Capítulo 29

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Malía

—Al principio no fue nada fácil, los anteriores Príncipes no acostumbraban a tener sirvientas personales, solo los mismos que la realeza, por lo que mi sola existencia al lado de Eagan era un problema—Anhelí sonríe levemente, pero no parece una muestra de felicidad, sus ojos se elevan mostrándome que debe estar recordando su pasado.

—¿Te lastimaron?—pregunto prácticamente adivinando la respuesta.

—Al principio lo hicieron varias veces, sin embargo, las repercusiones para los agresores fueron impactantes, después ya nadie se atrevía ni siquiera a mirarme—voltea su cabeza dos veces como queriendo eliminar sus pensamientos—Sufrí mucho, no obstante, Eagan se volvió mi único salvador—toma una gran bocanada de aire, vislumbro por el reflejo de las antorchas como sus ojos se humedecen.

Está todo muy oscuro, puedo sentir como los clavos están enterrados en mi piel, de las caderas hacia abajo estoy perdiendo sensibilidad, solo mi espalda conserva el dolor por las heridas que dejaron los latigazos, veo que mis muñecas están en carne viva, apenas logro ver por un ojo, el otro está tan inflamado que no soy capaz de abrirlo, mi boca me arde y no paro de botar sangre, debajo de mi ya hay un charco que no llega a secarse nunca, porque sigue siendo alimentado por la humedad que se desliza desde mi.

—¡¿Dónde está?!—grito retorciéndome por un nuevo latigazo sobre mis costillas—¡Maldita sirvienta!—la Reina a perdido su pomposo peinado, su kimono que usualmente es blanco con rojo ahora está manchado con las salpicaduras de mi sangre—¡¿A caso morirás por tu amo?!—puedo ver la desesperación en su mirada, el frenesí que la envuelva y la tiene histérica.

Toda la vida me criaron entendiendo mi posición en el Volcán, siempre le he servido a otros, he comido de sus sobras, me han castigado por caprichos de una casta superior, jamás imaginé una vida distinta, hasta que conocí a Eagan.

Él se transformó en la estrella que iluminaba mi inútil vida, me dio un lugar al que ni renaciendo podría haber accedido, se convirtió en mi salvador, en mi amo, en mi amigo y en mi primer y único amor.

Ni por mi mente ni por mi corazón se hubiese pasado la idea de traicionar su confianza.

—Pier-de...su tiempo—consigo decir sin desmayarme.

Se acerca a mi de un solo paso y me abofetea provocando que me desestabilice de inmediato, veo borroso, no consigo escuchar sus palabras, solo hay un zumbido que me desespera y solo genera que mi cuerpo esté dando su último aliento.

No sé cuanto tiempo estuve inconsciente, seguramente no lo suficiente las amarras de mis brazos no se han soltado ni un poco, pero la sangre se ha secado, ya no hay nadie aquí, tal vez esperan a que me muera lentamente para disfrutar de contarlo por los pasillos, el sadismo en este Volcán es como el chisme en otros.

Mis lágrimas brotan al vislumbrar el kimono que el amo me había regalado, los cerezos ya no resaltan entre lo rasgado que está, ni es posible apreciar el rosado pálido entre tanto rojo y café de la sangre oxidada.

No sé si es de noche o de día, pero creo que escucho pasos o es parte de mi imaginación, cierro los ojos, esperando que la muerte visite luego esta puerta.

Mei Feng—atisbo la voz de alguien diciendo mi nombre, sin embargo, no descifro de quién se trata, parece que mi ojo con visibilidad no quiere responder—¡Oh, por favor no me dejes!—el toque femenino de la voz y los temblores de sus manos al sostener los míos me hacen decantarme por una mujer.

ZONA DE FALLAS: DIOSES Donde viven las historias. Descúbrelo ahora