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[Sueños revelador]
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El entrenamiento de Goten y Trunks para aprender la fusión había comenzado de nuevo, aunque yo no tenía obligación de quedarme. Podría haber descansado, pensar en por qué me desmayé o simplemente desaparecer en algún rincón, pero Goku me pidió que me quedara: quería que ayudara a Piccolo a guiar a los niños en la técnica. Al principio no entendía mucho de “ki” ni de cómo igualarlo, pero observando y escuchando aprendí rápido lo suficiente para ayudar.
Piccolo explicaba con su voz grave: debían igualar su ki. Trunks tenía un nivel más alto que Goten; por tanto, él debía disminuirlo o Goten aumentarlo —o los dos encontrar el punto medio—. Los dos cerraban los ojos, respiraban lento, trataban de sentir esa energía caliente que subía y bajaba por el pecho.
—Trunks, tienes que aumentar un poco más tu ki —ordenó Piccolo—. Lo disminuiste de más. El niño frunció el ceño, concentrado, aspirando y soltando como si su vida dependiera de ello.
Goku los miraba impaciente, con ese ceño suyo que parecía decir “apresúrense”.
—¿Eso es todo? —preguntó, aunque más parecía un regaño. Los dos asintieron; sus rostros mostraban cansancio de tanto intentar controlarse.
Piccolo cruzó los brazos y resopló.
—Son fuertes, pero no lo suficiente.
—¿Qué más da? —murmuró en voz baja—. No hay tiempo de sobra para que entrenen y aprendan la fusión. —Después me miró—. Ella nos puede ayudar. Mientras yo enseño la técnica, Embry puede guiarlos con ejercicios de respiración y sincronización.
Mi nombre en su boca me sobresaltó; me llamé a mí misma en voz baja:
—Embry —dije, con un poco de pena en la voz—. Me llamo Embry.
Antes de que pudiera decir algo más, la voz trillada de Babidi apareció otra vez, interrumpiendo con su risa estridente y noticias nuevas. Informó —con aquella malicia característica— que Trunks era residente de la capital del oeste y que también quería mi presencia y algo que pertenecía a él: un collar llamado el collar de Arwen. Mostró una visión del collar en la mente de todos. Babidi amenazó: si no le cumplían, convertiría la ciudad en su postre.