Capítulo 4: Gold rush

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Emma

Muy a mi pesar, me despierto al agitarme por los saltos que Sara da en mi cama.

—¡Lo tienes loco!

Cierro los ojos con fuerza bajo las sábanas, intentando volverme a dormir.

—Déjame en paz, Sara —murmuro.

—No soy Sara —detiene la sacudida a mi cuerpo.

Aparto las sábanas al escucharla.

—¿Has vuelto a la residencia? —me siento para mirarla.

Sofía niega, frunciendo los labios.

Bufo, dejándome caer sobre la cama decepcionada.

—Mi padre todavía no me deja volver —me explica, sujetando las sábanas antes de que pueda cubrirme el rostro—. Pero eso no importa. Sara ya me contó que Max está loquito por ti.

—No me importa —entierro mi cara en la almohada.

—A él sí le importa —dice Sara, uniéndose a la inesperada reunión.

¿Por qué les di llave de mi cuarto?

***

—Ahora dime, ¿la pasaste bien anoche? —sube y baja sus pobladas cejas, coqueto.

Miro a Daniel con mala cara. No llevamos ni tres minutos fuera del salón y ya está de chismoso.

¿Tan rápido les contaron las chicas?

—Pues...

—Las chicas ya me explicaron, así que dime todos los detalles, ¿quién es él?

—¿Yo qué sé? —me encojo de hombros—, no lo conozco.

—Y aun así te fuiste con él.

—Es guapo —susurro.

—¿Tanto como yo?

—No.

Daniel sonríe victorioso.

—Más.

—No te creo —niega con la cabeza, mirándome.

—Te lo juro. Parece modelo, tiene tan buen gusto con la ropa, actor de esos hermosos. Y lo mejor, parece un personaje ficticio.

—¿De esos que se obsesionan con la protagonista?

—Yo diría que es más de los que la protagonista nunca elige.

—Eres tan malvada.

—Hay muchos personajes que merecían ser elegidos.

—¿Y tú tampoco lo elegirás? —enarca una ceja.

—No. ¿Por qué lo haría? No está enamorado de mí y yo tampoco lo estoy de él. No estoy tan necesitada de amor. ¿Crees que me veo muy desesperada de afecto masculino?

—De afecto masculino no, de afecto en general sí.

Entrecierro los ojos, ofendida.

—Mírame a mí. Me abandonó mi padre y por eso estoy en busca de hombres que me den amor o que me dejen, como él —dice divertido.

—Eso es cruel, Daniel. Y deja de hablar así, o de verdad creerán que eres gay —ruedo los ojos, negando.

—¿Crees que él lo piense?

—¿Quién? —volteo a verlo.

—Él —señala discretamente con la cabeza hacia atrás de mí.

Cabello negro, tez levemente pálida, cara de odio a todos y voy a matarlos, y un jodido atuendo que parece que acaba de terminar una pasarela.

El arte de apreciarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora