La Fe a través del tiempo

5 0 0
                                        

Esquivando los últimos cuerpos, Roberto alcanzó el cuarto iluminado. Corrió a través de los umbrales de las puertas hasta la sala de máquinas, donde en un rincón descansaba la pinza metálica que tanto ayuda le brindó. La toma rápidamente corre de vuelta.

Al entrar a la habitación del escritorio, la espalda de una figura sentada en el sillón le hizo estremecerse y lanzar un gemido de susto. Se detuvo súbitamente y para su sorpresa desde la penumbra del pasillo, un rostro inmutable se perdía en la oscuridad inclinándose hacia adelante como en una perturbadora señal de reverencia.

Roberto no podía evitar el miedo en ningún momento. Tragaba la poca saliva que su cuerpo generaba para aclarar su garganta. Sin dejar de mirar al hombre, retrocedió hasta que su espalda tocó la pared, lo hizo sentir un poco más seguro. Reconoció la camiseta verde con franjas que varias veces vio esa noche y con voz temblorosa habló.

– Eres Mateo, ¿no es cierto?

El silencio absoluto reinó unos momentos. Pegado a la pared, lanzaba miradas hacia la oscuridad del pasillo esperando ver algo que no se volvió a asomar. Dejó la pinza sobre el escritorio rompiendo el silencio de la escena. Al volver a ver al hombre, se encontraba de pie dándole la espalda.

– Necesito ayuda –clama Roberto.

– Debes terminar lo que las balas no permitieron –dice el hombre.

Sus palabras sonaban tristes y sin ánimo. Roberto no entendió bien a que se refería.

– Hay que cerrar el sistema como escribió Hans.

En un parpadeo el etéreo hombre se volteó mostrando un rostro familiar. Su bigote era inconfundible. Un brillo en sus ojos le hacían entender que algo de vida quedaban en ellos.

– Hay que terminar la misa –dijo y caminó rápidamente hacia el pasillo.

– ¡Espera! –alcanzó a decir Roberto mientras la figura se desvanecía en la oscuridad.

No quedaba otro camino más que seguir a aquel fantasma. Tomó la pinza y metió torpemente lo que pudo en el bolso de cuero. La negrura del último tramo le esperaba. Su cámara lanzó una ráfaga de destellos que le lograron hacer una imagen momentánea del escenario. Avanzaba unos pasos y lanzaba otro flash, asi hasta sentir los primeros peldaños con su pie.

A sus espaldas sentía un leve murmullo que lo perturbaba, pero se convencía a si mismo que era efecto del cansancio y el sueño. Subiendo escalones y palpando muros llegó hasta donde tocó la rugosa superficie del techo. Tomó aire y lo soltó profusamente a momento que se impulsaba hacia arriba. La escotilla se abrió hasta el punto que recordaba, rápidamente metió la pinza en el punto más angosto de la abertura para impedirle que se cerrara. El metal rechinó contra el concreto hasta que ya no le fue necesario hacer fuerza. Una brisa gélida y aroma a humedad entraba por la abertura, dejándolo saborear la libertad.

Deslizó su mano por la ranura intentando encontrar que era lo que le impedía la completa abertura de la puerta. No encontraba nada cerca. Intentó sacar el brazo completo por la parte más ancha logrando sacar su brazo por completo. Palpó la superficie inclinada de la tapa, hasta que encontró lo que buscaba. Parecía sólido, con un par de ángulos rectos, un tanto poroso y con vetas. Sin dudas era madera. "¿Tal vez una banca?", pensaba. Probó si era capaz de moverla y aunque fuesen unos centímetros, lo logró.

Recogió su brazo y lo movió resintiéndose de la incómoda fuerza que realizo, le dolió un poco. Se dispuso en una postura algo más cómoda que la anterior y cambió el brazo. Al tocar la madera intentó deslizarla de un lado a otro hasta que finalmente se desplazó por su propio peso, en un estruendo que lastimó sus oídos.

La puerta se volvió liviana y pudo levantarla hasta cierto punto, dejando el suficiente espacio para sacar su cuerpo. Se deslizó por el hueco hasta finalmente salir por completo.

