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Un hombre que se presentaba como parte de aquella orden celestial, tan puro como una, serio, amargo y seco, igual que el té que dejabas accidentalmente afuera por horas hasta que tenías que tomártelo. Una figura de autoridad y firmeza que nadie cuestionaba. No era una persona extraña de ver en ese lugar; una institución tan completa y profesional como lo era esa, necesitaba a los más sobrios y profesionales docentes.

Podría parecer un hombre joven con ropas añejas a la época. Un caballero atrapado en el tiempo desde los años 60, o quizás 70. Pero bastante apuesto y respetado, tenía el puesto de líder docente, aparte de ser uno de los afortunados de enseñar la belleza de aquella religión que profesaban.

Era una introducción bastante larga, quizás pretenciosa para un hombre tan callado como lo era él, quien no pronunciaba un solo sonido en aquel auditorio. Sin duda era un compañero de profesión peculiar; después de todo, no le quitaba la vista a una mujer a dos asientos de distancia. La miraba como si fuera algo extraño, desencajado, misterioso. Como si no perteneciera a ese lugar.

—. . . — Su silencio era petrificante, a la par que sus grandes ojos oscuros no se movían de la figura femenina, teniendo al coro escolar de fondo.

El coro era impetuoso, resonando en cada una de las paredes de aquel auditorio, en donde se mostraban los comprometidos con la institución y la creencia de su salvador: estudiantes, profesores, monjas, sacerdotes, etc. Alguno seguramente creía que Dios estaba acompañándolos, observando orgulloso la fe y la devoción que tenía aquel grupo de personas que lo adoraban.

Sus orbes de tonalidad oscura penetraban en el cuerpo de aquella mujer que estaba observando, quien podía sentir esa mirada, pues incluso su cuerpo se reusaba a girar hacia su dirección cada vez que se movía por aburrimiento, evitando girarse hacia su derecha. La sensación se intensificó cuando el coro inició la melodía llamada "Lilium", una hermosa melodía que, al pasarse como fondo sonoro de la escena, se volvía aún más potente. Su mirada, aunque fuera de reojo, nunca la dejó de ver. Era una mirada de disconformidad, de desprecio, o como si quisiera leer el alma de su compañera. ¿Quién diablos estaba tan tranquilo en una ceremonia como la que se estaba celebrando? Debía de mantenerse recta, firme, no como si estuviera en un patio de juegos. Fue en ese momento en donde la fémina conectó su mirada con la de él.

La chica a la que siempre su mirada juzgadora buscaba, de cabellos rubios como el sol o el oro, ojos oceánicos y una expresión amable, curiosamente de apariencia juvenil e inocente. Mirando al frente, con una sonrisa de satisfacción y tranquilidad en la cara, disfrutando de su lugar en aquel grupo. Aquella mujer giró su mirada y cabeza hacia la dirección donde estaba aquel hombre, viéndose descubierto al estarla vigilando.

— Hola... — Un saludo susurrante acompañado de un movimiento de sus manos, conectando la primera interacción entre ellos dos.

— ... Hola — Fue correspondida con otro saludo, el cual fue neutro y con un tono más profundo de parte de Luther, quien, aunque parecía que mantenía la calma, en sus cejas se mostraba una ligera sorpresa de que se viera descubierto.

La mujer no pudo terminar de escuchar la respuesta de la persona más alta, pues, recibió una llamada de atención de una monja que pasaba por ahí, con la tonalidad enojada al pronunciar: "guarde silencio, señorita Aponia", logrando que ella se congelara y volviera a su posición original, de frente y con su cuerpo contraído, cortando abruptamente la conversación entre aquellos dos trabajadores.

