Capitulo 25

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Love.

Narrador

Al llegar a la fiesta, José Luis toma la mano de su esposa y su hija, mientras la abogada hace lo mismo con su pequeño hijo. Dentro del salón, el empresario identifica a sus socios y colegas por sus rostros familiares, y Altagracia saludó a algunas de las esposas con una sonrisa cálida y un beso en la mejilla. Un mesonero les ofrece una copa de champán, pero la rubia opta por rechazarla, ya que no se siente bien para beber, preocupada como está por su otro hijo.

En ese momento, Juan y su esposa Sara se acercaron a la pareja para saludarlos y guiarlos hasta su mesa, sin embargo el moreno se detiene para saludar a un viejo y querido amigo. Emiliano, con una sonrisa radiante, entregó el hermoso detalle que Altagracia había comprado en el centro comercial para la pareja.

— Pero que hombrecito mas guapo y galante. -dijo Sara recibiendo el regalo.- Muy guapo como el padre eh, con tu respeto Altagracia. -ríe.- Sabes, siempre he dicho que eres una mujer muy afortunada al tenerlo de esposo, es un hombre guapo, trabajador, exitoso, atento y bien conservado. No quisiera estar en tu lugar y tener que vivir con la zozobra de que alguna resbalosa se quiera pasar de lista y terminar en su... ya sabes.

— Tranquila Sara, aprecio que te preocupes pero yo se quien es mi marido, lo conozco como la palma de mi mano, tanto así que te aseguro que José Luis prefiere pegarse un tiro antes de engañarme. -sonríe la abogada con falsedad.- Ven mi amor, siéntate al lado de tu hermana. -le dice al pequeño quien afirma corriendo hasta su lugar, Sara sonrió, aunque en su mirada se notaba una de envidia.

— Bueno, Altagracia, tú sabes mejor que nadie —dijo, intentando sonar convincente—. Pero si es hombre, todos son cortados con la misma tijera y hechos con el mismo molde.

— Pues lamento si has tenido malas experiencias, pero no es mi caso. Mi esposo tiene de sobra, no necesita buscar nada en otro lugar. ¿Me entiendes? —Juan y José Luis regresan a la mesa con sus chicas. El moreno se sienta al lado de su esposa y coloca una mano sobre su rodilla, acariciándola suavemente a través de la delicada tela blanca.

José Luis, ajeno a la conversación previa, se inclina hacia Altagracia y le susurra al oído:

— ¿Todo bien, amor?

Ella asiente, depositando un casto beso en los labios de él.

— Todo perfecto, mi vida —responde con una sonrisa que solo él podía entender.

— Licenciada Sandoval, es un placer saludarla —dice Juan mientras le estrecha la mano.

— El placer es mío —responde ella.

— Cariño, deberíamos saludar al resto de los invitados para no mostrar preferencias —Sara ríe, y su mirada hacia José Luis no pasa inadvertida para Altagracia.

— No soporto a esa mujer —murmura al alejarse. Frida y Emiliano ríen, este último disfruta ver a su madre celosa—. Deberías darle una foto tuya, te tiene en un pedestal, eres como un dios para ella...

— Esa mujer es una hipócrita, fíjate cómo trata a su esposo, y aquí estaba insinuándole que Altagracia seguro eres un marido infiel —Frida habla con molestia—. Apuesto a que es ella la que engaña a su esposo, el pobre.

— Hija...

— Oh papá, sé que no es asunto nuestro, pero entonces que no venga a tratar de llenarle la cabeza a tu esposa con sus chismes de monos con platillos.

— ¿Como monos con platillos? —pregunta Emiliano, confundido.

— Entenderás más tarde, enano.

Después de un rato, disfrutaron de una exquisita copa de vino, mientras los niños saboreaban una mezcla de frutas sin alcohol. José Luis contaba chistes, provocando la risa de su esposa e hijos; ocasionalmente, llevaba la mano de Altagracia a sus labios y depositaba besos en sus nudillos. Juan y Sara se unieron a ellos en la mesa, y el socio de Juan parecía ajeno a las miradas llenas de deseo que su esposa lanzaba a José Luis. El ambiente estaba cargado de tensión. Navarrete percibió la ansiedad en el rostro de Altagracia y, aunque trataba de mantener una charla amigable,  ella no podía evitar mirar a Sara con ojos asesinos.

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