Hace veinte años dos familias juraron lealtad con un trato que ni el mismo diablo podría disolver, ahora que el patriarca de la familia Ferreti ha muerto ha llegado el momento de hacerlo cumplir.
Santo Cappelleti no tendrá más opción como líder de...
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Gemma
Hace un día soleado.
Apenas puedo recordar lo que sucedió ese día en el lago, tengo en mi mente apenas pequeñas imágenes en las cuales aparece "el señor gruñón" cargándome, para cuando desperté me encontraba en mi habitación con ropa limpia, supongo que alguna de las empleadas me ayudo, no creo que un tipo como Santo podría perder su tiempo en alguien que es un imán de problemas como me lo menciono aquel día.
Escucho pasos acercarse por el piso de madera de la sala.
—Señorita Ferreti, venga aquí —dice el gruñón.
¿Ahora que quiere de mí? Permanezco en silencio un par de segundos. ¿Acaso hice algo malo?
—Señorita Ferreti ¿acaso no me ha escuchado? —enarca una ceja.
Me levanto del mueble con leon en mis brazos, y me encamino hasta donde se encuentra, no quiero que se enoje porque le he desobedecido, ya suficiente tengo con que me regañe a todas horas.
—¿Le importaría dejar ese gato en un solo sitio? —dice con enojo.
—No voy a dejarlo para que la loca de su madre vuelva a sacarlo a la calle.
Ay no debí decir eso, pero es la verdad. Esa mujer está loca.
—Nadie le hará nada a su gato se lo aseguro, y le voy a pedir que respete a mi madre —dice en gruesa voz.
—¿Respetar? Ella fue la que desde que llegue a su casa me ha humillado en más de una ocasión, el respeto se gana, no se exige —frunzo el ceño indignada.
—Sé que le debe una disculpa por su comportamiento, pero se la daré yo en su lugar. Disculpe si se ha sentido incomoda en nuestra casa, usted es nuestra invitada y debe ser tratada como uno más de la familia —hace un ademan ridículo con su mano a modo de disculpa—. Le doy mis disculpas en nombre de mi abuelo y toda la familia Cappelleti.
Me quedo sin decirle nada.
—¿Las acepta señorita Ferreti?
—Está bien, solo porque no quiero estar en medio de más líos.
—Bien —se guarda las manos en el pantalón, parece aliviado—. Ahora regresemos a lo que importa, necesito que se cambie de ropa y me acompañe a un lugar.
—¿Ahora?
—Si —mira su reloj—. La espero en media hora.
—Pero...
—Media hora y no se retrase, o iré a buscarla.
Se gira dándome la espalda y lo detengo antes de que se pierda en el pasillo.
—¿A dónde iremos? —le pregunto.
—A un lugar que le agradará —responde.
Santo desaparece de mi campo de visión, el señor Raffaelle aparece casi enseguida a mi lado. Me toma de uno de los brazos y me sonríe.