Hace veinte años dos familias juraron lealtad con un trato que ni el mismo diablo podría disolver, ahora que el patriarca de la familia Ferreti ha muerto ha llegado el momento de hacerlo cumplir.
Santo Cappelleti no tendrá más opción como líder de...
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Gemma
Escucho las voces de aquellos dos hombres en apenas susurros.
—¿Que haremos con la chica? parece que está perdiendo al niño —le dice uno al otro.
—Ya escuchaste las órdenes del señor Raffaelle, vamos a encargarnos del problema. Has que tome las pastillas que están en la guantera.
Me remuevo en el asiento trasero del auto, debo escapar, debo buscar una forma de alejarme de esos hombres antes de que me hagan daño.
—¿Crees que el señor Santo regrese a la mansión después de lo que sucedió? —le pregunta el otro mientras rebusca entre las cosas—. No creo que vengan cosas buenas después de esto.
—¡No seas idiota y cállate mejor la boca! —le reclama el otro.
¿Santo? Están hablando de él, ¿acaso...?
—Santo —susurro en medio de las lágrimas y mi aturdimiento—. ¿Está vivo?
—Está muerto niña, entiende de una vez eso —refuta el otro hombre—. Renato, encárgate del asunto rápido, no estamos para perder nuestro tiempo con estupideces.
El hombre se acerca hasta mí, me toma de la quijada y me obliga a beber del agua junto a unas pastillas, pero no me las trago. Sé lo que buscan con todo ello y sé que Raffaelle ha traicionado su palabra, no era menos de esperar.
—¿Quién los ha enviado? Por favor déjenme en paz —suplico—. Dije que iba a desaparecer...
—Solo estamos aquí para cumplir órdenes —responde el hombre.
Tengo miedo, estoy asustada de lo que pueda suceder ahora que me rodean los matones de Raffaelle.
—Mierda —el auto frena de manera brusca—. La policía —dice el hombre que conduce—. Tendremos que dejarla aquí, o nos meteremos en problemas.
—¿Qué dices? —cuestiona el otro.
—Baja a la chica aquí —le ordena a su compañero.
—No podemos dejarla aquí, las órdenes son otras.
—¿Acaso quieres que nos arresten? Obedece y deja a la chica aquí —le señala una parte en especifica en donde solo hay árboles.
El hombre obedece, me saca del auto y me deja a un lado de la carretera en medio de la nada, solo hay barro, ramas y piedras en ese sitio, la oscuridad no me permite ver con claridad nada. No puedo rendirme ahora, no puedo dejarme vencer.
Debo ser fuerte.
Con las pocas fuerzas que mi cuerpo posee y a pesar del dolor que no ha desaparecido me pongo de pie, no dejaré que nadie vuelva a lastimarme, no dejaré que nadie vuelva a alegrarse de mi sufrimiento, seré resistente como un árbol.
—Ayuda —camino hacia la carretera en busca de que alguien me auxilie—. ¡Ayuda! —grito cuando las luces de los autos se vuelven mi salvación.
Gritaré, gritaré tan fuerte como mis pulmones me lo permitan, no dejaré que mi hijo muera.