Hace veinte años dos familias juraron lealtad con un trato que ni el mismo diablo podría disolver, ahora que el patriarca de la familia Ferreti ha muerto ha llegado el momento de hacerlo cumplir.
Santo Cappelleti no tendrá más opción como líder de...
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Gemma
Abro mis ojos para descubrir la imagen de santo a mi lado, el cuerpo me duele y mi cabeza parece estar a punto de estallar.
—Despiertas —es lo único que susurra mientras besa mi mano.
Confundida miro a mí alrededor, me encuentro en una habitación de hospital reducida, intento acomodarme en las almohadas pero el dolor me detiene.
—Duele —me quejo al intentar sentarme.
—Tranquila yo te ayudo.
Santo me rodea con sus brazos, me acomoda entre las sabanas y hace lo mismo con mi almohada.
—¿Mejor? —sonríe.
—Mejor —respondo con una sonrisa.
Observo mis brazos, están cubiertos de vendas y me duelen demasiado, supongo que ha sido por las cortadas de los vidrios, lo único que ahora sé es que posiblemente dejen una horrible cicatriz en mi piel.
—Se van a ver horribles —respondo con las lágrimas acumuladas en mis ojos.
—Van a desaparecer, no te preocupes por eso —me consuela él—. Lo importante es que has despertado.
—Tenía miedo —me limpio el rostro con las muñecas—. Marcello, él...
—Es un maniaco, enfermo —responde con rabia él.
—¿Está muerto? —pregunto.
Santo niega.
—Para mí desgracia no.
—Santo, aunque suene loco me da un poco de pena —aprieto mis labios—. Marcello se ha convertido en lo que es gracias a tu familia, pude verlo, solo busca algo de cariño de parte de alguna persona. No creció con el amor de una familia normal, creció en un hogar en el que nunca tuvo una pizca de afecto.
—Nada justifica lo que hizo —aprieta sus puños—. Le he dado una advertencia, nadie en la casa va a pasar por encima de esa regla.
—No quiero regresar a esa casa —niego desesperada—. Por favor no quiero regresar a esa casa, es tan...oscura —aprieto con fuerza mis parpados recordando el infierno que he vivido en casa de los Cappelleti, nunca he tenido paz en ese lugar—. Dime que no me llevarás allí de nuevo.
—Está bien, no voy a llevarte allí —me abraza con fuerza y dejo escapar mis lágrimas sobre él—. debí creerte en cuanto a lo que dijiste de Marcello, creo que es una persona que sufre de doble personalidad, él... no estaba en sus cabales cuando me pidió que subiera a su auto.
—Está bien, no ha sido culpa tuya. Es mi culpa por llevarte a esa casa de locos, debí hacer algo desde el primer día. Ahora no tendrás de que preocuparte, yo me encargaré de protegerte —me toma del rostro y me besa en los labios—. Sin importar que, lo haré.