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La gente se quedó atónita al ver la inmóvil imagen de Aponia representando a la virgen María, vestida con esos mantos y con esa presencia tan celestial todo el mundo empezó a hacer bulla, persignándose y cantando las alabanzas a la madre de Cristo a todo volumen. Luther se llevó una gran sorpresa por la reacción de la gente ante Aponia, no esperaba que su idea tuviera tan buen recibimiento para las personas al nivel que empezaran a gritar que ella era la virgen María de la comunidad. Era conmovedor que todos estuvieran aplaudiendo el trabajo y que les importara tanto.

          La forma en la que ella estaba parada en la plataforma viéndose radiante sólo añadió más belleza. Aponia hacía todo lo que Luther le había ordenado días antes: quedarse quieta, no parpadear, tener una mirada melancólica y respirar delicadamente. Ambos lograron un buen trabajo y Aponia estaba demostrando los resultados.

          Todos los presentes oraban con fuerza, algunos que estaban cerca de la plataforma tocaron lo más que pudieron el cuerpo de Aponia como si fueran a recibir la bendición de la chica, y, por consiguiente, de la virgen. La chica apenas si movía los ojos, era como una estatua viviente que se veían en el corazón de las ciudades, sin embargo, ella sólo veía al vacío con esos ojos melancólicos que le habían pedido poner. Aponia sentía todas las miradas de la gente por la que ella pasaba, miradas de amor, admiración, odio y perversión, todo eso ella lo tenía muy presente, aun así, se mantenía recta. Eso lo notaba Luther, pero él no hacía nada, de todos modos, él también era culpable de eso.

          La distancia hacia su dirección final era larga, y con el sol a todo dar lo hacía mucho más difícil, la chica tenía que seguir como diera lugar, no tenía que fallar, tenía que hacerlo por sus alumnos y por ella.

          Fueron los 30 minutos de terror en toda su vida, pero iba a valer la pena, su martirio estaba a punto de terminar, eso es lo que pensaba. Cuando su puesto llego a la iglesia, los planes de Luther y Aponia que habían organizado era que entrara al templo y que la participación de ella ahí terminara, aparentemente les habían cambiado los planes. Algunos maestros y monjas estaban susurrando mientras ponían a Aponia al borde de las escaleras de aquella iglesia, ahí Aponia rompió su protocoló y su mirada se dirigió hacia Luther. Él, por supuesto, tampoco sabía que estaba pasando, y su cara de confusión expresaba todo lo que pensaba.

— ¿Qué está pasando? — Se preguntó él mismo, buscando a las demás personas de la organización que lo ayudaban.

— ¿Usted no cambió los planes, profesor Ivory? — Preguntó un chico que era parte de la organización, viendo la preocupación del hombre en su rostro.

— No — Escupió seriamente.

          Los peregrinos y manifestantes de aquella procesión se agruparon a los pies de la estatua de Aponia, alabándola y escuchando al sacerdote que los saludaba desde el balcón de aquella iglesia en donde debía de haber terminado la procesión.

          El resumen de todo su discurso fue que querían hacer un rosario en alabanza a la celebración que estaban festejando en ese día, sin importarles que Aponia estuviera aún en su rol de estatua, en la cual ya empezaba a flaquear y a temblar discretamente por el dolor que tenía en sus piernas por tanta tensión, no iba a lograrlo. Luther no se quedó de brazos cruzados, no sólo por Aponia sino porque todo el esfuerzo que él había hecho no iba a ser desechado por cualquiera, no iba a dejar que pisotearan su trabajo.

          Aunque fueron unos cortos 15 minutos y todos planeaban irse, de nuevo, hubo otra interrupción, ahora, de la madre superior. Luther, quien ya estaba reunido con su equipo, se quedaron atónitos ante la presencia de la monja, todo estaba cobrando un sentido muy extraño, la mirada de esa mujer no tenía algo bueno que decir.

— Hermanos... el día de hoy en esta celebración de nuestra madre María Auxiliadora, quiero agradecerles a todos por haber participado con sus oraciones y su presencia — Su rostro fingía clemencia, como una señora mayor y sierva de su Dios, parecía inofensiva. — Nuestra comunidad fue bendecida hace muchos años por la imagen de nuestra madre, quien lloraba lagrimas benditas y eran sanadoras —

          Aquel discurso no estaba trayendo algo bueno, y menos con la chica que estaba sufriendo en aquella plataforma por aquel arduo trabajo. La madre superiora estaba contando la leyenda del nacimiento de aquella comunidad, la cual, milagrosamente fue bendecida por un regalo del cielo.

— Aquella imagen se convirtió en la fuente del pueblo por centenarios hasta que la virgen dejó de llorar... Por eso, hoy, tengo el honor de hacerlos ver este milagro —

          Una pequeña rama que venía desde la iglesia que estaba justamente arriba de la cabeza de Aponia empezó a gotear agua, ayudantes de la madre superior derramaron desde aquella rama agua bendita, importándoles poco que el agua cayera sobre la rubia, mojándola, dejando que él agua escurriera por sus manos. La gente corrió hacia ella como buitres, buscando ser bendecidos con aquella agua, a pesar de que Aponia estaba sufriendo, incluso sus lágrimas fueron sobrepasadas por aquel líquido que la empapó.

          Toda la situación se volvió extraña y perturbadora, a pesar de que la leyenda era real y esa fuente si existía, que hicieran eso con Aponia no era parte del plan, ni siquiera era una posibilidad. Los ojos de Luther reflejaban asombro y ansiedad ante la situación, mientras que Aponia no pudo evitar moverse ligeramente por los sollozos que sacaba. Si lo veías como creyente, era una imagen gloriosa, pero para la rubia y todos los que sabían el contexto, era doloroso de ver.

          Fue una tortura casi eterna, tuvo que permanecer siendo mojada por otra hora y media más hasta que la última persona asistente a la procesión se fue, dejando desértico la explanada principal de aquel templo, nadie se había quedado ahí, ni siquiera las monjas o los profesores, sólo Luther y el equipo de organización. Hasta que no pudieron ver a alguien ahí, podían proceder. La rubia se desplomó en el suelo sobre sus rodillas con toda la fuerza que le quedaba.

— ¡Santo cielo, alguien traiga agua y toallas! — Gritó una chica mientras se acercaba a Aponia.

          Las piernas de Luther actuaron sin pensarlo ante la vista de Aponia en el suelo, el hombre empezó a correr hacia ella.


𝐌𝐲 𝐋𝐮𝐜𝐢𝐝 𝐕𝐢𝐫𝐠𝐢𝐧 | 𝘓𝘶𝘵𝘩𝘦𝘳'𝘴 𝘧𝘢𝘯𝘧𝘪𝘤Donde viven las historias. Descúbrelo ahora