sí. -confesó. Me ruboricé un poco pero intenté esconder la pequeña sonrisa que se me había formado ante sus palabras.

-Guarro. -le dije intentando apartar el tema. Me tumbé en la cama -muy incómoda por cierto- y suspiré.

Noté sus pasos acercarse a la cama, y segundos después el peso de alguien sentarse a mi lado.

-Desde aquí tienes la nariz enorme. -rió pero no le miré-. Corrijo, los agujeros de la nariz enormes. -me apoyé sobre mis codos y le miré desafiante.

-Y tu desde aquí tienes más cara de gilipollas que de costumbre. -paró de reír y me fulminó con la mirada, a lo que reí victoriosamente-. No puedes ganarme en este juego, he sido, soy y seré la mejor contestona de toda la historia. -sonreí burlándome de él.

-Eso habrá que verlo. -no me dio tiempo a escapar cuando le tenía encima mía obligándome a mirarle.

-¿Qué crees que estás haciendo? -dije aparentando enfado. Dudó por unos segundos, pero no se quitó de encima.

-Lo que llevo deseando todo el día. -susurró en mis labios para después besarlos con desesperación.

El calor de mi cuerpo iba en aumento con cada beso y mordisco que me daba, tanto que estaba consiguiendo excitarme.

Le empujé con mis manos y me miró incrédulo, aún con la respiración agitada.

-N-no puedo Edward. -tartamudeé-. No puedo. -susurré de nuevo, pero esta vez para mí misma.

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Schäger. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora