Capítulo 28

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Adrián

Me di cuenta que la cagué como una hora después de caminar sin rumbo bajo la ventisca de nieve que acostumbra existir por las noches.

Cada árbol que antes tenía un verde apagado, ahora ya está completamente teñido de blanco, la nieve se asienta sobre la hierba que sobrevive en este clima, ya no hay charcos de agua líquidos, se han congelado y es posible caminar sobre ellos.

La luna se ve en lo alto del cielo y es lo único que me acompaña, a parte de los búhos de primavera, esta estación del año se supone que debería ser cálida como es en Palacio, pero aunque a veces descoloque el cambio de temperatura, no hay duda de que los kilómetros de distancia que hay entre las regiones hacen lo suyo con las diferencias del clima.

A lo lejos vislumbro las luces de los iglú, no creo que Sophia aún esté en el mío, la traté mal solo por un maldito arrebato. No es justo para ella, literalmente ha estado para mi en todo esta mierda de año, ha pasado por momentos difíciles, y a pesar de ello, se ha preocupado más por mi que por ella, debí haber tenido un mínimo de tacto y no haberle gritado de esa forma.

¿Qué cojones puedo puedo hacer ahora? ¿Cómo puedo disculparme? Además, en que mierda estuve para sacar en el baile a Malía, pude haberle dicho cualquier cosa, nunca debí compararlas.

¡Soy un gilipollas de manual!

Vislumbro por una ventana del iglú más grande de la aldea a los viejos ancianos tomando mate, es extraño que estén todos juntos, generalmente con suerte se saludan, no es usual que hagan convivencias por estos lugares.

—¿Sophia?—susurro dudoso de si mi vista ha sido afectada por la nevada incesante—Si es—me aseguro al visualizar ese inconfundible cabello largo y rubio que cae hasta su cintura.

Me alejo para no parecer que estoy chismoseando como las empleadas del Palacio, me retiro en dirección a la única tienda que hay en la redonda, tomo una gran bocanada de aire esperando no parecer un imbécil por ingresar a comprar a un souvenir.

¿Qué me diría mi padre si me viera entrando a un negocio para comprar algo cómo si fuera cualquier persona? Si lo pienso, sería una buena forma de causarle un infarto.

No le doy más vueltas e ingreso al local.

—Buenas noches—saludo, al principio no observo ninguna reacción en el anciano que me debe atender, hasta que parpadea tres veces y finalmente me reconoce.

—Disculpe Dios del Agua—se apresura a reverenciarse, pero lo detengo cuando distingo que pretende arrodillarse—Mi vista no es tan aguda como hace veinte años, desde los ciento diez años ya se siente la diferencia—se justifica lo más rápido posible.

—No se preocupe—le corto para que no siga sintiéndose mal—Estoy buscando un mate, hierba mate y tarta de manzana—decido luego de analizar las estanterías de vidrio con los postres que hay.

—Enseguida—apila los objetos que pedí y antes de que me diga que es cortesía de la casa, vinculo mi brazalete con la registradora para que se haga el pago—¿Vino con Lady Sophia?—me sonríe el anciano como si estuviese feliz por mi presencia, me parece extraña su actitud, mis recuerdos de este lugar son muy distintos a lo último que he visto.

Recordaba a la gente más apática, menos interesada en vivir en comunidad, tengo noción de un solo acto real, literalmente sentí que asistieron porque era obligatoria la asistencia.

—Si, me dirijo dónde ella—le respondo tomando la bolsa de papel que me entrega—Creo que se juntaron algunos aldeanos—le explico—¿Por qué no nos acompaña?—internamente sonrío, creo que es de las primeras veces que invito a un súbdito a una reunión con ancianos.

ZONA DE FALLAS: DIOSES Donde viven las historias. Descúbrelo ahora