No quería que sus ojos revelaran sus secretos, sus deseos, sus admiraciones y pensamientos; sin embargo, no podía evitar sentirse apenado de que los ojos zafiros de Aponia hubieran logrado notarlo, leyendo su cuerpo más rápido de lo que Luther pudo hacerlo. Pero a él le llegó a llamar la atención lo hermosa que era aquella jovencita; su cara podía ser usada para describir la belleza humana. No era la primera vez que notaba eso de su compañera desde que la empezó a observar, llevaba un año compartiendo espacio profesional con ella, aunque jamás habían intercambiado alguna palabra. Normalmente, únicamente llegaba a voltearla a ver, por la simple curiosidad de que nunca llegaban a compartir alguna palabra que no fuera algo profesional o con personas de por medio; de hecho, esta era una de las primeras veces en donde ambos pudieron sostener un inicio y un final de una conversación. Aunque se podría considerar normal, la jerarquía dentro de aquella escuela entre los profesores impedía a los suplentes o "novatos" poder llamar la atención de un profesor que llevaba una carrera dentro de esa institución. Aponia era una maestra relativamente nueva de música, mientras que Luther era un maestro de religión, y, por si fuera poco, el profesor a cargo de los demás maestros.

Al mismo tiempo que la hora de oración transcurría, la figura juvenil no podía contener su atención en los rezos, pues desviaba su mirada; lo que la aliviaba era poder escuchar al coro armonizar su melodía favorita ya antes mencionaba, quizás eran las únicas veces en las que su presencia se encontraba tranquila. Una sonrisa amortiguada se marcó en sus labios, dejando que su cabeza fluyera con el sonido, dejando que el sentimiento tan melancólico llenara su corazón. Y eso no pasó por alto a Luther, quién siguió observándola mientras ponía al coro en el fondo de su mente, eso logró sacar una mueca de gusto culposo, la vista era una verdadera muestra de pureza y belleza que hacía que sus sentidos se despertaran, y eso le molestaba, pues nadie lo había hecho sentir esas cosas.

Los sentimientos de atracción comenzaron a burbujear, no había pensado que, en algún momento, y menos con una interacción tan efímera, pero en general, con una persona tan joven, alguien como ella, de quien estaba seguro no tenían las mismas convicciones religiosas, pudiera despertar su atención. Eso lo atrajo, su inocencia, la forma tan infantil de reaccionar, su amabilidad, la belleza que le despertó, un deseo de tenerla cerca, conocerla, vigilarla, y hasta quizás protegerla, pero un sentimiento le invadió: ella era un impulso de Satanás.

Los ojos oceánicos de Aponia, su cabello dorado como el mismo sol, incluso sus suaves pestañas y labios rosados, parecían sacados de una pintura renacentista o barroca, no, parecía parte del arte sacro, todo a la percepción del varón que la observaba con intensidad.

Cuando terminó el coro, la hora santa había dado su fin, concluyendo con una bendición antes de que se les diera permiso a que los profesores regresaran con sus alumnos para iniciar las clases, fue entonces cuando Aponia se movilizó, siendo la primera en romper la fila de docentes, saliendo del medio de los otros dos maestros que la aprisionaban.

— Hasta luego. — Se despidió nuevamente de Luther en voz baja antes de pasar junto a él, desapareciendo entre la bruma de gente.

— Hasta luego. — Luther respondió en la misma voz baja, la miró hasta que solo se pudo ver su espalda, esos mechones dorados de cabello y esa piel dorada hasta que la perdió nuevamente.

No le gustaban esos sentimientos, no le gustaba la atención que empezaba a tomar en su cabeza, la importancia que le había dado, el deseo de verla, algo que su religión dejaba claro desde el nacimiento. Aun así, ese deseo era algo con lo que no podía luchar y no podía sacarlo de su mente; trató de encontrar un pensamiento razonable: debió ser por la conversación y el momento inoportuno. Sí, esa era una buena excusa para calmar su mente. 

𝐌𝐲 𝐋𝐮𝐜𝐢𝐝 𝐕𝐢𝐫𝐠𝐢𝐧 | 𝘓𝘶𝘵𝘩𝘦𝘳'𝘴 𝘧𝘢𝘯𝘧𝘪𝘤Donde viven las historias. Descúbrelo ahora