"Capítulo 12"

541 29 1
                                        

¿Pude dormir algo después de mi desvelo en la madrugada?

No.

Pasé con los ojos abiertos como un búho alrededor de tres horas. Y cuando por fin pude dormir, dos malditas horas después escucho este sonido infernal.

La puta licuadora de Matteo.

Me levanto de la cama con un muy mal humor por el sueño, el cansancio y las ganas impolutas de asesinar a alguien.

Salgo de mi habitación dando un sonoro portazo trás de mi y visualizo a Matteo en la cocina tomando su batido nutricional asqueroso. Le echo una mirada de reojo y voy hacia el baño.

Me horrorizo cuando veo dos hermosas mediaslunas —nótese el sarcasmo— debajo de mis ojos que contrarrestan el iris de color gris de estos.

Ojeras. Maldita sea.

Empiezo a coger todas las mascarillas que Jade me dejo aquí la vez que vino y agarro nerviosamente la primera que me gustó.

Me la coloco a la velocidad de la luz y veo por el rabillo del ojo que Matteo se asoma por el pasillo y viene en mi dirección.

—¿Y esas ojeras? Pareces un zombie. —dice, burlonamente. Lo miro—. ¿Acaso pensaste tanto en mi anoche que no pudiste dormir?

Mis mejillas se acaloran, pero tampoco lo niego.

—No inventes. ¿Acerté? —dice él, sin poder creérselo y poniéndose una mano en la boca.

Quito mi vista de él y la centro en el espejo, en mi labor de colocar correctamente la mascarilla.

Sigo en silencio, sin querer aceptarlo.

—Dios mío, creo que sigo soñando.

—¿Soñando?

—Exacto. No sé desde qué punto soñé y hasta donde terminó.

—¿Désde dónde empieza tu sueño a ver? —pregunto, curiosa.

—Primero, nos besamos. —asiento, aunque me puse un poco colorada por la facilidad y lo directo que lo dijo—. Luego, ibas a mi habitación a media noche y echábamos un polvo.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

—Pero, ¿que clase de sueños tienes tú?

—Oh, no quieres saber. Pero en todos te digo que hacías unas mamadas exquisitas. —sonríe como angelito.

Aún me pregunto cómo una persona normal puede decir una guarrada como esa poniendo una sonrisa tan inocente.

Él no es normal.

—Eres un pervertido. —le doy un manotazo.

—Puede ser. Pero es tu culpa.

Dios mío, creo que voy a morir de un paro cardíaco. Llamen a Urgencias.

Hey, recuerda lo que tienes que hacer.

¿Qué?

¿Cómo que qué? Hablamos de esto anoche. Vas a decirle lo que sientes.

Ah, sí. En otras palabras; a declararme.

Exactamente.

—Matteo. —lo miro.

Él, que miraba atentamente sin ningún tipo de descaro mi fina camiseta de dormir, levantó la mirada y la posó en mis ojos.

Qué disimulación.

—¿Eh?

—Necesito hablar contigo. ¿Cuándo podemos hablar?

—Ahora mismo, no. Hoy no voy a correr, voy a la casa de mi padre. ¿Recuerdas que ayer le dije que hoy iría? Pues tengo que hacerlo si no quiero que vuelva.

Un Error que volvería a cometerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora