"Capítulo 3"

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Llevamos alrededor de una media hora en el Chelsea Market. Yo voy comprando todo lo necesario mientras veo de reojo por encima de mi hombro cómo Matteo me observa.

Me volteo y decido romper el silencio.

—Espero que estés muy atento a todo lo que estoy comprando. A partir de ahora vendrás tú todos los fines de semana.

Él me mira a los ojos, sorprendido.

—¿Y eso por qué?

—Pues porque he decidido que esa sea tu misión. Si queremos que esta convivencia funcione, debemos repartir las tareas.

—Ah, ya entiendo. Como mandes, jefa —pone posición de soldado y sonríe.

Pongo los ojos en blanco.

—Yo me encargo de cocinar y hacer la limpieza. Tú harás la compra de la semana y me llevarás a los sitios que necesite. ¿De acuerdo?

Alza una ceja.

—¿Eso significa que seré tu chófer?

—¿Quejas al respecto?

Niega con la cabeza, curvando sus labios hacia arriba levemente.

—Para nada —asegura—. Totalmente de acuerdo.

—Bien.

Después de pasar media hora más en el súper, ya que alguien —ya saben quién— se antojó de comprar decenas y decenas de bolsas de pretzels y millones de barras de chocolate, volvimos al recién nombrado como nuestro departamento. Yo con las manos vacías y Matteo con las suyas llenas, ya que él mismo se ofreció a llevar todas las bolsas —aunque son muchas más por sus paquetes de dulces—. Llegamos sobre las siete de la tarde, con la noche caída sobre nosotros.

Perfecta hora para la cena.

—Bueno, voy a preparar la cena. ¿Algo en especial que no puedas comer? ¿Alguna alergia? —sonrío—. Es que no quiero matarte por accidente.

—La verdad, sí —admite—. Camarones.

—De acuerdo. Anotado para el futuro —asiento para mí misma—. Así que, si me disculpas, necesito que te retires.

Sube sus cejas.

—¿Por qué?

—No puedes ver mi fórmula secreta de cocina —me encojo de hombros—. Lo siento, solo mis allegados lo tienen permitido.

Lo que se reduce en; mis padres y mi hermana.

Eso no tiene por qué saberlo.

Entrecierra los ojos en mi dirección, pero acaba asintiendo y dirigiéndose al pasillo de las habitaciones.

—Lo que digas, guapa —eleva sus manos a los lados de su cabeza, caminando de espaldas a mí—. Tú mandas.

Sonrío con diversión sin que me vea, y me pongo manos a la obra.

{•••}

—¡Matteo! —grito desde la cocina mientras me quito el delantal.

Delantal rosa de flores que me traje de mi casa porque es mi fiel compañero de muchas batallas. O en otras palabras mucho más concretas; de muchas explosiones de comida.

Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora