Palabras sinceras
Narrador
El tiempo había marcado a la familia. Los gemelos se adaptaron rápidamente a la rutina de la pareja; José Luis se encargó de inscribirlos en el mismo colegio de Frida para iniciar sus estudios, mientras que Altagracia compró todo, desde uniformes hasta lápices.
Los niños se habían convertido en una parte esencial de la vida diaria de José Luis y Altagracia. La casa rebosaba con la alegría de las risas infantiles, dibujos en la nevera y juguetes dispersos por doquier, desafiando las reglas establecidas por su madre. Cada rincón era testigo de sus travesuras y aventuras, desde el salón lleno de bloques de construcción hasta la cocina donde las galletas caseras eran un constante atractivo para los pequeños.
Altagracia a menudo sonreía al ver cómo los gemelos compartían sus juegos y descubrimientos, creando un vínculo que iba más allá de la sangre. José Luis, por su parte, disfrutaba de ser el héroe en sus ojos; siempre listo para contar historias antes de dormir o jugar a ser piratas en el jardín. Los días transcurrían entre tareas escolares y actividades familiares, y aunque había momentos de caos, cada pequeño desafío parecía fortalecer los lazos entre ellos.
A pesar de la gran satisfacción, siempre había algo en la abogada que no le permitía ser completamente dichosa, y era esa jovencita que habitaba en su casa, esa niña que aun después de verificar personalmente que es hija de su esposo, seguía ignorando por completo, pero siempre había un rincón vacío en su corazón, uno que anhelaba ver a Frida volver a brillar.
Frida se había convertido en una sombra en ese hogar. José Luis no lograba sacarla de ese hoyo negro donde se sumergía cada día muy a pesar de las consultas con su psicóloga ella no parecía avanzar y es que aunque después de aquella noche jamás se volvió a drogar, sus peor enemigo eran sus recuerdos.
Unos que no se sentía con valor de contar por miedo a ser lastimada nuevamente.
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Una tarde, mientras Altagracia revisaba papeles en su escritorio y aguardaba la llegada de los niños, Frida irrumpió en la oficina buscando a su padre. Su semblante pálido y ojeroso capturó al instante la atención de Altagracia quien pensó que la chica después de meses de estar limpia pudo volver a caer en las drogas.
La preocupación se instaló en su corazón y le fue imposible ignorarla como siempre, ella sabía que la adolescencia podía ser un periodo complicado, lleno de emociones intensas y cambios.
—¿Estás bien, Frida? —preguntó luego de meses, dejando de lado los documentos que tenía entre manos.
—Es solo un resfriado, no es nada serio —respondió Frida sorprendida, encogiéndose de hombros con desdén—. ¿Y mi papá?
—Él no está, fue a buscar a los niños al colegio —explicó Altagracia, levantándose de la silla y acercándose a su hijastra. Puso una mano sobre la frente de la chica—. Tienes fiebre. Deberías descansar.
Frida se apartó con brusquedad, como si el gesto de preocupación le resultara incómodo... O hipócrita.
—No hace falta que te preocupes por mí —dijo con tono desafiante.— Estoy bien, solo quiero hablar con papá.
—Frida, no somos enemigas. Estoy aquí para ayudarte —afirmó, exhalando profundamente para calmarse—. Quiero que sepas que mi intención nunca ha sido hacerte daño. —La joven la miró con desconfianza, sus ojos reflejaban una mezcla de resentimiento y vulnerabilidad.
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Love
RomanceAltagracia, una abogada exitosa y reconocida a nivel nacional, se encuentra atrapada en una tormenta personal. Casada con el propietario de la naviera más destacada de América, sufre la pérdida de su cuarto hijo. Envuelta en dolor y tristeza, cuent...
