Es consciente de que era todo demasiado bonito para ser cierto. Ellos parecían hechos el uno para el otro, como dos almas gemelas, pero él lo ha roto todo, se ha acabado el sueño para siempre. ¿Cómo ha podido ser tan ingenuo?
Si quiere recuperarlo...
— Pero mira a quién tenemos aquí –dice Yuqi, y pone los ojos en blanco cuando Dylan y yo entramos en el apartamento de TaeHyung.
— ¿Ya estás borracha y embarazada? -le contesto.
— ¿Y? Son las cinco pasadas –dice con una sonrisa maliciosa. Meneo la cabeza cuando añade–: Tómate un chupito conmigo, JungKook –y coge una botella de licor marrón y dos vasos de chupito de la encimera.
— Está bien. Uno –digo, y sonríe antes de llenar los pequeños vasos.
Diez minutos después, estoy mirando la galería de imágenes de mi móvil. Ojalá le hubiera dejado a YoonGi hacernos más fotos juntos. Ahora tendría más que mirar. Joder, me ha dado fuerte de verdad, como ha dicho Dylan. Creo que me estoy volviendo loco y lo peor es que me da igual con tal de que eso me ayude a volver a estar con él.
«Yo seré feliz», dijo. Sé que yo no le he hecho feliz, pero podría hacerlo. Aunque tampoco es justo que continúe persiguiéndolo. Le he arreglado el coche porque no quería que se preocupara de hacerlo él. Me alegro de haberlo hecho porque no me habría enterado de que se iba a Seattle si no hubiera llamado a Vance para asegurarme de que tenía quien lo llevara a trabajar.
¿Por qué no me lo dijo? Ahora ese capullo de Max está con YoonGi, cuando el que debería estar allí soy yo. Sé que le gusta y YoonGi podría enamorarse de él. Él es justo lo que necesita y los dos son muy parecidos. No como él y yo. Max podría hacerle feliz. La idea me cabrea hasta tal punto que quiero tirarlo de cabeza por la ventana... Pero tal vez tenga que darle tiempo a YoonGi y la oportunidad de ser feliz. Ayer me dejó claro que no puede perdonarme.
— ¡Yuqi! –grito desde el sofá.
— ¿Qué?
— Tráeme otro chupito.
No me hace falta mirarla, noto cómo su sonrisa victoriosa llena la habitación.
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— ¡Ha sido increíble! Muchísimas gracias por haberme traído, señor Vance –le suelto de un tirón a mi jefe cuando nos metemos todos en el ascensor.
— Ha sido un placer, de verdad. Eres uno de mis mejores empleados, muy brillante a pesar de ser un becario. Y, por el amor de Dios, llámame Christian, como ya te dije –repone con falsa indignación.
— Sí, sí, de acuerdo. Pero es que no tengo palabras, señor... Christian. Ha sido genial poder oír a todo el mundo dar su opinión sobre la edición digital, y más porque no va a parar de crecer y es tan cómodo y tan fácil para los lectores. Es tremendo, y el mercado va a seguir en expansión... –continúo con mi perorata.
— Cierto, cierto. Y esta noche hemos ayudado a que Vance crezca un poco más.
Imagina la de clientes nuevos que vamos a conseguir cuando hayamos terminado de optimizar nuestras operaciones.