Se quedó unos segundos contemplando las estrellas a través de las ventanas de la iglesia. Nunca imaginó sentirse aliviado al estar dentro de una iglesia. Aunque no lograba verla, la luna iluminaba con fuerza, mostrando discretamente cada detalle de la arquitectura metálica de la iglesia. "¿El mismo de la torre Eiffel diseñó esta iglesia?", se preguntaba a momento que se acomodaba en el escalón del altar en que se encontraba. Se quitó la cámara y el bolso dejándolo en el suelo. Lanzó una mirada rápida a su alrededor, todo parecía en calma bañado de luz blanca.

Con cuidado se acercó al borde del agujero que causo con su caída. Algo de la luz de la sala de máquinas se filtraba entre los escombros del techo. Alzó su mirada encontrando la eslinga cortada que lo hizo caer. Se sintió algo confundido con la paz que reinaba a su alrededor, dónde quedó todo el alboroto que acababa de vivir. "¿Era un sueño?", se extrañaba. Miró hacia la trampilla de donde acaba de salir, efectivamente logró escapar.

El canto de un pájaro lo asustó, se trataba del particular trino del queltehue que se presentaba de noche. Continuó su canto, tan claro que lo pudo seguir con su oído hasta que finalmente lo vio pasar a lo lejos, por una de las ventanas. Un estruendo pesado a su lado ahogó el canto del ave. Piedras arrastrándose fuertemente entre sí fue lo que percibió a momento que, de reojo, vio la inminente embestida. Fue como si una pared de concreto lo golpeara mandándolo a volar hasta la mesa de piedra delante de la cruz.

Resintió de su cuerpo adolorido, cayendo suavemente contra el piso. Se trataba de la primera estatua con quien se encontró. Lentamente se le acercaba, con ese ruido particular que ya le aterraba al oírse. Ya estaba cansado y su cuerpo no resistiría un golpe más de aquellos.

– ¡Espera! –gritó con su mano extendida– Los liberaré.

– ¡No puedes quitarme este dolor! ¡Él nunca volvió!

Roberto a penas se puso de pie, una punzada en su costado a penas le permitía moverse. Con cautela rodeó la robusta mesa sin darle la espalda al ser que se lamentaba y con movimientos entrecortados se retorcía de un aparente dolor. Se escuda tras la mesa, hincándose con miedo y pensando que no lograría cumplir su cometido. Miró entre las patas notando que la estatua se había esfumado. De pronto una presión envolvió su tobillo, una mano grisácea le agarraba con fuerza. Al levantar su cabeza pudo verlo, algo que no se encontraba allí cuando salió del subterráneo.

– No es su culpa.

Fueron las lastimeras palabras de salieron del hombre que colgaba de la cruz. Sus ojos eran peores que las ilustraciones y parecía que uno de sus globos oculares escapaba de su cuenca. Su boca reflejaba el dolor que le afligía, lanzando unos gemidos leves.

– ¡Suéltame!

Con toda su fuerza sacude su pie para zafarse de aquella mano que se adhería rígidamente. El forcejeo hacía que la madera rechinara, la cruz a medio caer afirmada por uno de sus brazos se sacudía con fuerza. Finalmente, la estatua cayó.

Roberto corrió hacia una de las paredes para resguardar su espalda. La estatua se contorsionaba sobre sí misma, en un movimiento diferente a los irregulares de las demás figuras. Desde una distancia prudente, notaba como aquella figura se ponía de pie, dando unos torpes pasos que lo terminan por hacer caer nuevamente. Se queda bocarriba en el suelo lamentando sus propias heridas hasta quedar en silencio. Roberto se acerca un par de metros para observarlo con detalle. Pensó que esta sería su oportunidad para liberarlos de aquella miseria.

– Jesús –clama con ímpetu, cerrando sus ojos e imponiendo sus manos–, estoy frente a ti para pedirte que con tu poder termines este sufrimiento. A través de mi puedes detener esto. Dejo toda mi fe en ti. –Se dio cuenta de lo único que le podía ofrecer a cambio– Te concedo mi vida a cambio. Amen. 

La Casa de DiosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora