Hace veinte años dos familias juraron lealtad con un trato que ni el mismo diablo podría disolver, ahora que el patriarca de la familia Ferreti ha muerto ha llegado el momento de hacerlo cumplir.
Santo Cappelleti no tendrá más opción como líder de...
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Gemma
El hombre me jalonea bruscamente arrastrándome mientras yo lucho por zafarme de su agarre.
—¡Suélteme, déjeme! —protesto
Cállate no hagas mucho ruido.
Mi única opción radica en pisotearle fuertemente el pie con la punta de mi tacón y luego darle un golpe fijo en sus costillas que lo hace soltarme. Corro lejos de allí, corro tan rápido como las piernas me lo permiten, las lágrimas se han acumulado en mis mejillas, estoy desorientada, perdida y no se a dónde diablos voy.
—¡Ayuda, ayuda! —grito con desesperación.
En mí huida choco la figura de alguien, levanto mi cabeza para encontrarme con aquellos ojos grises fijos en mí.
Es Santo, y está furioso.
—Te dije que no te alejarás —me reclama.
Intento recobrar mi respiración mientras me pasa el susto.
—Por favor, ayúdame —le pido.
—¿Qué sucede? —me pregunta él.
El hombre aparece a mis espaldas, escucho su risa y luego sus pasos acercarse a donde estamos.
—Oye amigo, no te preocupes por ella, es mi amiga está algo perdida, por eso llora —le dice el hombre.
—Hazte detrás de mí —ordena Santo en voz baja.
Obedezco a lo que me ha pedido, camina con determinación al tipo y se le para enfrente.
—¿Dices que esta señorita es tu amiga? —le pregunta él.
—Sí, hemos venido a los jardines a pasarla bien.
Santo dirige una mano a su pretina, el movimiento me permite ver como ajusta su mano al revolver.
—Además de ser un cerdo asqueroso con las mujeres, eres un mentiroso. Dos defectos muy feos.
—Yo...—tartamudea el tipo.
—Roberto —llama a su hombre quien aparece detrás del tipo y lo sujeta de las manos con fuerza—. El caballero desea conocer los jardines, ¿lo llevas?
Trago en seco.
—Usted, es de la familia Cappelletti —dice el hombre asustado y con los ojos llenos de terror—. Le juro, le juro que no sabía que era su esposa. Yo...
Santo se acerca al tipo, le susurra un par de cosas en el ido y luego le palmea la mejilla suavemente para que Roberto le dé un golpe la cabeza al tipo que cae desgonzado en los brazos del castaño.
—Entrégalo a la policía, o has algo con él. No lo quiero cerca.
—Si mi señor.
Santo regresa el arma a su pretina, camina uno cuantos pasos hacia mí, su mirada enojada se fija en mi cuando se detiene.