Capítulo 13: Anti-hero

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Emma

Aparto la mirada del libro solo para asegurarme de seguir con mi grupo de compañeros y no en medio de la calle.

Mi mirada divaga por el estacionamiento hasta detenerse sobre él, como un imán que siempre me llama.

Mierda, ¿por qué se ve tan bien? ¿Y por qué yo siempre me miro tan mal?

Con esa playera no solo se marcan perfectamente sus músculos, también puedo notar una pequeña parte de su tatuaje en el hombro.

Las comisuras de sus labios se ladean hacia arriba al atraparme mirándolo.

Odio su sonrisa, porque es demasiado hermosa para odiarla de verdad.

Sin decir nada, para que no noten mi ausencia y menos la presencia de él, me escabullo del grupo y me le acerco.

—Hola.

—Hola —contesto confundida—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Te sientes mejor? —me dice, ignorando mi pregunta.

Las mejillas se me encienden, no solo al recordar lo que pasó ayer, sino también por la estúpida canción que le recomendé.

—...sí —susurro, guardando mi libro—. Podías escribirme, no tenías que venir a la universidad —subo mis ojos a su rostro.

—Quería verte. Hoy no podré visitarte en la residencia, Fabricio está muy estricto con los entrenamientos, así que no te podré ver en la noche.

—Está bien —asiento como idiota—. Entonces... —miro todo el lugar—, ¿nos vamos?

Max asiente y empieza a caminar. Yo, a su lado, solo intento no tropezar con nada; varias personas nos miran, especialmente a él, incluso los chicos.

—Me gusta mucho la canción —comenta.

—¿Qué canción?

—La que me diste anoche.

Maldita canción.

—Ah...sí —murmuro—. ¿Por qué?

—Porque sé que, aunque quieres que me aleje, hay una parte de ti que me quiere cerca.

Trago duro, sin saber qué decirle. Es verdad: quiero que se vaya, pero lo quiero seguir viendo.

—Son cursilerías. Evitemos las estupideces —susurro.

—¿Por qué? Seamos todo eso que dices odiar. Vámonos por lo cursi, por la estupidez que provoca amar a otra persona...

—No, Max —niego.

—Actúas como apática e insensible, pero no estás ni cerca de serlo, Emma. Eres una romántica empedernida; eres tan emotiva y te asusta que los demás se den cuenta de eso, porque tienes miedo de que te lastimen.

—No sabes nada sobre mí —lo miro con mala cara.

—Sé más de lo que piensas —nos detenemos frente a su auto.

Sería muy ridículo ponerme a discutir con él, justo aquí.

—¿Vas a llevarme a la residencia? —le pregunto, cortante.

Asiente, abriendo la puerta por mí. Me acerco sin verlo con la intención de subir, pero su mano en mi brazo me detiene.

Lo miro con mala cara al desaparecer toda mi valentía de hace unos minutos.

—¿Te arrepentiste de llevarme?

Desde este ángulo puedo ver mejor su mandíbula bien marcada.

—No puedes molestarte por decirte la verdad —me pide.

El arte de apreciarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora