XVII

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Sintiendo el pesado bosque silencioso sobre sus hombros, los cuatro chicos caminaban de regreso al pueblo—Poe nunca había ido, solo seguía el camino del resto—, cada uno con sus propias emociones y pensamientos desenredandose en sus conciencias

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Sintiendo el pesado bosque silencioso sobre sus hombros, los cuatro chicos caminaban de regreso al pueblo—Poe nunca había ido, solo seguía el camino del resto—, cada uno con sus propias emociones y pensamientos desenredandose en sus conciencias. El crujir de las hojas otoñales era el único sonido notorio, además del pequeño tarareo de Dazai como intento para animar el ambiente. Probablemente siendo de la clase de persona que se incomoda más con el silencio que con las palabras.

Rampo había decidido regresar, no estaba seguro si a seguir viviendo con su padre pero, necesitaba verle, no sabía que es lo que diría ni hasta donde o como, las letras dentro de su mente revoloteaban sin formar algo coherente. Y cada paso se sentía más real que el anterior, aterrandole el tener que enfrentar a su padre de frente. Razón por la que Poe lo acompañaba en ese pequeño viaje.

No creía que su padre lo fuese a golpear, pero realmente creía que preferiría eso a cualquier otra cosa, podía aguantar una bofetada de su ser más querido pero no podría soportar ser una decepción, dejar de ser su hijo prodigio y su hijo mimado. Para volverse solo el hijo que se desvío del camino y "ahora vive con quien sabe quien", la visión que pueda tener su padre de él era, aterradora.

—¿No quieres volver a cambiarte de ropa? —Preguntó en susurro Poe, sintiendo el ambiente demasiado tenso como para poder romperlo elevando un poco más la voz.

Rampo llevaba ropas de Poe, si bien no eran tan llamativas como las usuales vestimentas de Poe, eran más grandes que el y cualquiera podría notar que no eran las propias.

—No, esta bien, ya estamos bastante lejos de todas formas.

Poe asintió omiso, tomando la mano del pelinegro para transmitirle algo de calma, calma que dudaba tener incluso para el mismo pero si se trataba de Rampo, podría sacarle calma a un incendio y dársela a Rampo, encontraría la forma.

Rampo acepto el pequeño roce no tan disimulado, suspirando gustoso al sentir algo de afecto físico al que sostenerse y recargar todo su malestar, permitiéndose sonreirle levemente a su—casi— pareja. El gesto por tan corto y por tan invisible que fuera, llegó a los zafiros de Chuuya, tanto el como Dazai iban por delante de la pareja pero de vez en cuanto volteaba a verlos por pura curiosidad, o preocupación.

Seguía pensando en lo dicho por Rampo hace poco, muchos nuevos conceptos e información se filtraba de forma violenta en su cabeza, sintiendo olas inmensas azotar su sensible mente quien, ya estaba cansada de entender aquella curiosa raza que tanto interés le produce. Fue un pequeño roce. Muy corto. Pero transformo la escultura desfigurada que era el rostro de Rampo en una pintura alegre y grácil, solo en un pequeño contacto, de inmediato lo relacionó con la explicación de antes pero, simplemente no lo entendía.

Con el ceño enfadado por su propia ignorancia siguió caminando a pasos largos, a su lado Dazai parecía aburrido y muy poco interesado en intrometerse. Tomó la costumbre de comenzar a odiar ser tan malipulable cuando se trataba de Chuuya, si fuese por el hubiese asistido al funeral simbolico de Rampo y todo, aún sabiendo que estaba vivo con un extranjero a poca distancia. Pero ahí estaba.

El chico del rio | SoukokuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora