Capítulo XXI

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El whisky quema su garganta, mientras ella solo ignora dicha sensación y se encarga de seguir dando grandes sorbos de la bebida

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El whisky quema su garganta, mientras ella solo ignora dicha sensación y se encarga de seguir dando grandes sorbos de la bebida. Hace una mueca cuando despega sus labios de la botella y da una última calada a su cigarrillo a medio fumar, que luego se encarga de aplastar en el cenicero. Se limpia las comisuras de los labios con su muñeca y se levanta para, con pasos determinados, salir por la puerta que da hacia el salón de su mansión. Los ojos de Joe se posan en su señora. No sabe qué hacer por unos segundos, ya que las últimas horas sólo habían sido un completo caos.

—Caroline —le llama de manera cautelosa—. No sabemos dónde está Tommy.

Joe decidió tirar la bomba sin más, debido a que sabía que, si esperaba más, eso solo enojaría a Caroline.

Caroline se toma unos segundos para tomar una gran bocanada de aire, la cual sostiene por unos instantes antes de dejarla ir.

—¿Dónde está Ada? —es lo único que pregunta la pelirroja.
—N-no lo sé, Caroline —tartamudea el hombre, ya que no sabía cómo actuar ante esta faceta de Caroline.

La pelirroja vuelve a suspirar fuertemente y refriega el rostro con ambas manos. Todo se salió de control en solo unas horas. Sus hijos desaparecieron; no saben cómo ni con quién. Su marido fue en busca de ellos y ahora tampoco aparece. Ella es la esposa de un gánster, lo que la convierte también en un blanco fácil. Frente a los enemigos de su marido, ella era un cero a la izquierda: no valía nada, no podía hacer nada para recuperar a las cosas que más ama en este mundo, su familia.



Tommy aprendió que el silencio podía ser más cruel que cualquier golpe. El hombre frente a él lo sabía.

Estaba sentado en un banco frente a el, relajado, casi aburrido. Sus dedos tamborileaban la madera con paciencia, como si el tiempo no fuera un problema. Como si no tuviera nada que perder.

Tommy, en cambio, lo tenía todo.

—¿Sabés qué es lo primero que hacen los chicos cuando tienen miedo? —preguntó el hombre, sin mirarlo directamente—. Llaman a su papá.

Tommy apretó los puños debajo de la mesa. No dijo nada. No le iba a dar ese gusto.
El hombre sonrió apenas, una mueca breve, calculada. Sería, para cualquiera, una sorpresa que el hombre encargado de ayudar a los más necesitados, de llevar a cabo la misa de los domingos y el que era el responsable de hablar por Dios en la tierra, fuera el causante de la desaparición de sus hijos.

—Después llaman a su mamá —continuó—. Y cuando nadie responde... Ahí es cuando empiezan a portarse bien.

El aire en la habitación se volvió espeso. Tommy sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas, furioso, inútil. Quiso levantarse. Quiso cruzar la mesa. Quiso matarlo.
No podía.

—Tranquilo —dijo el padre Hughes, ahora sí mirándolo—. Tus hijos están... Bien. Por ahora.
Ese por ahora fue peor que cualquier amenaza directa.

𝐂𝐚𝐫𝐨𝐥𝐢𝐧𝐞 || 𝐓𝐡𝐨𝐦𝐚𝐬 𝐒𝐡𝐞𝐥𝐛𝐲Donde viven las historias. Descúbrelo ahora