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[La esperanza]
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—Si quiere venir, que venga —dijo Vegeta, desafiante.
—Shin, entrégale tus arcillos a Goku y Vegeta para que se fusionen de nuevo —propuso el Supremo Kaiōsama—. De ese modo tendrán la victoria asegurada.
Shin obedeció con manos temblorosas y sacó los arcillos. —Tomen, señor Goku, señor Vegeta, por favor derroten a Majin Boo.
—¡No! —respondió Goku con decisión—. Ya no necesitamos esto. Se los devuelvo.
—¿¡Qué!? —exclamó el anciano, estupefacto.
—Esta no es nuestra manera de pelear —continuó Goku, serio—. No me sentiría bien aceptando atajos. Disculpen mis caprichos en un momento crítico, pero yo quiero pelear por mi cuenta.
—Se… señor Goku… —balbuceó Shin, desconcertado.
—¡Muchacho tonto! ¿¡Cómo te atreves a decir esas cosas ahora!? —bramó el Supremo—. ¡Ustedes no van a entrar en un torneo para pelear con Majin Boo! ¿¡Por qué no quieren entender!?
—¡Bien dicho, Kakarotto! —dijo Vegeta con una sonrisa torcida—. Yo tampoco necesito eso para pelear.
Con un gesto brusco, cerró la mano sobre su arcillo y lo rompió. —Así deben ser los saiyajines de raza guerrera.
Goku, con la misma convicción, hizo lo propio y partió el otro arcillo en dos.
—¡Ahh! —se oyó, como si el acto hubiera arrancado un rugido simbólico.
La aparente pose de orgullo y el show de no querer fusionarse duraron poco: los monitores del Supremo mostraron que Majin Boo se desplazaba con velocidad, rumbo a un planeta que contenía a los Kaiōsama. Si Boo alcanzaba ese lugar, lo destruiría también.
Antes de que Goku intentara teletransportarse hacia allí, Vegeta le propuso algo: pelear en el Planeta Supremo, un lugar casi indestructible, para proteger al resto.